CAMAGÜEY.- Aunque varias veces las páginas impresas de Adelante han recordado el que quizá sea el mayor crimen contra la comunidad de caribeños en Cuba, todavía no situamos en su real dimensión lo acontecido entre las colonias cañeras del central Senado en 1933. ¿Acaso los planes escolares incluyen el aporte de los miles de haitianos y jamaicanos llegados a nuestro país? Es una gran deuda, por tanto, mucho más lo es subestimar la trascendencia de la masacre de Cortaderas.

Todo comenzó en septiembre de 1933 cuando los activistas hispanos Osilio Torres, Mariano Sagastume y Albérico Adán entregaron a la administración de Senado un pliego con demandas: legalización del sindicato, aumento de salarios, jornada de ocho horas o de lo contrario irían a la huelga. Machado había caído, por tanto el movimiento obrero intentó con la formación de un soviet sacudirse de la explotación en las 3 000 caballerías de los Sánchez.

Los trabajadores se reunieron en el teatro Trianón y acordaron la creación de comisiones con estacas, para el auxilio y para buscar víveres en la zona, por donde alentó el “ruso” Piotr Stodolski y Ramón de la Cerda. Este eslavo, también llamado “Pedro”, era ucraniano, aunque tenía pasaporte polaco, y por su experiencia era el delegado de la Central Nacional Obrera (CNOC). Hacia él se volcó una campaña anticomunista, hasta que en medio de supuestas negociaciones Apolinar Alzaga y Manuel Pita Benavides, los representantes de los Sánchez, engañaron a los líderes con una citación y los apresaron (incluido Armando Amores) bajo el pretexto de un ardid de pelea, que a su vez les propició la justificación para dar plan de machete a los acompañantes. Remitidos a Camagüey salvaron la vida gracias a los guardaespaldas obreros, pues ya había un plan para balearlos a la entrada del central.

Justo en ese momento el dueño del ingenio Senado, Emilio Sánchez, estaba en el Hotel Nacional, de La Habana, donde no aceptaron acuerdo alguno y ante el decreto de Guiteras para embargar los centrales Chaparra y Delicias es posible que contactaran con Batista y Summer Wells.

Apenas un día después de apresado el “ruso” todas las colonias tomaron los caminos vecinales para protestar y exigir su liberación. Es aquí donde los cientos de braceros antillanos contaban con otro guía en la localidad de Anguila, un veterano de la Primera Guerra Mundial llamado James Brown, de Jamaica. Con un distintivo pañuelo rojo al cuello él ya arengaba a sus compañeros inmigrantes (aunque también había muchos españoles) a despreciar la comida que mandaban desde el central para comprar a los huelguistas, por eso todos lo siguieron en la marcha hacia Senado.

No sospechaban que iban camino a otra trampa. Seguían indicaciones de varios falsos sindicalistas, como Justo Benegas y un sujeto apodado Wanchys. Desde las cuatro de la mañana habían salido muchos campesinos a caballo y gente a pie desde las más alejadas colonias, a partir de San Luis, incorporándose Mayanabo, Siberia, Miranda, Buena Vista, Anguila, Mola, Los Jagüeyes, La Cámara, La Gabriela, Chafarinas, La Purísima y La Faja. Por los distintos caminos bajaban más de 500 hasta el crucero de Cortaderas. Ya a las nueve de la mañana estaban frente a la vía férrea que entroncaba con la vía Norte, en un pequeño espacio entre un campo de caña. Wanchy los detuvo en un pequeño montículo con la justificación de esperar buen momento para avanzar sin las estacas, mientras Benegas fue a caballo y gritó que los “pichones” querían tomar el central y sacar a Stodolski.

Un motor de línea transportó a la rural y a los guardajurados bien armados. Hubo tiros que no intimidaron a los que gritaban “¡Vivan la sindicato!”, pero fue inevitable que los dispersaran y fueran acribillados por el Tercio Táctico de Nuevitas. Según el libro de Efraín Morciego (1982) el suceso ocurrió el 18 de noviembre de 1933, pero en realidad sucedió el día 20.

Decía el informe que hubo cuatro muertos, falso: 11 cuerpos fueron atados con planchas de zinc, como sándwiches, para lanzarlos a fosas o pozos y en medio de la lluvia un carro “chispita” trasladó cuerpos tapados y custodiados por los militares. Unos 42 haitianos recibieron heridas, muchos más con golpes; las averiguaciones de la prensa denunciaron 21 fallecidos, además de la muerte de Brown. Dos años después unos macheteros encontraron entre la Faja y la Cámara un osario con calaveras. La cifra de muertos pudo ser mayor de 60, tal vez nunca se conozca la verdad.

Hoy es un hecho casi olvidado y del que subsiste la “silueta de un obelisco en el horizonte de la sabana que mira a Cubitas”, donde cada año rinde tributo la comunidad camagüeyana de los descendientes de aquellos que abonaron la caña con sangre.