La presencia de este arte nipón en Cuba comenzó por las salas de cine con cintas y series dedicadas al público infantil: Mazinger-Z, La historia de un osito panda, entre otros. Y aunque con décadas de retraso, en la televisión cubana han desfilado series como Ángel, la niña de las flores, Heidi y otros más recientes como Yu-Gi-Oh y Kiki, entregas a domicilio, del reconocido director, dibujante y productor Hayao Miyasaki.
De este artista japonés también es el filme La Princesa Mononoke, una de las primeras incursiones en las pantallas cubanas del anime destinada a un público mayor de siete años. Otras piezas reconocidas de Miyasaki como El viaje de Chihiro, de un amplio margen etáreo, también han sido exhibidas en nuestra televisión. Pero, como bien dice una expresión popular cubana: "cuida'o' con el perro que muerde calla'o'".
Sí, no todo el universo del anime es adecuado para una divulgación extensiva en cualquier sociedad que trabaje por un mundo alejado del montón de parafilias características en algunos géneros de los animados japoneses. Hoy las vertientes temáticas varían desde la cotidianidad y el discurso político hasta el deporte y el sexo.
Series como Dragon Ball y Sailor Moon, transmitidas también en Cuba, se han distribuido en países de Europa y América Latina tras un proceso "depurador" para suprimir escenas eróticas muy explícitas y manipulaciones en los doblajes con voces femeninas en personajes masculinos.
Sí, también en Europa quitaron las alusiones sexuales y la violencia, y lo pongo de ejemplo para que nadie interprete esta edición como mera censura cubana o puritanismo socialista de los cubanos.
Los rasgos occidentales de los personajes, adquiridos en Japón y reflejados en las animaciones después de la Primera Guerra Mundial, y la diversidad genérica del anime hacen que éste sea no solo una forma de arte tecnológico, sino un producto de entretenimiento comercial y fenómeno cultural en masas populares, muy ligado, en algunos casos, al carácter consumista propio de la ideología posmoderna del capitalismo en su más honda crisis sistémica.
No se trata de estigmatizar al anime, sino de seleccionar lo mejor de él, pues este arte japonés tiene innegable calidad, y aunque no carece de frivolidades, las posee en menor medida de las cada vez menos hegemónicas producciones de Disney.
Para diversificar las maneras de hacer y decir este arte nipón se nutrió de disímiles culturas occidentales, y así enriqueció la dramaturgia, las temáticas y hasta el dibujo.
Además, gracias también al anime la milenaria cultura japonesa trascendió de manera global y mostró en todas las latitudes sus grandes enseñanzas filosóficas, culinarias, artísticas... En Cuba, al menos, nadie cuestiona la amplia aceptación del anime.
Recuerdo cómo en la universidad muchos de mis colegas se apuraban con las tareas docentes para dedicarles noches y hasta madrugadas a ver series como Naruto o Bleach.
Pero el impacto del anime y el manga en Cuba no solo atañe a la mera expectación. Las huellas estéticas de estos artes japoneses se perciben en varios animadores y caricaturistas de la Isla, e incluso en realizadores de videos clips y de televisión que han incorporado peculiaridades estilísticas propias de la nipo-animación como las distintivas piernas alargadas o los grandes ojos.
Los realizadores cubanos también usan técnicas surgidas en los orígenes del anime que abaratan el proceso y no laceran el resultado final, como los movimientos de la cámara que descubre detalles de los personajes o que se aleja del objeto y revela algo nuevo al espectador.
El anime japonés tributa frescura a los animados cubanos porque enriquece concepciones estéticas sin dañar la intencionalidad educativa evidente en dibujos nacidos en los estudios del Instituto Cubano de Radio y Televisión y el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica como El frijol viajero, La gotica de agua, Nené Traviesa, entre otros.
Aunque escasa en comparación con los dedicados a niños, existen producciones de animados dirigidos a adultos con la impronta del anime como Quietud interrumpida, de Alex Rodríguez, realizado en el 2007.
Los avances artísticos del dibujo nipón crecen por año y con esto es suficiente para no serles indiferentes, pero sí para adquirir cada vez mayor cultura sobre estos productos con el fin de recepcionar sus mejores discursos porque, sin dudas, es un fenómeno de sólidas raíces entre nosotros. Ojo precavido, vale por dos.
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