CAMAGÜEY.- Profesora, investigadora, doctora, educadora popular y viajera, Flor de María Fernández Sifontes ha hecho de la curiosidad una forma de estar en el mundo. Desde una infancia en el centro de Camagüey hasta nueve años de estudios en Kazán, desde las aulas universitarias hasta el trabajo comunitario, su historia parece atravesada por una misma obsesión: aprender para después compartir lo aprendido.

Flor apenas necesita una pregunta para comenzar a contar. Antes de que la entrevista encuentre su cauce, ya ha hablado del proyecto sociocultural Golpe a Golpe, de los Premios Maestros de Juventudes, de Regina Balaguer, de Frei Betto, de la Educación Popular, de Fidel, de Palabras a los intelectuales y de varias de las personas que han venido a acompañarla.

Va reconociéndolas una por una. Profesores, antiguos compañeros, amigos, estudiantes. En su relato las instituciones nunca aparecen solas: siempre tienen nombres y apellidos. Entre una referencia histórica y otra surge incluso el humor.

—Mi apellido es León, pero no soy una fiera —bromeo como entrevistadora delante de un público que llena el café literario La Comarca.

Flor responde inmediatamente:

—No, qué va, si eres muy dulce.

Las risas relajan el ambiente, aunque en realidad Flor no parece necesitar demasiada ayuda para sentirse cómoda. Habla como quien da una clase y conversa al mismo tiempo. Recuerda fechas, lugares, profesores, calles, libros. Salta de una experiencia personal a una reflexión política y regresa después a la anécdota. Su memoria parece organizada no solo por acontecimientos, sino por las personas que dejaron alguna marca en ella.

Y quizá por eso la primera pregunta tiene que regresar al principio.

—Antes de ser investigadora, profesora y doctora, usted fue una niña. ¿Cómo se recuerda? ¿Era de las preguntonas o de las que observaban?

—Yo he sido de las preguntonas e inquietas. Nunca he dejado de preguntar, como diría Silvio Rodríguez. Vengo de esas personas que nunca dejan de preguntar. Después, en la Educación Popular, aprendí que existe una pedagogía muy importante: saber plantear las preguntas. Más que recibir respuestas, lo importante es saber cómo planteamos el problema que nos impulsa a conocer más profundamente. Siempre pregunté. Me pregunté a mí misma, les pregunté a los libros, les preguntaba constantemente a mis profesores. Y también les pregunto a mis estudiantes.

LOS 72 ESCALONES

Para encontrar a aquella niña hay que caminar hasta la calle Martí, frente a La Zambrana, en Camagüey.

Allí estaba la casa donde nació en 1961 y donde su madre tuvo cuatro hijas. Para llegar había que subir 72 escalones de mármol. Flor todavía recuerda el balcón alto que daba hacia la calle y el peligro que representaba para cuatro niñas pequeñas creciendo casi una detrás de otra.

Ella era la mayor. Con Yolanda, la hermana que le seguía, apenas había once meses de diferencia. “¿Qué rápidos mi papá y mi mamá, verdad?”, dice, y vuelve a provocar las risas.

La familia terminó mudándose a la calle Apodaca. El cambio, aparentemente doméstico, acabaría teniendo importancia en su formación.

—¿Qué recuerda de aquella etapa?

—Apodaca tuvo una determinación importante en mi vida. Estudié en la escuela Renato Guitart. Era una cuadra extraordinaria. La pared de mi cuarto daba con el Salón del Reino de los Testigos de Jehová y todos los domingos se reunían allí. Imagínense, estamos hablando de los primeros años de la Revolución. Mi padre era del Ministerio del Interior (Minint) y yo no me podía asomar a la iglesia. Las primeras iglesias las conocí después, cuando viajé fuera de Cuba.

Pero cuando Flor habla de aquella cuadra termina regresando a las personas. Recuerda las familias vecinas, los juegos en el Parque Agramonte y una comunidad donde los niños todavía podían apropiarse de la calle.

También recuerda a sus maestros.

—¿Hubo alguno que dejara una huella especialmente profunda?

