CAMAGÜEY.- Hay ausencias que no se anuncian con silencio, sino con una especie de eco. Como si algo siguiera latiendo en los lugares donde esa persona dejó su huella. Así se siente hoy la partida de Rodrick Dixon Gently: no como un vacío, sino como una presencia que se expande.

La noticia llegó desde Italia, donde residía en los últimos años. Su hija, Yanet Dixon, confirmó su muerte este 27 de marzo tras una breve y extraña enfermedad. Días antes, las redes dejaban entrever la gravedad: muerte cerebral, un cuerpo sostenido para dar vida a otros. Incluso en ese umbral final, Dixon eligió un gesto profundamente humano: donar sus órganos. Dar, hasta el último instante.

Pero en Camagüey —y especialmente en Vertientes— nadie habla primero de su muerte. Se habla de su risa, de su gentileza, de su manera de hacer sentir a cada visitante como parte de algo mayor.

En 2017, su casa en la Calle 11 era ya un territorio singular. Allí, donde había nacido, decidió quedarse cuando otros se marchaban. “No estoy contaminado”, decía con la serenidad de quien ha encontrado su lugar en el mundo. Y lo convirtió en eso: en un mundo.

Su taller era más que un espacio de creación: era un patio abierto. Un lugar donde lo mismo se hacía grabado que se compartía café, donde los niños podían inventar con materiales reciclados y los mayores encontraban una excusa para reunirse. Allí nacieron proyectos, peñas, amistades. Allí se tejió una familia. Porque Dixon entendía la familia de otra manera.

Hay una obra suya, *Amor en familia* (2024), que hoy parece resumirlo todo.En el lienzo, varias figuras se funden en un abrazo sin bordes. No hay separación clara entre los cuerpos: son una misma forma que se sostiene, que se protege. Un rostro inclinado transmite ternura; otro, de tonos verdes y rasgos casi enmascarados, remite a ese universo espiritual que atravesó siempre su obra, poblada de Doopys y memorias ancestrales. Abajo, otras caras emergen como resguardadas por ese abrazo mayor.

El azul que lo envuelve todo es atmósfera. Es ese espacio invisible donde conviven los vivos, los recuerdos y los espíritus. Así era también su manera de estar en el mundo.

Descendiente de jamaicanos, heredero de historias contadas en creole, Dixon llevó a su pintura un imaginario propio, donde lo cotidiano y lo mítico no se oponían, sino que dialogaban. Sus Doopys —esos seres que algunos creen desaparecidos— encontraron en su obra una forma de permanecer. Y en su vida, también.

Porque en su casa cabían todos: vecinos, alumnos, artistas, amigos que llegaban desde lejos tras descubrirlo en internet. Franceses, americanos, curiosos. Él no necesitaba moverse demasiado: el mundo lo encontraba en su patio.

Y sin embargo, viajó. En los últimos años llevó su obra a Europa y compartió desde ciudades como París fragmentos de su proyecto “Doopys en Europa”, como si aquellos espíritus que lo acompañaron desde siempre hubieran decidido cruzar el océano con él.

Hoy, ese patio en Vertientes guarda otra quietud. Pero no está vacío. Está lleno de voces, de anécdotas —como aquellas travesías haciendo botella hasta Camagüey—, de tardes de grabado, de domingos de peña, de platos heredados de sus padres. Está lleno de una comunidad que lo reconoce como suyo.

Porque si algo deja claro Amor en familia es que para Dixon el afecto no tenía límites precisos. Su familia no era solo la de sangre: era esa red amplia, entrañable, profundamente camagüeyana, que hoy lo extraña. Y que, de alguna manera, sigue dentro de su obra. Quizá por eso su partida no logra ser definitiva. Porque hay artistas que se van. Y hay otros —como él— que encuentran la forma de quedarse.

Amor en familia (2024)Amor en familia (2024)

Dixon se queda en sus colores, en sus Doopys, en ese patio donde todavía parece escucharse la risa compartida. Pero también se queda de una manera más tangible y luminosa: latiendo en otros cuerpos, prolongando la vida desde el gesto generoso de donar sus órganos.

Como en sus cuadros, donde nadie queda fuera del abrazo, Rodrick Dixon Gently ha extendido el suyo más allá de la muerte. Y en ese gesto final —profundamente humano, profundamente suyo— también sigue creando.