CAMAGÜEY.- Hace más de diez años que se conocen. Nacieron en lugares distantes: uno en las selvas de la amazonía venezolana y el otro, por la cayería norte de Camagüey. Ambos, fueron desarraigados de sus tierras, como hicieron los colonizadores con los africanos, y tuvieron que adaptarse al hábitat citadino. La convivencia en el patio de una casa, de la mía, ha constituido pequeñas historias fruto de ese atípico choque... ¿cultural?

Aquella diminuta concha negra de puntos amarillos surcó por primera vez el suelo de su nuevo hogar la mañana en que nos visitaron sus captores. Cuando sus patas tocaron tierra firme, el quelonio salió disparado en todas las direcciones. Aseguro que en su cerebro retumbó un piropo para describir sus impresiones: “... la tierra más hermosa que una tortuga hubiese visto”.

Como obra de la poca creatividad le puse Banana para recordar a los heroicos plátanos caídos bajo sus fauces y que luego acabaron como abono de jardín. Su desplazamiento todoterreno, sus extrañas manías de sabueso, capaz de perseguir y morderlo todo por diversión, y ese perfecto reconocimiento espacial para encontrarte como un radar de la Nasa, la hacen a ras del piso, en extremo peligrosa.

Con esos antecedentes debe coexistir el mayor habitante de la microselva: la iguana Chucho. Él es una suerte de amasijo de espinas, de cactácea-saurio sin maceta, que cada mañana se levanta temprano a buscar su pedazo de terreno favorito. Allí se mantiene, inamovible. Con la misma devoción de los antiguos egipcios, espera el Astro rey.

A diferencia del intrépido quelonio, la llegada del nuevo inquilino a nuestras manos resultó un tanto curiosa. Según contó su antiguo amo, cuando apenas medía lo mismo que una pequeña lagartija, el animalito fue trasladado en un viaje desde su hábitat hasta la cabecera provincial; no iba en una maleta, ni en una media, o en la chistera de algún mago ebrio. Realizó la trayectoria en el sostén de su descubridora.

En el momento en que Banana aparece en la distancia, varias miradas la siguen atentas. En primer lugar la de mi madre, guardiana de la limpieza hogareña. Un día quiso establecer un cerco entre el patio y el interior de la casa. Desistió. En cambio, entrenó sus seis sentidos para atrapar al silencioso invasor. En segundo orden la vigila el ojo iracundo de su compañero. Él sabe adónde va. Sabe que se le vendrá encima. Quiere evadirla. No puede. La frustración lo lanza a la carga.

Durante las luchas vuelan coletazos, se suceden intercambios de mordidas, escaramuzas detrás de paredes y electrodomésticos, embestidas como de arietes medievales y en ocasiones hay que lamentar cicatrices, derrame de sangre... mucha sangre. En el instante del fatídico encuentro, un dios tan ocupado como Marte, junta las manos, cierra los ojos y pide para que nada ocurra.

Por lo general una querella de este tipo mantiene alejados a los contrincantes por un tiempo. Estoy seguro de que la iguana también lo imaginó al principio, pero cuando aún no han sanado las heridas y la memoria de los hechos permanece fresca, el dueño del carapacho vuelve al abordaje cual barco pirata.

Su ingenuidad permanece ilesa, junto a la idea de contemplar a su amigo como la creación más perfecta del universo. Es un misterio. El otro, condenándose a ese eterno retorno, a compartir el calor del sol, a lo que niegan sus genes y condición de macho-varón-masculino, acuesta su cuerpo en el árido terreno y espera, sin necesidad de un reloj, a que sea la hora de dormir.

Nunca dije que los protagonistas de esta historia fueran los pobladores absolutos del patio, donde las locuras de la madre natura asoman con frecuencia. Allí una jicotea cubanita vive enamorándolos. Es una pretendienta testaruda con fuertes ambiciones de concebir un híbrido “jicoiguana” o “jicotuga”. Ella no entiende de malhumores o indiferencias. Cuando los tres ejemplares se mezclan, el “arroz con mango” se extiende por los rincones y a la larga nos implica a todos.

Responsables de la camada, nadie más que sus dueños deseamos termine la contienda. Queremos un patio con escenas similares a esos dulzones documentales del Animal Planet, donde las mascotas corretean al gusto y juegan hasta el cansancio.

Sé que un día Chucho y la Banana firmarán, al menos, un armisticio duradero y me atrevo a decir más, la paz absoluta. Mientras espero, observo por la ventana. Me plazco con una tregua no programada ¿Podré decir: al fin? Nada de eso, salgo disparado hacia ellos y, más tarde, vuelvo a meditar en los designios de la esclavitud.