CAMAGÜEY.- Alma fue a un examen sin que nadie fuera a preguntarle nada. No tenía que estudiar, ni repasar contenidos, ni demostrar cuánto sabía. Le bastaba con sentarse en el sillón estomatológico y dejar que Roxana, su residente de ortodoncia, presentara el caso ante un tribunal de tres profesoras. Sin embargo, mi hija también llevaba sus nervios, una pequeña ofrenda tejida y una frase que, por unas horas, pareció tan necesaria como cualquier conocimiento de los libros.
—Vas a salir bien —le dijo a Roxana.
La residente llevaba en el cabello una florecita de crochet, rosada, con el centro amarillo, que Alma había tejido para ella como accesorio de la buena suerte. Hizo otra para la doctora Rose, la profesora de la clínica donde atienden habitualmente a la niña.
Ambas flores nacieron de las habilidades que Alma fue adquiriendo en el taller de verano de crochet. No eran amigurumis, pero cumplían una función más urgente: acompañar a alguien que debía demostrar ante sus maestras lo aprendido durante un año de formación.
Tomé la foto mientras Roxana, inclinada sobre mi hija, le cambiaba las liguitas de los aparatos. Me gusta esa imagen por lo que tiene de cotidiano y por todo lo que no se ve a primera vista: la confianza de una paciente, la responsabilidad de una residente, la tensión de un examen y el cariño que se ha ido construyendo entre ambas.
—Es muy buena onda, es muy agradable —me dice Alma cuando habla de ella.
Roxana ha abierto su historia clínica, hecho el ingreso, medido los problemas que debe atender y seguido pendiente de sus molestias. Incluso ha acudido a la clínica durante sus vacaciones porque la niña necesitaba atención. No es que mi hija haya compartido con ella una larga historia de tratamientos; apenas han comenzado. Pero hay maneras de atender que hacen que una paciente se sienta tenida en cuenta. Alma las reconoce y las agradece a su manera, con dibujos, detalles y palabras de aliento.
Hoy, sin embargo, la buena onda debía convivir con las preguntas del tribunal.
Las profesoras no examinaban a la niña, sino a la residente. Roxana tenía que presentar el caso con la paciente en el sillón, explicar sus decisiones y responder por cada detalle. Las preguntas iban de las mediciones al cálculo, de la observación clínica a la capacidad de anticipar lo que ocurriría con aquellos dientes en tratamiento.
¿Cómo calcular el ancho mesiodistal del canino? ¿Qué diferencia hay entre el diámetro clínico y el radiográfico? ¿Cómo estimar, mediante una regla de tres, la proyección radiográfica del canino? ¿Qué tener en cuenta cuando todavía está presente el diente temporal y qué cambia cuando ya ha erupcionado el permanente?
Yo escuchaba y trataba de seguir el razonamiento.
Allí había una boca que podía observar, pero también una complejidad que no se adivinaba a simple vista: cálculos, conocimientos anatómicos, interpretación de radiografías, decisiones sobre el espacio disponible y la posición que los dientes debían alcanzar en la arcada.
Había que saber lo que estaba ocurriendo y, además, imaginar lo que debía hacerse. Como una arquitecta que estudia el terreno, calcula las dimensiones y traza los planos de una construcción que todavía no existe.
Ya en casa, Alma seguía sorprendida.
—Pero ¿cómo le preguntaban tanto?
Me hizo gracia que fuera mi adolescente quien había intentado calmar a la joven residente y que después regresara con semejante asombro ante la exigencia del examen. No sabemos todavía cómo le habrá ido a Roxana. Sí sabemos que, para formarse como especialista, no basta con conocer los procedimientos ni con tener buena mano. Hay que estudiar, razonar, dominar un lenguaje profesional y asumir la responsabilidad de las decisiones que se toman sobre el cuerpo de otra persona.
Mientras la escuchaba, yo también regresaba a mis propios años de paciente. Porque la clínica a la que nos convocaron no era un lugar cualquiera en mi memoria.
Allí me llevaba mi madre para enderezarme los dientes. Cuando empecé el tratamiento, los profesores principales eran el doctor Puig y la doctora Romero. Comencé con Puig, pero después pasé a Romero, quien terminó acompañándome durante buena parte de aquel proceso.
Por esos años se transmitía una telenovela brasileña con un personaje al que llamaban La bonita de Morumbí. Así empezó a nombrarme la doctora Romero. Y así siguió haciéndolo mucho tiempo después, cuando nos encontrábamos casualmente por la calle, cerca de la casa, camino de Ciencias Médicas o incluso en algún teatro. Yo ya era periodista y ella todavía me reconocía con aquella sonrisa y el apodo que me había puesto cuando era una muchacha con aparatos en los dientes.
Una vez coincidimos en la Sala de Conciertos, donde cantaría su nieta Yaima, del Dúo Dalmau. También guardo ese recuerdo entre los pequeños encuentros que prolongan una relación más allá de la consulta. A veces, la memoria de un servicio de salud no se limita al tratamiento que recibimos: conserva los nombres de quienes nos atendieron, sus maneras de hablar y esos gestos que hicieron más llevadero el tiempo en el sillón.
