¡Por fin, los enemigos de Cuba creen haber encontrado otro Zapata para los pies desgastados de su contrarrevolución! Es cierto que a este tuvieron que “maquillarlo” más de la cuenta en su “necropsia mediática”, pero al fin y al cabo está muerto, muerto y enterrado, que es lo que conviene a una legión de capitanes arañas sin causa a considerar ni seguidores de consideración, y a una prensa anticubana que cada día comprueba menos lo que le interesa más.
En la mañana de este sábado 21 de enero usted buscaba en Google “muere huelga de hambre disidente cubano Wilmar Villar Mendoza” y en 0,33 segundos aparecían unos 19 mil 200 resultados, sin contar incontables millares de artículos relacionados. En su mayoría, los titulares eran iguales; los párrafos, los mismos; la “noticia” ―un producto de laboratorio―, clonada en su versión pinochesca; la intención todo negra, no por luto respetable frente al finado, sino por sus miras de que en Cuba haya nuevos muertos, cuantos sean, que “validen” la propaganda que nos ataca.
Ya el pretexto Zapata se les estaba poniendo viejo y, tras varios amagos resguardado por alguna pastillita de astronautas donada por los yanquis, Guillermo Fariñas no se ha decidido a servirse en bandeja como nuevo “mártir” de la contrarrevolución, así que otorgarle casi póstumamente la militancia disidente a Villar Mendoza, “lavar” con cables de agencia su historial delictivo, “deletear” en monitores de prensa las marcas de golpes que diera a su esposa y la resistencia al orden y pintar como hombre de pensamiento al que infringió la Ley a músculo puro, eran la fórmula idónea para recolocar en los noticieros una “oposición” que ha sido un tanto eclipsada por los reporteros, bastante ocupados en reportar, desde una u otra esquina, la crisis profunda que sufren aquellos países que dicen tener los modelos correctos para Cuba.
En esa profusión de cables de un mismo color apenas aparece expuesta la posición de Cuba. Es el colmo del asalto a la verdad: se intenta silenciar a Cuba, que no es solo el lugar de los hechos y no hechos: Cuba es la cuna de Villar, la casa de su familia y allegados, la que guarda la prisión donde cumplía sanción por delito común y la que estableció su condena, la que marca su tumba... Sin embargo, ahora resulta que periodistas y medios de muy distante geografía, que no tienen la menor idea de dónde está ubicado el pueblo de Contramaestre, pretenden imponer una “verdad” que es un despojo.
Porque tampoco han hablado en las grandes agencias de los cuidados de salud de primer mundo con que se intentó salvarle la vida al recluso. Algún pretendido líder contrarrevolucionario, presuroso en su afán de cosechar crédito al amparo del muerto, responsabilizó al Gobierno Cubano porque “...él se murió bajo su cuidado”. O sea, critica aunque sabe que se le cuidó, porque hasta él está persuadido de que en Cuba es imposible que a un ser humano, quienquiera que sea, no se le intente salvar.
Wilmar Villar cometió el error de creer en una contrarrevolución increíble: confió en que adherirse a última hora a grupos sin más causa que la ambición le serviría de escudo para evadir las consecuencias de sus delitos. No tuvo tiempo para darse cuenta de que, en realidad, no hizo más que poner un parchito al escudo maltrecho de la contrarrevolución. Murió por un escudo perdido que, lejos de salvarse, siempre se desmorona a la larga cuando, bajo la luz, a la mentira le flaquean esas piernas suyas, tan huérfanas de zapatos.















