CAMAGÜEY.- En la Biblioteca Provincial Julio Antonio Mella, durante la Semana de la Cultura Camagüeyana, se celebró un panel por los 95 años del natalicio de Jaime Sarusky. Para mí, hablar de alguien a quien apenas conocí, pero que dejó una huella profunda, siempre provoca una mezcla de gratitud y temblor.
Mi encuentro con Sarusky ocurrió en la Feria del Libro de 2011, cuando tenía 80 años. Yo tenía 26. Entre ambos había más de medio siglo, pero bastó un instante para que ese abismo se volviera puente. Compré su libro Los fantasmas de Omaja y tuve la fortuna de recibir su dedicatoria: “un buen derrotero en el periodismo”.
El panel recordó la obra y la ética del escritor. Jorge Santos evocó cómo Sarusky le dedicó Los fantasmas de Omaja, agradeciéndole por ser el primero en reseñar Rebelión en la octava casa en el periódico Adelante, y mencionó que colabora en la edición de una valoración múltiple de su obra. Por su parte, Damaris Hernández destacó su periodismo cultural y la manera en que borraba los límites entre géneros, combinando rigor investigativo y sensibilidad literaria.
Los fondos de la Biblioteca Provincial conservan varios de los libros de Sarusky, tanto en la sala general como en la de literatura, lo que permite a lectores y estudiantes acercarse directamente a su obra y explorar sus historias sobre la Cuba diversa que retrató con rigor y sensibilidad.
Los fantasmas de Omaja es un mapa afectivo de Cuba, a través de cinco reportajes publicados originalmente en la revista Bohemia entre 1971 y 1983. La edición que yo tengo fue publicada por Ediciones Unión en 2010. El miniprólogo está firmado por Manuel Moreno Fraginals y fechado en La Habana, en febrero de 1984. Allí los nombra crónicas. Yo prefiero decir: reportajes narrativos, porque nacen del rigor investigativo, pero están escritos con la respiración de la literatura. Hoy puede leerse como una clase viva de periodismo de investigación: cómo preguntar, cómo mirar, cómo escuchar, cómo convertir datos en humanidad.
Sarusky rastrea migraciones, comunidades y huellas invisibles que configuraron la identidad cubana: norteamericanos en Las Tunas, suecos en Oriente, japoneses en la Isla de la Juventud, hindúes en Guantánamo, yucatecos en la expansión azucarera. Cada historia es un fantasma que habita la nación, un retrato de personas que llegaron de lejos y transformaron lo que hoy llamamos Cuba.
En una entrevista concedida a Mabel Machado para La Jiribilla, Sarusky confesaba que no esperaba el regreso de este libro más de veinticinco años después de su primera edición. Pensó que había quedado atrás. Pero entendió algo esencial: un país con cultura del conocimiento puede volver sobre sus libros.
Ese regreso no es nostalgia. Es una pregunta que persiste: ¿quiénes somos? Porque las migraciones que Sarusky rastrea no son pasado; son capas invisibles de la identidad cubana.
En esa misma entrevista, ofrece un consejo sencillo y radical: escribir todos los días. Aunque sean dos líneas. Aunque no haya inspiración. Para él, cada línea es un compromiso con la sociedad. No hablaba de fama, hablaba de responsabilidad.
Sarusky decía que el periodista y el escritor se mezclan inevitablemente. Que se molestaba si una línea no dialogaba con la anterior y con la que vendría después. Para él, el periodismo aportaba el dato, la investigación, el contexto; la literatura, la sicología, el conflicto, la emoción.
Después de leer estos reportajes siento, primero, una envidia sana por un tiempo de práctica periodística donde la movilidad era posible, donde se podía salir del asfalto. Era otra cultura de redacción, otra idea del oficio. Siento también gratitud por quienes nos antecedieron. Desde lo que lograron hacer, nos ponen frente al espejo y nos preguntan cuánto nos falta.
Los temas que Sarusky aborda hablan de una Cuba difícil de imaginar hoy: la Cuba como tierra de oportunidad. Hoy, en cambio, los cubanos se van. Y esa desesperación por anclarse a algún lugar me recuerda a aquellos inmigrantes que llegaron desde la India, Japón, Suecia, Estados Unidos o México.
Tal vez seguimos siendo, en el fondo, ese ajiaco cada vez más espeso que hemos reducido a tres ingredientes: taíno, español y africano. Los fantasmas de Omaja insiste en que somos mucho más. Y que la pregunta ¿qué es ser cubano? todavía está por responder.
Me resulta especialmente valioso que le ponga rostro a otras raíces que también vivieron despojo, explotación y desarraigo en Cuba. Hoy, cuando se habla de esclavitud y dolor histórico, el relato suele concentrarse —con razón— en la tragedia de los africanos esclavizados y sus descendientes. Esa herida es estructural y no puede relativizarse.
Pero Sarusky, desde hace décadas, enseñó que la historia del sufrimiento en Cuba no fue monocorde. Hubo otros sometidos a trabajos coercitivos, desplazamientos forzados, engaños, sistemas de explotación. Su gesto no compite con una memoria contra otra: la amplía. Y en esa ampliación hay justicia.
Fernando Martínez Heredia, al despedir a Sarusky, escribió una frase que todavía duele: “No temo a la muerte. Temo a que muera nuestro tiempo, el que produjo a Jaime Sarusky.” Y sin embargo, sostenía la esperanza de que vendrían otros, capaces de crear un tiempo superior. Tal vez por eso seguimos regresando a él.
Reinaldo Cedeño contó que Sarusky lo detuvo una vez en un pasillo para decirle: “Haga libros… haga libros.” No era solo una frase: era una ética. Una manera de empujar a los otros a no dejar morir el tiempo.
Yo no caminé pasillos con él. Pero conservo su dedicatoria, su libro, y la memoria de un día donde una voz me dijo, sin saberlo, que este camino también era posible. Quizá de eso se trata hablar de un ausente: no de lo que fue, sino de lo que todavía provoca. Y mientras alguien siga rastreando fantasmas, Jaime Sarusky no estará muerto.
