A los 50 años de trayectoria, Regla Mola no habla de retiro, sino de continuidad. Su testimonio es el de una vida dedicada al movimiento, al aficionado, a la comunidad y a la transmisión del saber. Más que memoria, su palabra es presente activo.

CAMAGÜEY.- Conversamos en el Parque Agramonte. Un espacio público, abierto, en movimiento, como si el lugar hubiese sido elegido por ella. Regla Luisa Mola Fernández estaba de vacaciones de fin de año, pero sin reparos aceptó la entrevista. Llegó puntual, elegante, con esa serenidad activa que tienen quienes no conciben el descanso como inmovilidad. Hablar con ella fue una lección de permanencia.

La Fiesta Provincial de la Danza le había sido dedicada recientemente. El reconocimiento, sin embargo, no la colocó en un lugar de llegada, sino de tránsito. “Mi mayor orgullo no soy yo —dice—, sino mis aficionados, los instructores de arte, los artistas, los alumnos, mi familia”. Así comienza a dibujarse una ética: la del trabajo compartido, la del arte como construcción colectiva.

Cumple 50 años de trayectoria. Lo dice sin solemnidad, con una mezcla de alegría y melancolía. Medio siglo no como peso, sino como experiencia acumulada. “Uno se siente triste y feliz a la vez”, confiesa. Triste por el tiempo, feliz por lo entregado. La palabra “nación” aparece en su discurso no como consigna, sino como espacio concreto donde ha dejado huellas: comunidades, escuelas, comparsas, movimientos danzarios.

En el sistema de Casas de Cultura se trabaja con un legado familiar y comunitario. ¿Cuál fue el suyo?

—Mi familia es creyente, aunque mi generación vivió una etapa en la que no se permitían las creencias en las escuelas. Soy descendiente de la Escuela de Instructores de Arte que radicaba en la Escuela Nacional de Arte, donde artistas e instructores éramos formados con los mismos maestros. Viví muchos años en La Habana, con mi hermana Norma Fernández. Más tarde pertenecí once años a una iglesia pentecostal porque mi esposo era cristiano. Cada cual encuentra su camino.

Habla del aficionado con una convicción poco frecuente. No lo coloca en segundo plano frente al profesional. Al contrario: reconoce en él la constancia, la disciplina silenciosa, el sostén real de la cultura en los barrios. Su propia historia comenzó así, cuando tenía nueve años y la maestra Dalia Aguilar la sacó de su casa para integrar un grupo de danza comunitario. “Yo era muy penosa”, recuerda. Quería ser militar. La danza llegó como una puerta inesperada.

¿Qué ha aprendido del trabajo con la comunidad?

—Todo. Yo empecé sin experiencia. Agradezco profundamente a la maestra Dalia Aguilar, que fue quien me sacó de mi casa cuando tenía apenas nueve años para integrar un grupo de danza comunitario. Ella me abrió el camino. Yo era muy penosa y quería ser militar, pero aprendí con ella, en los campamentos culturales, en la escuela, en todo ese proceso de formación.

Menciona con especial cariño al Dúo Esperanza. Al hablar de ellos, su voz se ilumina. Proyecta montarles una cueca chilena, simple, elegante, respetuosa. No piensa en límites, piensa en posibilidades.

También ha trabajado con bailes latinoamericanos y con el Dúo Esperanza.

—Sí. El Dúo Esperanza es único en el país: una pareja con Síndrome de Down con categoría nacional. Son excelentes, conscientes de lo que hacen, con un gran apoyo familiar. Quiero montarles una cueca chilena. Sería muy hermoso que la bailaran en Chile, en su país de origen.

Camagüey aparece en sus recuerdos como mapa íntimo: La ciudad no es fondo, es tejido. También La Habana. De esa etapa habla con orgullo: rigor, disciplina, formación integral. Nombres propios emergen como constelación.

Hábleme de esa experiencia en La Habana.

