CAMAGÜEY.- A él fue a el primero que llamé, me cuenta que con solo unos meses y después de unos días sin verlo. Era el encargado de dormirme paseándome en el coche por todo el reparto, y cuando creía que mi sueño era imperturbable, se sorprendía al ver abrirse mis ojitos después de subir cuatro pisos y solo apoyar las rueditas al piso.

Después fue mi esposo perfecto: con un mosquitero convertido en velo de novia celebrábamos la ceremonia a la hora que llegara del trabajo cada día.

Más tarde se convirtió en responsable de las tareas y los trabajos prácticos, de asumir rol de niño responsable para los juegos, de llevarnos al parque y al teatro --cuando fuimos dos-- los fines de semana, de desenredarme el pelo con calma... Serio cuando llegó el tiempo de los novios y celoso por sus experiencias, atento a cada problema del trabajo, tímido para decir te quiero, presente en los momentos más duros, consejero y amigo: ese es mi papá.

Ella, cómplice siempre, protectora, dulce, conciliadora. Encargada de autorizar las salidas a las fiestas y de atender a todos. Enfermera incansable en las noches de fiebre y acompañante fiel a las consultas. Especialista en mimos y para enseñar. Única en eso de no pelear por regueros o porque perdí algo, en transmitir confianza: mi mamá.

Nunca los he visto discutiendo por celos o grandes problemas y son novios desde el preuniversitario. A tres décadas de su relación se confiesan enamorados y felices.

¿Mi hermano?, dice mami que yo fui quien lo pidió y por “complacerme” desafiaron a todos y el más cruento Periodo Especial. Totalmente opuesto a mi carácter pero también bueno. De niños siempre fajados, como todos, aunque pendientes uno del otro, malcriado, llorón, aprovechado de mi protección porque era el más chiquito. Ahora fiestero y enamorado, de fieles amigos y calificaciones que enorgullecen, celoso de mí como yo de él.

Hasta aquí pudiera decir que llega mi familia, con la que vivo, pero me falta alguien muy especial que también es responsable de lo que soy hoy: mi abuela materna. Fui a acompañarla cuando falleció mi abuelo para que no se sintiera sola y ocuparle el tiempo, y creo que no lo hice tan mal. De ella aprendí el optimismo, la lucha incansable por lo que se quiere, la alegría de vivir. Presumida y pizpireta a pesar de los años, amorosa y exigente, incondicional.

Ahora sí están todos, los más cercanos, porque también son muchos los primos y tíos y sin importar el número del lazo sanguíneo están siempre presentes, hasta en la distancia. A todos tengo mucho que agradecer en mi formación como persona y qué mejor día que hoy, cuando se celebra en el mundo el Día internacional de la familia, y pudiera describirla como uno de esos retratos de familia feliz.

En la escuela, alguna que otra vez, nos consideraron anormales, porque nuestro padres estaban juntos y el predominio eran los divorciados; yo no lo imagino. Muchos pequeños sufren esas separaciones y también en muchos casos se adaptan a la nueva familia y son felices también. Hoy, dile a todos cuanto los amas y no dejes pasar la ocasión, lima las esperezas y piensa en la importancia que tiene cada uno de ellos para ti.

También para la sociedad la familia constituye el núcleo base, es por eso que se instituyó la celebración de esta fecha por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1993.

Este año la efeméride tiene como objetivo promover la igualdad de género y los derechos de los niños en el contexto familiar, así como la reflexión y prevención de la violencia doméstica, a través de leyes y medidas de actuación justas.

Es un deber de todos velar por su salud y buen funcionamiento. ¡Cuídala!