CAMAGÜEY- Tengo envidia del ayer. De la realidad de otros, del origen de todos. De los años donde se forjó mi país, donde se caldearon los cimientos de lo que hoy somos, de la Historia hecha hombres y no letras, donde los hechos están vivos y no impresos.

Justo es ahí donde tú, Ignacio, esbelto joven eterno, estás en la comodidad del hogar familiar, de los bienes, del amor.

Justo ahí es donde abandonas todo y dejas de ser el patricio de toga y birrete para ser el varón que libertaría en ideas y vergüenza a toda una nación, el maestro de los hombres que estaban aprendiendo a ser libres, el hombre que comulgaba con los pobres.

Como muchas, sueño con quien me dedique letras tan ardorosas como las que tú, gallardo Agramonte, dedicaste a la Amalia más envidiada de todos los siglos. Tamaño amor no cabe en Guinness alguno, y es orgullo de quienes lo sentimos cercano en el terreno y en el espíritu.

Pienso en el potrero que se honró con tu combate, supuestamente el último, y se bañó con la sangre del Mayor mambí de la mejor organizada caballería de la Gran Guerra; en quienes vieron abiertos los cielos con tu caída y aseguraron el final del empeño de muchos, el fin de un nacimiento: la República.

Ellos y muchos otros, nunca podrán entender que aun a 144 años del onceno día de mayo de 1873 tú te sigas levantando en Jimaguayú. A quien lo dude, quijotesco Ignacio, que le pregunte a la juventud bajo tu mando.