CAMAGÜEY.- En la página 42 del libro de Geografía Física de séptimo grado, mi hija encuentra una explicación del horario de verano. Aprende que en los países del hemisferio norte se adopta durante determinados meses para aprovechar mejor la luz natural y disminuir el consumo de energía, cuya producción resulta costosa.
La lección habla de la rotación de la Tierra, de la sucesión de los días y las noches, de los husos horarios. Le explica que, como el planeta gira de oeste a este, no amanece al mismo tiempo en todas partes. Que adelantar los relojes no modifica ese movimiento, ni hace que el Sol salga antes.
Hasta ahí, la geografía. Después llega Cuba, que acaba de anunciar que mantendrá el horario de verano hasta noviembre de 2027.
¿Cómo se le explica a una niña la diferencia entre aprovechar mejor la luz solar y adelantar las manecillas del reloj cuando, en su propia casa, los apagones trastocan el sueño, las rutinas familiares y hasta la posibilidad de preparar el uniforme para ir a la escuela?
Durante buena parte del curso pasado, las dificultades llegaron a ser tales que se flexibilizó, en la práctica, la hora de entrada a las aulas. Sin necesidad de una nota informativa para cada caso, se entendía que algunos niños podían llegar hasta las nueve de la mañana. Después de una noche sin corriente, con calor, mosquitos y pocas horas de sueño, levantarse a tiempo podía convertirse en otra carrera de obstáculos. También había que contar con el agua, el desayuno y ese uniforme que no siempre se había podido planchar.
Ahora, una disposición oficial prolonga el horario de verano y contempla ajustes en los horarios escolares y laborales durante determinados meses. Las razones energéticas pueden explicar la medida, pero el reloj no crea electricidad, no garantiza el descanso ni resuelve por sí solo las dificultades que condicionan la vida cotidiana.
Porque una cosa es el horario de verano, concebido para aprovechar mejor determinadas horas de luz natural, y otra, bastante distinta, es vivir en un verano permanente sin que eso signifique más luz en los hogares, más descanso para los niños o más tiempo útil para las familias.
Cuba, un eterno verano, hemos dicho tantas veces, con ese orgullo de isla tropical que nos acompaña. Pero el eslogan adquiere otro sentido cuando el verano deja de evocar playas, vacaciones y tardes luminosas y se parece demasiado a la obligación de adaptarse, una vez más, a lo que falta.
La Tierra continuará girando, ajena a nuestras disposiciones administrativas. Los días y las noches seguirán sucediéndose, y los niños tendrán que aprender que los husos horarios sirven para organizar la hora según la posición geográfica, no para conseguir que amanezca antes ni para resolver los problemas de un país.
Esta puede ser una lección que no aparece en el libro de Geografía: el tiempo también se mide en horas de sueño perdidas, en tareas escolares hechas a oscuras, en uniformes que no pudieron plancharse y en mañanas que empiezan mucho antes de que salga el Sol.
El reloj seguirá marcando la hora oficial. Las familias seguirán haciendo sus cuentas para organizar el día siguiente. Y nosotros, que vivimos en una isla donde el verano parece no terminar nunca, tendremos que preguntarnos cuánto de ese tiempo estamos realmente en condiciones de aprovechar.
Porque el verdadero desafío no consiste en conseguir que Cuba tenga un eterno verano. Consiste en que sus habitantes puedan vivir con un poco más de normalidad, incluso cuando llegue la noche.