—Mi profesora de preescolar se llamaba Bertha Pernas. Esa señora me marcó para toda la vida. Llevo una vida hablando de ella y nunca he vuelto a saber qué fue de ella. Era una señora bella, con el pelo completamente blanco, y nos hizo enamorarnos de la instrucción.

Después aparecen otros nombres: Martha Ofelia, Elsa Nieto, Elsa Cervantes, Miguel, Rosa Iris Nogueras. Flor los enumera como quien intenta impedir que el tiempo se los lleve. De Elsa Cervantes recuerda particularmente el rigor con el idioma.

“Nos decía: Ustedes se van a acordar de mí toda la vida. Era muy rigurosa con el manejo del lenguaje”.

Se acordó. Y no solo de ella. Recuerda incluso una pequeña brigada infantil que recorría General Gómez, Apodaca, San Pablo y Martí pidiendo a los vecinos que apagaran las luces: “Cantábamos: Somos la Brigada Clic, venimos apagando las luces de aquí. Tocábamos las puertas y los vecinos apagaban las luces. Fue inolvidable”.

UNA ESCUELA Y UN PAÍS POR DESCUBRIR

La adolescencia llegó ligada a otra institución que Flor menciona con orgullo: la Vocacional de Camagüey. Tenía casi 15 años cuando Fidel Castro inauguró la escuela: Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencia Exactas Máximo Gómez Báez.

La apertura de la Vocacional de Camagüey quedó asociada para ella a una celebración personal. Fidel inauguró la institución el primero de septiembre de hace 50 años y, al día siguiente, ella cumplió 15. Recuerda las cintas de colores que agitaron durante el acto, la emoción de aquella jornada y la presentación del movimiento de aficionados XX Aniversario, de Ciego de Ávila, el 3 de septiembre, con el ballet Avanzada, en el recién inaugurado anfiteatro. Todo lo vivió como un regalo extraordinario de cumpleaños.

Había pasado antes por Sola, en la escuela Alzamiento de las Clavellinas, donde los pases podían demorarse 21 días.

No era fácil. Sus padres no podían visitarla con frecuencia, pero otras familias terminaron adoptando, en la práctica, a los amigos de sus hijos: “Compartíamos las jabas que llevaban las familias. Lo que traía una mamá nos lo comíamos todos”.

Flor era jefa de albergue y jefa de brigada. A las muchachas había que despertarlas por la mañana y poner en orden las camas.

—¡Muchachitas, de pie! ¡Arriba!

Lo cuenta hoy entre risas, pero en aquella escuela se consolidaron dos elementos que seguirían acompañándola: la disciplina y la cultura.

Pero la huella más profunda estuvo también en la formación cultural: los cursos de apreciación artística y literaria despertaron aún más su pasión por la lectura. Entre los profesores que recuerda con gratitud están Andrés Fernández Millares, Xiomara de Céspedes y Oscar Fernández, además del pintor Wambrug, quien impartía apreciación artística.

Al regresar a casa, después de cumplir las tareas domésticas que le asignaba su madre, se refugiaba en los libros y devoraba por etapas la literatura latinoamericana, francesa y rusa.

“Era una devota lectora”, insiste.

—¿Y en qué momento aquella muchacha de Camagüey termina viajando tan lejos?

Flor sonríe antes de responder.

—Compañeros, yo soy un objeto museable: soy licenciada en Comunismo Científico.

No era, sin embargo, la carrera que inicialmente había imaginado. Quería seguir el camino militar de su padre y estudiar Ingeniería en Sistemas Automatizados en el Instituto Técnico Militar. Durante el proceso de selección le aconsejaron solicitar también una carrera civil, por si no superaba el examen médico.

Pasaron los meses. Nadie la llamaba. Cuando fue a preguntar, descubrió que alguien había decidido que prefería estudiar en el extranjero: “Así que alguien decidió por mí que fuera al extranjero”.

Aquella decisión terminó enviándola a Kazán.

NUEVE AÑOS EN KAZÁN

En Kazán, a orillas del Volga, cursó la licenciatura en Comunismo Científico y aprendió ruso en una universidad que guarda una relación singular con la historia de Lenin. Allí comenzó sus estudios el líder revolucionario, aunque fue expulsado después de participar en una revuelta estudiantil. Más tarde continuó su formación en San Petersburgo.