Pero quien realmente se ocupó de mis dientes durante buena parte del tratamiento fue una residente. Se llamaba Mariela, era de Las Tunas, creo que de Puerto Padre, y recuerdo su cariño tanto como su destreza. Fue ella quien me puso las bandas cuando comencé a usar los aparatos fijos.
Al comparar aquellos procedimientos con los de mi hija, me sorprende cuánto ha cambiado la tecnología. Yo llevé bandas en cada diente, con los arcos sujetos por alambritos finísimos y unas liguitas cuyo cambio todavía recuerdo como una experiencia dolorosa. Ahora los ajustes parecen más rápidos y las liguitas ofrecen una gama de colores que convierte la ortodoncia de los adolescentes en algo parecido a una pequeña colección de arcoíris.
También cambian los materiales, los métodos y los recursos disponibles. Y ahí la comparación entre mi tratamiento y el de Alma deja de ser solamente una curiosidad generacional.
Yo recibí atención gratuita en una clínica que, aun durante aquellos años difíciles del Período Especial, disponía de los materiales necesarios para las distintas etapas de mi tratamiento. Al menos así lo recuerdo: cuando correspondía utilizar algo, estaba allí en el almacén. Hoy, para atender a mi hija, hemos tenido que buscar algunos de los materiales que necesita.
Enderezar los dientes es un tratamiento costoso. No lo es únicamente aquí: los aparatos, los procedimientos y el seguimiento ortodóncico representan un gasto importante para muchas familias en distintas partes del mundo. Por eso, que una niña pudiera acceder a ese servicio sin que el costo recayera directamente sobre el bolsillo de sus padres era una posibilidad valiosa, una de esas conquistas cotidianas cuyo alcance quizá solo se comprende del todo cuando empiezan a faltar las condiciones para sostenerlas.
No quiero convertir la nostalgia en una versión idealizada del pasado. Mi propio tratamiento quedó inconcluso. Entre mis decisiones, la vida de becada y las dificultades para mantener el seguimiento, llegó un día en que dejé de usar los aparatos removibles. Algunos dientes terminaron volviendo sobre sus pasos y no conseguí la sonrisa perfectamente alineada que habría deseado. La responsabilidad también fue mía: un tratamiento necesita constancia y continuidad, además de profesionales preparados y recursos materiales.
Pero precisamente por conocer esa experiencia me preocupa lo que puede perderse cuando escasean los materiales, se dificulta el seguimiento y las familias deben asumir gastos que antes no tenían.
Y me preocupa otra cosa, que quizá resulte menos visible, pero es igualmente importante. Sería muy triste que un día, ojalá no lejano, las clínicas volvieran a estar bien abastecidas y no hubiera suficientes especialistas capaces de aprovechar esos recursos. Los materiales pueden comprarse, los equipos pueden reponerse, pero la formación de un profesional exige años. Hace falta estudiar, practicar bajo supervisión, examinarse, equivocarse dentro de un proceso de aprendizaje y adquirir la experiencia que permite tomar decisiones con seguridad.
Por eso importa tanto que las aulas sigan abiertas, que haya profesores capaces de enseñar y exigir, que los residentes puedan completar su formación y que los pacientes encuentren atención. No basta con preservar los equipos ni con llenar los almacenes. También hay que cuidar los conocimientos, las personas que los transmiten y las condiciones en que una nueva generación aprende a ponerlos en práctica.
Hemos encontrado a estudiantes de años superiores cuya experiencia ya transmite tranquilidad, a profesoras que preguntaban hasta el detalle y a una residente pendiente de la paciente que tenía delante. En medio de las carencias, nos han recibido, han atendido a Alma y han seguido su caso. No es poca cosa. Tampoco debería servir para conformarnos con que las cosas funcionen gracias al esfuerzo extraordinario de quienes trabajan en condiciones difíciles. La vocación sostiene mucho, pero no sustituye los materiales que hacen falta para ejercer una profesión.
La ortodoncia, además, no se aprende solamente en los libros. Los pacientes también participamos de ese proceso. Prestamos nuestra historia clínica, acudimos a las consultas, respondemos a las preguntas y permitimos que los estudiantes, bajo la supervisión de sus profesores, conviertan los conocimientos teóricos en experiencia. No somos objetos de examen: somos personas que confiamos en quienes nos atienden. Esa confianza merece preparación, respeto y responsabilidad.
No sé qué calificación obtuvo Roxana. Sé que hubo preguntas difíciles, una adolescente asombrada y una muchacha que intentó calmar a otra muchacha. Sé que una flor de crochet viajó desde un taller de verano hasta una clínica estomatológica para acompañar una defensa de pase de año.
Y sé que, detrás de esa escena, hay algo que necesitamos cuidar: la posibilidad de que nuestros hijos encuentren profesionales preparados, que la formación no se interrumpa y que los recursos materiales estén a la altura de los conocimientos que se transmiten.
Porque una clínica bien abastecida necesita especialistas que sepan utilizar lo que tiene. Y una buena especialista necesita, además de conocimientos y herramientas, la sensibilidad para inclinarse sobre una niña, escucharla y hacer que se sienta segura.
A veces, esa confianza comienza con una bata blanca, una pregunta difícil y una florecita de la buena suerte prendida en el cabello.
