Hasta hace unos pocos años vivió uno de sus nietos: Miguelito, aquel panadero decente que guardó con amor las ocurrentes referencias de la abuela, relatadas por más de un vecino.

Cuentan que un día la comadre Vivina (madrina de un niño respecto a los padres y padrino de este) la llevó al único cine del pueblo. En pantalla empezaron a salir imágenes del mar. Mientras golpeaba con los pies el piso exclamaba: ¡Comadre estoy en la tierra o en el mar!

Otra vez uno de los hijos quiso fajarse con un muchacho a quien ella mucho quería, llamado Walter. Mirándolo le dijo tan campante: "Negrito e' mierda cómo le vas a pegar a un blanquito".

Telefora con ese gracejo especial que poseía vio trepando una mata a otro inquieto descendiente. Sin más acá ni más allá soltó una nueva sinfonía de palabras, porque su nombre era cadencioso. "Negrito bájate de la mata. Te vas a partir una pata y no voy a poder ir a la fieta".

La cuna del constitucionalismo cubano no solo tuvo a Telefora. Años posteriores a su época estuvieron caminando por sus calles: Lorido, Gerardo, Chano, Mahuma o Juan Mejías. Cada un personaje con su sello distintivo.

El primero, no se metía con nadie, sin embargo, cuando la gente le preguntaba: ¿Y esa ropa? Respondía con seriedad y una mezcla de broma: "Es de la marca Lorido". Una factura nacida de su imaginación".

Gerardo, era una persona con retardo mental. Todos los días iba al parque central, donde un monumento en piedra jaimanitas rinde permanente homenaje a los mambises. Vestía impecable. Allí al ritmo de la retreta dominical bailaba no como de costumbre al resto de las personas.

Él mientras se movía hacia delante y hacia atrás realizaba movimientos de rotación de los brazos horizontalmente y pegados al cuerpo.

Un día traía en las manos: un martillo, clavos y varias tablitas. Hubo una persona que le preguntó: ¿Gerardo, mijo qué haces? "Usted es boba, estoy haciendo una pentecita (una puertecita).

La vez que lo trajeron a un médico a Camagüey comentó: "Voy a decir a Ulla (Julia la madre) que me compre camisas lindas para venir acá a ver a las muchachas".

Una joven que le tenía aprecio mirándolo buscó entablar conversación. ¿Gerardo qué?, le preguntó y la respuesta fue inmediata: "Estoy enamorado de la hija de Sonso". Era Alfonso Álvarez el propietario de una fonda del pueblo.

Chano iba a todos los velorios. No faltaba a la misa de la iglesia católica. Se arrodillaba y todo. Caminaba Guáimaro de punta a punta. Siempre hubo almas caritativas, como Lola "La Gallega". Cada vez que visitaba a esa mujer ella decía: ¿Qué Chano? "Hoy es mi cumpleaños", exclamaba a sabiendas de que siempre iba a tener un obsequio.

Mahuma, de labio leporino o malformación del paladar, resultó otra celebridad. Fue siempre limpiabotas. Por las noches, bien vestido visitaba el parque Constitución. A su llegada era habitual la pregunta: ¿Qué pasó? Lo quería saber todo.

Una noche bajó la temperatura y para buscarle la lengua uno de los amigos indagó: ¿No tienes frío? Lo miró con una cara de yo no fui y respondió: "Lo que no tengo es jacket?

La gente de Guáimaro se caracterizó por ser servicial. Y de ello pudo hablar Juan Mejías, de las veces que Gina Herrera, Mauricio Caballero y muchos habitantes del noble pueblo le brindaron comida, incluso, la confianza fue tal que esa mujer de oficio costurera lo miró y le dijo: ¿Te tomaste todo el café?. Reaccionó: "Oye era el clarito".

Mundo Herrera era un guaimareño de pura cepa que se hizo ingeniero y con los años se fue a vivir a Matanzas, hizo riquezas, pero fue bondadoso. No venía muy a menudo a su pueblo natal.

Días antes de las visitas esporádicas recomendaron a Juan que se cambiara de ropa para cuando llegara. ¿Qué tú crees de Mundo? En un lenguaje atropellado respondió: "E bueno".

¿Cuál de los dos tu quiere que se muera primero? Y parecía bobo: "El que le toque", dijo.

Hay bonitas costumbres que se han perdido en ese pueblito, el más oriental de la provincia de Camagüey. Las muchachas cuando iban al parque paseaban por dentro, mientras los hombres por fuera en dirección contraria. En un punto del recorrido se saludaban y no pocas veces se sentaban en los bancos a conversar en un tono de respeto. No había malas ofensas, contó una nativa que hoy rebasa los sesenta años de edad. "¡Por cuanto un amigo tuyo te iba a decir una malapalabrota".

Y así en ese sano ambiente, de personajes, leyendas y costumbres transcurrían los días en Guáimaro al compás de la retreta dominical de la banda de conciertos, bajo la batuta de Manolo Fandiño. Él alternaba la música con el oficio de bodeguero en la tienda, otrora ubicada frente al cine, donde vendía batidos y chucherías. Hablamos del Guáimaro con sus populosas fiestas alrededor del parque y de las ferias agropecuarias, surgidas en el Siglo XIX antes que en muchos lugares, por la tradición ganadera que simboliza este espacio de la geografía cubana, dibujado hoy con estas estampas de ayer.

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