La entrevistada recuerda una curiosidad que le gusta compartir: en el museo de aquella universidad se conserva entre la documentación, la única calificación de cuatro puntos que obtuvo Lenin, precisamente en Lógica, una materia en la que después sería reconocido por su pensamiento dialéctico. Pero su vínculo con aquel lugar adquirió un significado todavía más personal cuando recibió allí su título.

"Lo más interesante, además de aprender ruso y que nos dieran doble titulación de Licenciado en Comunismo Científico y Licenciado en Idioma Ruso, fue que nos entregaron el título en esa aula donde Lenin estudió", cuenta.

Flor llegó a un lugar donde tendría que aprender una lengua, adaptarse al frío, convivir con otras culturas y descubrir un problema mucho más inmediato que cualquier teoría política: cocinar.

—¿Qué fue lo más difícil?

—Aprender a hacer arroz.

Otra vez las risas y prosigue: “Los cubanos que habían llegado antes iban a la cocina a ver cómo cocinábamos. Las críticas que recibí por mis arroces de concreto nadie las puede describir. Todo el mundo me decía: «¿Pero cuándo tú vas a aprender a hacer arroz, si eso es elemental?»”.

La experiencia implicó adaptarse a las condiciones de una ciudad cerrada a los extranjeros por su industria militar y construir una vida cotidiana entre estudiantes de distintas nacionalidades. Aprendió.

También construyó una segunda familia. De aquellos años conserva, sobre todo, los afectos. Su compañera de aula Alieva se convirtió en hermana y la madre de esta, en una segunda madre. En aquella familia aprendió también los secretos de la cocina tártara.

“El pueblo tártaro es un pueblo bello. Me enseñaron hasta su cocina”, enfatiza.

Lo que inicialmente iba a ser una carrera terminó convirtiéndose en nueve años de vida. Después de la licenciatura llegó el doctorado. Defendió su tesis el 31 de marzo de 1989.

Para entonces la Unión Soviética había entrado en una transformación profunda. La Perestroika atravesaba el discurso político y social. Flor observaba un mundo que comenzaba a cambiar mientras ella misma cambiaba dentro de él.

Cuando defendió su tesis doctoral, agradeció al pueblo que la había acogido como a una hija. Recuerda que los 31 integrantes del tribunal lloraron durante aquel momento, que para ella resumía la gratitud hacia quienes acompañaron a los estudiantes cubanos.

Volvería décadas después, entre 2016 y 2017, durante una estancia posdoctoral. Regresó a su antigua universidad. Encontró el mismo departamento y algunas de las personas con las que había estudiado. Pero el país era otro.

Le impresionó escuchar los relatos sobre las dificultades vividas durante los años posteriores a la desaparición de la URSS y la nostalgia de quienes habían conocido aquella experiencia. Al mismo tiempo, observó que parte de las nuevas generaciones cuestionaba la historia soviética y la interpretación de acontecimientos como la Segunda Guerra Mundial. De esa comparación extrajo una preocupación por la disputa sobre la memoria histórica y por la influencia de las narrativas ideológicas.

REGRESAR SIENDO OTRA

—Cuando vuelve a Cuba en 1989 usted ya no podía ser la misma persona que había salido. ¿Cómo fue aquel regreso?

—Fue difícil.

Regresó el 9 de abril de 1989. Mientras algunos estudiantes cubanos decidían permanecer en la Unión Soviética, ella volvió a Camagüey llevando consigo años de formación y también la experiencia directa de la Perestroika.

Eso generó suspicacias: “Supuestamente yo era una persona que venía portando la ideología de la Perestroika y podía ser una posible «perestroikana»”.

—Era usted la sospechosa.

—Sí, era yo.

Me sigue pareciendo revelador ese episodio. Una mujer que vuelve con una experiencia distinta del mundo y se convierte, de algún modo, en objeto de sospecha. Ella lo cuenta sin dramatismos, casi con la serenidad de quien sabe que no tiene por qué pedir disculpas por haber aprendido.

