CAMAGÜEY.-  En la localidad de Los Ángeles, en Vertientes, no se estudia como en la cabecera municipal. Y en la cabecera municipal, no se estudia como en el IPVCE al menos no desde febrero de 2026, a raíz del bloqueo petrolero impuesto por los EE. UU. Allí viven muchachos que no pudieron viajar para recibir sus clases en el preuniversitario. No existió una estrategia - o al menos no se concretó- y, por tanto, hay estudiantes que no recibieron todas sus materias.

Por su parte, en una escuelita rural ubicada en El Ángel, esta vez en Florida, se carece de las herramientas para brindar una enseñanza de calidad a una muchacha que estudia en el IPVCE Máximo Gómez Báez. A ella, que vive en una localidad de menos de 1000 habitantes, solo le queda apoyar los procesos docentes en ese mismo centro educativo.

Hablar de la educación cubana hoy es referirse a una enseñanza que resiste ante la precariedad: la falta de alimentación para mantener una doble jornada, el déficit de profesores que migran hacia las formas de gestión no estatal, o la falta de transporte para mantener centralizadas instituciones de nivel provincial como el Instituto Preuniversitario de Ciencias Exactas (IPVCE), las escuelas politécnicas o Pino III, en el caso de Camagüey.

El curso anterior la crisis energética obligó al país a tomar decisiones drásticas en el sector. La ministra de Educación, Naima Trujillo Barreto, anunciaba a finales de mayo que el curso escolar terminaría del 15 al 30 de junio. Pero seamos realistas, para algunos el curso ya había terminado mucho antes. Hay estudiantes que, por una fatalidad geográfica como la expuesta, no se encontraban dentro de los “favorecidos”. Y hay otros que desde las 10: 00 a.m. ya no tenían nada que hacer y permanecían en sus hogares, o peor aún, en la calle.

Por ejemplo, en el IPVCE Máximo Gómez Báez están los que decidieron- y pudieron- quedarse en casa de algún familiar en Camagüey y garantizar así su continuidad de estudios. Pero también están los que “se hallaron de vacaciones” desde que en febrero se descentralizaron las escuelas provinciales. También se encuentran aquellos que debían recorrer varios kilómetros para acceder a sus centros educativos, una travesía cada día más difícil debido al déficit de combustible.

Lo más triste y preocupante radica en que no siempre existió un control riguroso desde las direcciones municipales para garantizar la continuidad de estudios de todos los educandos. Existen opciones más viables para este escenario pero que requieren del apoyo conjunto: concentrados semanales en los municipios con los estudiantes que viven en localidades aisladas o la preparación de documentos con indicaciones que permitieran el autoestudio de los mismos.

Pensar en una educación a distancia cuando la infraestructura no lo permite es una utopía. De igual forma, cerrar las notas y otorgar el certificado de culminación de un año académico que solo se recibió hasta la mitad representa cuando menos un engaño. Los mismos muchachos lo reconocen: algunos ni siquiera recibieron todas las clases y el rigor fue menor a partir de la descentralización de las escuelas provinciales.

Por otra parte, hace unos meses leía un post en Facebook que expresaba una clara inconformidad: no es justo decidir el acceso a la Universidad solo por escalafón, basándose en el índice académico de los tres años. Las familias manifiestan desconfianza con respecto a la transparencia en las instituciones de educación y, siendo realistas, el rigor no siempre es el mismo. La preocupación es legítima. Tampoco parecería justo aplicar un examen en igualdad de condiciones a estudiantes de zonas rurales que no han tenido las mismas oportunidades de preparación en los últimos meses.

Ciertamente no es un problema reciente. El acceso a la educación superior arrastra fracturas desde hace años. Aunque la oferta de plazas supera el número de aspirantes- lo que facilitaría el ingreso-, se requiere pensar en modalidades que preserven el rigor académico. La Copa Ignacio Agramonte, organizada por la Universidad de Camagüey, apunta hacia un camino más justo; los propios profesores universitarios han comprobado que quienes ingresan por esta vía mantienen mayor nivel académico y permanencia. Actualmente parece la opción más razonable: aplicar una prueba afín a la carrera deseada (como Matemática para las ingenierías).

La realidad de la enseñanza en el país cada día es más compleja. Lo advertía Anne Lemaistre, directora de la Oficina Regional UNESCO en La Habana: “La educación en Cuba está en riesgo debido a la actual crisis energética. Esto dificulta que docentes y estudiantes asistan a clases, aprendan eficazmente y disfruten de una vida social normal con sus amigos. Pone en peligro el futuro de toda una generación, con consecuencias a largo plazo. Su futuro debe protegerse por el bien de todos”.

Para este nuevo curso, a diferencia del anterior, se abre la posibilidad de una mejor preparación a los docentes y las estructuras municipales ante escenarios complejos. No se puede esperar una mejoría inmediata, sino adecuar los procesos al momento que vivimos. La educación en Cuba preocupa, quizás más que cualquier proceso social. Al final lo que hoy se está sembrando en las escuelas es el país que tendremos durante los próximos 60 años.