Así, orgullosa. Así me siento cuando estoy hablando con estos Profesores en mayúscula. Cuando me descubro parte de sus vidas, porque eso es también motivo de orgullo, y fruto de su trabajo. Para ellos son estas líneas de tamaño amor, y en su nombre van miles para los que asumen la noble labor de curar.
Él, vivo y jovial como sólo hay uno, mi tío, del que no llevo sangre en mis venas, pero que tantas veces ha dado vida a mi madre que se ha vuelto parte de la familia nuestra y nosotros de la de él, de la corta, con la que se festeja el nacimiento de un nieto o la graduación de un hijo, así nos hemos sentido muchas veces sus Jorge y Lily y yo.
Modesto y altruista habla en plural, como si sus logros fueran de todos, pero yo, con mi anuencia de redactora de esta plática con confidencialidad sobrina-periodista y tío-médico me tomo la libertad de llevarlo a su singular primera persona.
“Nací en Las Villas y la vida- yo me atrevo a decir que el amor también- me trajo a Camagüey, donde tuve el honor de ser fundador del grupo y el servicio provinciales de neurología”.
Conversar con Casares, como lo llaman todos, es un reto al equilibrio, su humor criollo lo delata “soy un cubano dicharachero”, pero rápidamente aclara “no me quieras ver serio, en un tribunal de examen me transformo”, y como profesional entero sentencia “todo tiene su lugar, sin embargo no puedo dejar de hacer un chiste en una conferencia o en un taller en un anfiteatro, es mi forma de motivar”.
Educar forma parte de su ser “me satisface ver las nuevas generaciones, sus deseos de hacer y de aprender, trasmitir lo que sé es lo menos que puedo hacer por ellos. No te puedo negar que me enorgullece que entre tantos jóvenes está mi hijo”.
Confiesa que le va a Villa Clara en la pelota, casi con la misma complicidad con la que reconoce el papel de la familia “es mí contribución a la sociedad, ellos son amor, respeto, responsabilidad. Mis hijos y nietos son mi relevo, mi obra”.
Y me voy de su sala, de mi sala, con el sabor al café “robado” a Raquel, su esposa, y su máxima de “si no puedes curar, alegra o consuela” taladrándome a bien el alma.
Un corazón enorme para hacer por los pequeños
Ella, la más gigante de su familia, a quien acompaño en estatura física, y quisiera algún día equiparar en otras tantas buenas estaturas que existen, es sin duda mi Maty, la Maty de muchos, la Dra. Maty de tantas niños, el consuelo y paño de lágrimas de muchas madres, y también es la gran pediatra Matilde Carbajal Alfonso.
Conoce el idioma de los gemidos infantiles y los ojos aguados de terror-como los que yo ponía- pero sabe “ablandar” con su mirada profunda y su voz tierna, la misma que me quiso ocultar a mí y tengo que reconocer que puso todo su empeño en ello. Sin embargo, no tuvo más opción que rendirse a mi pedido porque no hay otra forma de tratar a una ex-paciente que quiere oír de su boca lo que sabe de la persona que lleva la bata blanca de mil amores.
“De entre todas las carreras esta tiene una característica especial, su principio de siempre hacer el bien; tiene un reto: no dejas de ser estudiante pues sino no podrás cumplir con este precepto. Cuando realicé mi carrera me gustaron todas las asignaturas pero en la Pediatría pensé que encontraría mi realización personal como médico pues trabajaría con personitas muy especiales a las que pudiese dar salud y no sabes de qué maneras he recibido amor por eso”.
Cuarenta años en el hospital pediátrico camagüeyano hablan por sí solos “No me imagino fuera de esta institución, llevo en breve 40 años en ese centro, que por pequeños espacios de tiempo he estado en otros lugares trabajando”. Aquí, con modestia única se refería esta singular mujer a las misiones internacionalistas que ha cumplido en diversas partes del mundo.
“El médico- recalcó- tiene una distinción especial, no dejas de ser lo que eres en cualquier lugar donde estés, por eso la importancia de serlo, además no podemos nunca olvidar que somos personas públicas con una gran responsabilidad ante nuestras vidas y la de los demás, el lugar de actuación puede ser cualquiera”.
Justo aquí, llegamos al núcleo de todo, la “familia es el complemento a esa vida en ocasiones tan difícil, ellos comparten tus alegrías, tus angustias, todo lo que sentimentalmente te ocurre en ese día a día en tu labor, además te sirve de estímulo para continuar, ese amor es muy necesario, diría que imprescindible”.
En este punto qué importan los títulos, las maestrías que tienen hechas, los grados académicos, el hecho de ser profesores consultantes que no salen del hospital, las noches que dedican a atender pacientes en sus casas, los insomnios por un caso, las preocupaciones a los pies de una cama de hospital. Importa, sí, la voluntad, la entrega, la sencillez, el carisma y la lealtad a una profesión amarga y dulce, hecha de claros oscuros , pero que se enaltece por hombres y mujeres como Finita Collot, Cecilia Guerrero, Sarah López, Carlos Torriente, Odalys Escalante, Roberto Álvarez, Manuel Oliva, María Teresa García, Juan Rodríguez, los que no están como Willy Barrientos, Julio Blanco y Sergio Vega, y, por supuesto, mi Maty y mi tío.
















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un fuerte abrazo desde Barcelona
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