—¿Y cómo se sobrevive a eso?

—Tranquila. Relajada. Yo no tengo culpa.

La respuesta parece condensar bastante bien un rasgo de su carácter. Flor no esquiva las definiciones políticas. Se declara comunista y defiende sus convicciones de manera explícita, pero también insiste en que estudiar otras sociedades y convivir con personas de diferentes países amplió su manera de mirar el mundo.

En medio de una reflexión política puede aparecer, repentinamente, una historia doméstica. Como aquella vez en Kazán que visitó la casa de unos amigos y el anfitrión comenzó a caminar desnudo delante de ella, un alemán la República Democrática Alemana que se había casado con otra amiga rusa.

Flor reconstruye el episodio con precisión cómica. Ella, asegura, intentaba mantener toda la educación posible mientras procesaba el choque cultural: “Estas no son historias inventadas. Son vivencias.”

Y entonces habla del otoño en los bosques rusos, del río durante el brevísimo verano, de aprender a esquiar y de los inviernos de Kazán. La teoría vuelve a adquirir cuerpo.

LA PERESTROIKA Y LAS LECCIONES DE LA TEORÍA POLÍTICA

Su formación en Comunismo Científico le permitió examinar retrospectivamente una experiencia que vivió desde dentro.

Durante los primeros años de la Perestroika, recuerda, muchos estudiantes cubanos y soviéticos recibieron con entusiasmo el libro de Mijaíl Gorbachov, La Perestroika: una nueva mentalidad. En aquel momento, admite, les faltaban herramientas para comprender las distintas corrientes políticas e ideológicas que operaban en el mundo, en parte por las limitaciones del conocimiento que había circulado durante la Guerra Fría.

La posterior desintegración soviética modificó aquella lectura. Según su interpretación, el concepto de «nueva mentalidad» expresaba una orientación política que favoreció el desmontaje del socialismo desde las propias estructuras del poder. Califica ese proceso como una revolución desde arriba y sostiene que la experiencia demuestra la necesidad de conocer con profundidad las doctrinas, los lenguajes y los propósitos de cada corriente ideológica antes de asumir sus propuestas.

Asegura que aquella etapa también la convirtió en objeto de sospecha. Algunas personas la asociaban con las ideas de la Perestroika y la consideraban una posible partidaria de ese proceso. En vez de rehuir las dudas, decidió responder con su conducta.

 «Al final de la sospecha dije, tranquilo, que me acompañen, yo estoy lista», recuerda. Y reafirma que, más allá de la teoría, es una convencida de sus ideas, de su familia, de sus amigos, de los maestros que la formaron y de las personas que la acompañaron.

«Tengo que decir que soy el resultado de la Revolución», declara, convencida de que su trayectoria profesional y las oportunidades de formación y trabajo que ha tenido forman parte de esa historia.

LA POLÍTICA COMO OBJETO DE ESTUDIO

Hay un momento del intercambio en que un joven del público pregunta sobre la Licenciatura en Comunismo Científico, responde como una profesora que no quiere entregar una definición sin estimular la búsqueda. Propone consultar el texto de Lenin Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, donde se exponen los antecedentes intelectuales de esa corriente: la filosofía clásica alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.

Explica que el marxismo se estructura en tres grandes componentes: la filosofía marxista, la economía política y el socialismo científico. Se detiene en El capital, de Marx, como una obra fundamental para comprender el funcionamiento del capitalismo, y en el socialismo científico como una tradición de reflexión sobre las alternativas a las sociedades basadas en la explotación. En esa formación se estudian, entre otros asuntos, las clases sociales, la nación, las estructuras sociales y la transición hacia una sociedad socialista y comunista.

Su explicación deja ver la perspectiva desde la cual interpreta la política: no solo como adhesión a una posición, sino como un campo de estudio que exige conocer sus fundamentos, sus conceptos y su historia. Esa defensa del conocimiento se extiende a la vida académica.

