CAMAGÜEY.- Ayer llegó la orientación de la lectura extraclase: El Principito. Mi hija, que tiene 11 años, se encontró con un libro que yo ya le había leído. Como es pequeñito, no le pareció inmenso ni abrumador.
Ella conoce la historia también por la película, esa hermosa versión animada que parece pintura de acuarela, pero esta vez debía leerla palabra por palabra. Anoche, con una lamparita, nos tiramos en la cama y empezamos. Fue un momento mágico.
Al llegar al primer dibujo —ese que todos los adultos confunden con un sombrero— ella sonrió. Sabía que un elefante cabía dentro de la boa. Me dijo que los niños de su aula probablemente no entienden la vibra del autor, esa manera de mirar el mundo desde la sencillez, la imaginación y la reflexión.
Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) publicó este libro a los 43 años. Demostró que los adultos también pueden hablarles a los niños, pero de un modo especial: con lenguaje claro, metáforas, poesía y enseñanzas que atraviesan todas las edades. El autor era francés, y además de escritor, fue piloto de avión. Muchas de sus historias tienen que ver con volar y mirar el mundo desde otra perspectiva. Él mismo desapareció en un vuelo durante la Segunda Guerra Mundial, y hasta hoy se sigue recordando su obra con mucho cariño.
En la historia, el Principito viaja por distintos planetas y conoce personajes curiosos: un rey que no tiene súbditos, un vanidoso que solo quiere aplausos, un hombre de negocios que cuenta estrellas… Cada uno tiene algo que enseñarle sobre la vida.
Supongamos, entonces, que somos Antoine por un instante, y que la vida que llevamos —con sus apagones, tareas, días con o sin clase— es el desierto del Sahara. La arena se extiende interminable, y de repente aparece el Principito. Nos obliga a detenernos, a mirar con los ojos del corazón, a cuidar de la rosa y a escuchar el silencio. Los principitos son nuestros hijos, y aprender a guiarlos significa enseñarles a caminar sin perder su ternura, a distinguir la voz propia de la del ruido, a protegerlos de las prisas, los miedos y las comparaciones que devoran como una boa.
A nivel popular, en las Ferias del Libro de las que guardo recuerdo reportando, El Principito siempre tiene un lugar especial. Incluso cuando no está entre las ofertas del momento, sigue siendo uno de los libros más buscados, al igual que Corazón de Edmundo de Amicis, que también nunca pierde lectores. En casa tenemos dos ediciones: una de 2001, con la portada que vemos en la imagen, y otra más reciente, de 2019, ambas de la Editorial Gente Nueva. Me llamó la atención algo reciente: un booktuber cubano publicó su lista de los diez mejores libros de toda la historia, y El Principito no estaba incluido. En los comentarios, reclamaban con sorpresa: “¿Cómo es posible que no esté?” Ese simple debate confirma que, aunque pasen los años, El Principito sigue siendo un referente para grandes y pequeños, un libro que atraviesa generaciones y geografías.
Mientras avanzamos en la lectura, recordamos que no se trata solo de leer por leer: cada página, cada personaje y cada dibujo es un entrenamiento de la vida, de la razón y el sentimiento. El lenguaje de Saint-Exupéry es sencillo pero profundo, poético y reflexivo; nos invita a pensar y a sentir al mismo tiempo, a descubrir que lo esencial es invisible a los ojos, que la amistad, el cuidado y el amor se aprenden día a día.
Una parte que adoramos es cuando cuida de su rosa y aprende que lo más importante es lo que se siente con el corazón. También nos gusta mucho la parte del zorro, que le enseña al principito que domesticar a alguien significa crear lazos y responsabilizarse de los que queremos.
Que la escuela indique lecturas y tareas como El Principito tiene un doble efecto: positivo y desafiante. Positivo porque le permite al niño acercarse a la literatura de manera reflexiva, aprender sobre valores, lenguaje y pensamiento crítico. Desafiante, porque la responsabilidad del aprendizaje parcial recae en la familia. Esto puede generar tensión, pero nos permite observar cómo aplica lo que ya sabe y lo que recuerda, integrando memoria, imaginación y análisis.
Resumiendo, la situación refleja los desafíos de la escuela y la educación formal, pero también la oportunidad de fortalecer vínculos y competencias en casa.
Como madre, no puedo evitar pensar en la escuela, en sus vacíos, en la responsabilidad que cae sobre nosotros los padres. Pero además pienso en lo valioso de estos momentos, de cómo una lectura puede abrir un espacio de curiosidad, de preguntas, de imaginación y de reflexión. Porque leer El Principito es conversar sobre la vida, sobre los adultos que pierden de vista lo importante, sobre la amistad y la responsabilidad hacia los que queremos.
Mientras ella sigue leyendo, observando los dibujos y planeando los suyos propios, recuerdo que cada página es un pequeño triunfo: contra la prisa del mundo, contra la falta de tiempo, contra la superficialidad. Un triunfo de la imaginación, del corazón y del vínculo que se crea cuando un libro, aunque breve, logra abrir mundos enteros.
Casi lo olvido. Anoche mismo mi hija terminó el libro. Hoy temprano, mientras le comentaba ideas para esta crónica, me recalcó como un récord personal que leyó las 126 páginas en unas dos horas. Por suerte, la carga de la lamparita alcanzó. Ya lo que le queda es procesar para responder las preguntas que van desde los datos del autor, a anécdotas de la obra, la enseñanza moral y una versión libre de dibujos.
Y lo más importante para las dos: aquí no hay final trágico: seguimos caminando, juntas, aprendiendo a proteger, a amar, a imaginar y a ajustar nuestros pasos, mientras los principitos de nuestra vida nos enseñan, cada día, a ser más humanos.