—Trabajé en la escuela Clara Zetkin, y en varios lugares en Isla de la Juventud. Hice mi práctica preprofesional en la Embajada de la India. Tenía apenas 16 años y aprendí de grandes maestros: Nieves Fresneda, Roberto Chorens, grandes maestros que marcaron una manera de entender el arte, y muchos otros, todos profesionales del teatro y la danza en Cuba.

Al regresar a Camagüey, ¿cómo fue el acercamiento a los portadores?

—Fue una experiencia dura y hermosa. Me ubicaron en Caidije, en Sierra de Cubitas, cuando no permitían que nadie entrara en su mundo. Yo era muy joven, llegué con mi maleta de madera y mi minifalda. No logré intervenir allí, pero después, en Camagüey, trabajé con grandes figuras: Rigoberto Álvarez, Manolo Sánchez del Rosario, Teodoro Sánchez, Arredondo… Cuando aún no existían las Casas de Cultura. Trabajé con grupos en escuelas, unidades militares, con el grupo Tínima, y obtuvimos premios en festivales nacionales.

Su recorrido la llevó incluso fuera del país. En Venezuela, trabajando con comunidades indígenas, aprendió que la danza también nombra el nacimiento, la muerte, el paso de una etapa a otra. Allí la vida le golpeó con fuerza: murió su esposo, Dalio Arce Vital. No lo dice con dramatismo. Lo dice con verdad. “Eso llega duro al corazón”, admite, pero enseguida aparece una frase que resume su filosofía: “No son los problemas, es la solución”.

Usted ha fundado proyectos importantes.

—Fui fundadora del proyecto Pista Abierta devenido proyecto Golpe a Golpe, y de la comparsa Las Estrellas, que en 2026 cumple 50 años. Ojalá se le rinda homenaje. Las Estrellas tiene un sello único: su braceo, que no lo tiene ninguna otra comparsa. Eso debe respetarse.

Regla se jubiló hace dos años, pero no se fue. El retiro le dolió físicamente. Fue reincorporada. “No me encontraba en la casa”, confiesa. Hoy es metodóloga, presidenta provincial del movimiento de bailadores de casino, asesora de proyectos, profesora de Educación Artística en el preuniversitario.

Ha vivido varias generaciones. Hoy, como metodóloga, ¿cómo se mantiene ese movimiento?

—Manteniendo el vínculo con los aficionados. Siempre he sido jovial, me gusta estar cerca de los jóvenes. Aunque ya me jubilé, fui reincorporada porque no me encontraba sin trabajar. Mientras Dios me dé fuerzas, defenderé el movimiento de aficionados.

¿Qué bailes considera hoy en “peligro de extinción”?

—Los bailes populares cubanos. Agradezco que se hayan retomado en la asignatura de Educación Artística. Yo misma, en el preuniversitario Inés Luaces, hago énfasis en ellos, aunque tenga que salirme un poco del programa.

¿Cómo responden los jóvenes?

—Primero los conquisto. Hablo con ellos, les pregunto qué les gusta, les pido que bailen. Cuando llego a la escuela dicen: “¡Llegó la profe de Artística!”. Bailo con ellos en cualquier lugar. Eso es lo que me reconforta.

Con esa energía parece estar como el primer día. ¿Cuál es el secreto?

—Uno de mis cuatro hijos siempre me dice: “No son los problemas, mami, es la solución”. Yo busco soluciones. Los problemas los tiro a la espalda.

En el parque, mientras la ciudad sigue su curso, Regla Mola habla de futuro. No desde la nostalgia, sino desde la acción. Su danza no se jubila. Su energía no es retórica. Es práctica cotidiana. Habla de planes para el 2026 con el entusiasmo de quien empieza: defender la tradición sin fosilizarla.

¿Qué proyecta para el 2026?

—Soy presidenta provincial del movimiento casinero en Camagüey. Quiero hacerlo crecer, junto con el movimiento danzonero y el rescate de los bailes populares cubanos: el danzón, el chachachá, el mambo, el mozambique, la rumba, la conga, la comparsa.

Quizá por eso esta conversación pide ser publicada al inicio del año. Porque recuerda que el arte no empieza de cero cada enero: se sostiene en quienes, como ella, siguen bailando con el tiempo, no contra él.