LA FORMACIÓN COMO MISIÓN Y COMPROMISO

Su trayectoria profesional la ha llevado a participar en procesos de formación doctoral y en programas de preparación de profesores y directivos universitarios en México, República Dominicana, Ecuador y Venezuela, además de trabajar con especialistas y rectores de instituciones universitarias, incluso privadas. Pero cuando Flor enumera países evita presentar los viajes como turismo.

“Lo primero es que uno va en cumplimiento de una misión del Ministerio de Educación Superior. En el exterior se valora mucho el potencial humano de los especialistas cubanos y nosotros damos allí lo mejor de nosotros”, insiste.

Una de esas responsabilidades terminó conduciéndola hasta China.

“Pude estar en el templo de Confucio, en la Muralla China y conocer aquello que me faltaba: unir la experiencia del socialismo europeo con la experiencia del socialismo asiático”, afirma.

Sin embargo, identifica como una experiencia especialmente significativa la que desarrolla desde 2018 en la preparación y superación de cuadros.

Como directora de esa área, se reconoce orgullosa de formar parte de la Escuela Superior de Cuadros del Estado y del Gobierno, donde ha trabajado en los diplomados de Administración Pública y Empresarial. Entre los alumnos procedentes del sector cultural destaca a Yunielkis Naranjo, líder fundador de Golpe a Golpe, por una investigación sobre Camagüey como Cuna de la Literatura Cubana que considera necesario retomar y materializar, y a Kenny Ortigas, actual director provincial de Cultura, a quienes recuerda por su consagración y capacidad para llevar a la práctica lo aprendido.

Desde su formación en Comunismo Científico, defiende la importancia de las instituciones y de las organizaciones sociales cubanas, incluidas las asociaciones y uniones de la sociedad civil. Afirma que ha encontrado espacios de organización y solidaridad en los distintos lugares donde ha trabajado y vivido, y considera que ese entramado constituye una particularidad valiosa de Cuba.

Su convicción de que nunca se termina de aprender resume, finalmente, una ética profesional que atraviesa su historia: prepararse a fondo para cada auditorio, estudiar más allá de lo ya conocido y asumir la enseñanza como un ejercicio permanente de responsabilidad.

Por eso, después de tantos países, la conversación vuelve otra vez al barrio.

LA COMUNIDAD

Cuando Flor habla de cultura, el concepto desborda rápidamente las artes. La cultura también es, para ella, la manera en que una comunidad se organiza, comparte y construye relaciones.

Durante veinte años vivió en un albergue de la Universidad de Camagüey. Finalmente, en 2010, recibió una vivienda.

Recuerda incluso qué iba a hacer aquel día: había comprado entradas para ver a Lizt Alfonso en el Teatro Principal y había arreglado unos zapatos viejos para poder ir elegante.

Entonces la mandaron a buscar. Pensó que iban a asignarle otra responsabilidad. En cambio, le comunicaron que tendría una casa. Su hijo estaba presente. Flor había pedido que escuchara la noticia.

El 28 de diciembre de 2010 entró finalmente en su vivienda en el reparto Sánchez Soto. Y casi inmediatamente apareció una nueva responsabilidad comunitaria: “Me estaban esperando para que fuera secretaria del bloque de la Federación (de Mujeres Cubanas)”.

La anécdota tiene algo revelador: Flor puede cambiar de casa, de país o de institución, pero parece imposible imaginarla fuera de alguna estructura colectiva.

Durante la vacunación contra la Covid-19 se incorporó voluntariamente al trabajo de la comunidad: “Así conocí a mi barrio y mi barrio me conoció a mí”, resume.

También participó en procesos electorales y en otras tareas comunitarias. Pero insiste en establecer una diferencia:

“Ese acompañamiento no tiene que ver solamente con la participación política. Tiene que ver con la participación humana: apoyar a los vecinos, dar lo que tengo, compartir y que todo el mundo sepa que estoy al lado”.

«FLOR SENCILLAMENTE ES INTENSA»

Después de escuchar su recorrido, surge una duda inevitable.

—¿Consigue en algún momento del día desconectarse de todas esas responsabilidades y ser, sencillamente, Flor?

La respuesta llega sin vacilación:

—No. Es que Flor sencillamente es intensa. No conozco otra condición de Flor.

Las risas regresan. Quizá sea la mejor definición que ha aparecido durante toda la conversación. Porque Flor habla intensamente, recuerda intensamente, enseña intensamente. Incluso cuando responde una pregunta aparentemente sencilla termina abriendo varias puertas nuevas.

Por eso la última pregunta casi se responde sola.

—Después de todo lo que ha estudiado, ¿qué continúa despertando su curiosidad? ¿Qué le queda por aprender?

Flor viene precisamente de terminar un curso de Estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad. Durante cuatro miércoles ha impartido clases desde las ocho de la mañana hasta la una de la tarde a varios grupos de estudiantes.

Uno de ellos le dijo qué era lo que más le había impresionado del curso: tener delante a una profesora que todavía no había dejado de aprender.

Flor recuerda esa frase y parece apropiarse de ella.

—Nosotros aprendemos siempre de los estudiantes. El profesor que no estudie todos los días, y más ahora con todo el caudal de conocimiento que se abre con la inteligencia artificial y las nuevas herramientas que tenemos para conocer, es un mediocre.

Hace una pequeña pausa antes de formular el principio que, después de escuchar su historia, parece haber estado presente desde aquella niña de Apodaca que interrogaba a sus profesores y a sus libros:

“Yo dejaré de estudiar el día que, sin enterarme, me vaya para la tumba. Mientras tanto, seré estudiante siempre”.

La entrevista podría terminar allí. Pero Flor no termina.

UNA MADRE QUE ACOMPAÑA SIN ALIMENTAR EL EGO

Cuando parecía que el encuentro había llegado a su cierre, pide la palabra para hablar de su «ídolo»: su hijo, Daniel Ignacio Travieso, quien cursa estudios doctorales en Brasil después de terminar la maestría. Cuenta que él le recuerda ahora su identidad racial desde una experiencia distinta, marcada por la realidad del racismo en ese país. Si antes se definía como «carmelita», hoy insiste en reconocerse como negro, aunque tenga la piel clara.

Ella habla de su inteligencia y de los resultados que despiertan orgullo entre quienes lo conocen, pero introduce enseguida un matiz revelador: en la familia disfrutan sus logros sin alimentar su ego y cuidando los límites.

«La familia vivimos orgullosa de él, sin levantarle el ego, cuidando los límites, pero disfrutando sus resultados», afirma.

Detrás de esa declaración hay también una historia familiar que merece espacio: la de una madre que debió sostener durante años la crianza y los afectos mientras estudiaba lejos de casa, en una beca y en un país con condiciones climáticas y culturales muy distintas. Su relato permite asomarse al costo personal de la formación profesional y a la manera en que ese esfuerzo se proyecta en el orgullo por el camino recorrido por su hijo.

Y PARA AGRADECER, LAS FLORES

Luego, Flor habla otra vez de Fidel, de Palabras a los intelectuales y del trabajo cultural de Golpe a Golpe.

Después aparecen unas flores. Me entrega un ramo, da una rosa a Yunielkis y otra a Carlos, el líder y el director de la unidad administrativa del proyecto que tiene su sede en La Comarca.

Ese detalle me sorprendió y me conmovió. Después de tantas historias, preguntas y convicciones, las flores dijeron algo que no necesitaba explicación: también hay una manera de agradecer el encuentro, de reconocer al otro, de dejarle un recuerdo amable.

Es un cierre perfectamente coherente con todo lo anterior. Porque durante toda la conversación Flor ha hecho exactamente lo mismo: nombrar a quienes la acompañaron. Maestros, vecinos, compañeros, estudiantes, amigos, familiares.

Su biografía, contada por ella misma, nunca parece pertenecerle por completo. Está hecha también de todos ellos.

Y cuando finalmente se acaba el encuentro queda flotando aquella primera respuesta, pronunciada mucho antes, cuando todavía se hablaba de la niña que fue: nunca dejó de preguntar.

Probablemente ahí esté la verdadera clave de Flor de María Fernández Sifontes. No en haber encontrado todas las respuestas, sino en haberse negado a dejar de buscar.