CAMAGÜEY.- En los límites de Santa Cruz del Sur y Najasa se encuentra el poblado rural Flor de Mayo.47 kilómetros de carretera incómoda y peligrosa lo separan de Camagüey. Allí, los días pueden medirse por los cultivos o el ciclo de la lluvia. Y allí, quizás, los días pasaban más lentos para el niño que soñaba ser médico y que tenía que recorrer ocho kilómetros para llegar a su secundaria básica en la Jagua.
Casi 30 años más tarde, Rolando Rodríguez Puga, ya le ha contado al mundo más de 100 verdades científicas. Lo ha hecho enseñándoles a todos que el talento no entiende de códigos postales, sino de sacrificio y empeño.
Hoy se puede decir que cumplió su sueño, que se convirtió en un buen médico o que es respetado en el Hospital Pediátrico Ignacio Agramonte Piña donde actualmente trabaja. Pero contarlo así, como puro triunfalismo, también sería minimizar o ignorar todas las inconvenientes que tuvo el niño de campo que siempre eligió la medicina aún sin conocerla.
"Realmente para los estudiantes de mi localidad había una Escuela Secundaria Básica en el Campo (ESBEC), pero yo no quería becarme. Entonces debía viajar todos los días hasta la Jagua. El transporte no estaba tan malo como ahora y ya los choferes de algunas guaguas me conocían y recogían.
“Recuerdo que en mi escuela, ya en noveno grado, separaron a los mejores estudiantes en un grupo para priorizar la preparación a las pruebas de ingreso del IPVCE y el preuniversitario pedagógico, y me seleccionaron”.
La falta de formación vocacional, que se evidencia sobre todo en comunidades rurales, unido al desconocimiento hicieron que Rolando se decidiera por la escuela pedagógica sin saber que luego debía optar por carreras afines. “Me dijeron que el pre-pedagógico era casi lo mismo que la Vocacional. Mis padres tampoco se preocuparon al respecto y yo me creí el cuento. Allí cursé mis estudios preuniversitarios siempre pensado que iba a ser médico.
“Cuando me doy cuenta en onceno que solo podía optar por carreras pedagógicas dije rotundamente que no iba a seguir, que debía irme para otro pre y pedir Medicina. Pero imagínate, con la falta de maestros existente desde entonces fue una pelea para que me dieran el traslado para un pre en Sierra de Cubitas.
“En ese momento pertenecíamos a una brigada pedagógica e impartíamos clases desde décimo, en mi caso de Español- Literatura y Biología. Ya contaban conmigo para que fuera el profesor una vez me graduara. Tuvo que acompañarme mi tía que trabajaba en el Hospital Materno para arreglar el asunto”.
Rolando ganó esa primera batalla y en el fin de semana siguiente entró a Sola 13, donde se encontraban los muchachos de Santa Cruz. Como él mismo lo cuenta, de no lograrlo habría significado mandar a un niño para la casa sin estudiar y perder a un futuro profesional.
“Hoy agradezco toda la confusión y la falta de orientación. En la escuela pedagógica había maestros muy buenos y los planes de estudios aparte de las asignaturas propias del programa para preuniversitario incluían preparación cultural complementaria y pedagógica y práctica sistemática”.
Rolando se graduó de médico en el año 2012, en una etapa aún marcada por el rigor para entrar en la Universidad. Primeramente, realizó las pruebas de aptitud para la carrera, y recuerda como si fuera hoy que le preguntaron sobre los adelantos de la ciencia a nivel de país y de personalidades cubanas destacadas en esta rama. Y a él que no le significaba ningún esfuerzo leer sobre el mundo y la historia de la medicina le pareció muy fácil.
“Luego tuve que hacer las pruebas de ingreso. Fue un año en que los exámenes salieron muy difíciles. La prueba de matemáticas fue muy dura, de hecho, pensaron hasta repetirla, pero yo aprobé. En la prueba de Biología fui la nota más alta de Sierra de Cubitas. Era casi imposible que alguien de Sola cogiera la carrera, pero fui el cuarto de las seis plazas que habían entrado”.
Su año de servicio militar, cuando fue ubicado en una unidad militar antivectorial, también significó aprendizaje. Allí, en La Habana, realizaba el autofocal y por su buen desempeño pertenecía a una compañía de recontrol. “Aprendí mucho de lo que luego di en la carrera. Me empecé a motivar con las muestras de las larvas que se tomaban. Luego pasé un curso de Entomología y ya era quien diagnosticaba las muestras. Por ello, obtuve la baja por estímulo antes. Hasta le enviaron una carta a mi papá reconociendo mi labor”.
Para Rolando, como para otros, no significó un año de pérdida, sino que supo aprovecharlo en lo que luego, si bien no realiza trabajo de campo, tendría que saber como parte de su especialidad, Higiene y Epidemiología.
Desde su etapa como estudiante de la Universidad de Ciencias Médicas Carlos J. Finlay ya mostraba ganas de superarse, por eso convalidó algunas asignaturas y participó en eventos científicos estudiantiles a través de ponencias. Pero no fue hasta su graduación que se interesó un poco más por el mundo de la investigación.
“Muchas veces estoy viendo cómo descargo un artículo científico que necesito. A veces no lo logro y anoto para buscarlo cuando tengamos corriente en casa. Es muy difícil investigar en Cuba, en las condiciones actuales, pero hay que buscar estrategias. No podemos detenernos porque el mundo no lo hace y la vida continúa”.
Este médico apasionado ha intentando vincular parte de su vida cotidiana en el hospital con la investigación, “sacándole provecho” a toda la información a la que tiene acceso. Aunque una vez graduado pasó el internado verticalizado en terapia intensiva luego se hizo especialista de primer grado en Higiene y Epidemiología, y si bien ha cumplido misiones internacionalistas en los países de Venezuela y Bolivia reconoce que sus inicios en el Hospital Pediátrico, cuando aún cursaba la especialidad, fueron muy difíciles porque también comenzaba la COVID- 19.
“Toda la gestión frente al virus la hicimos nosotros. Adecuamos protocolos a las condiciones hospitalarias del lugar aquí. Se creó un puesto de mando donde hacíamos guardia 24 horas por 72. Llevábamos en una pizarra, con una tiza, la disponibilidad de cama minuto a minuto. No dormíamos en toda la noche, debíamos tener el control exacto porque estaban remitiendo niños desde todos los municipios. Fue un proceso muy complejo que nos hizo crecernos. De esa etapa también surgieron trabajos y ponencias".
“Es que una de las funciones del epidemiólogo es la investigación. Al estar en contacto con tantas bases de datos y llevando tanta información, pensé que tenía mucho contenido para comenzar a trabajar. Fui buscando el aporte científico de todo lo que tenía a mi alcance. También me categoricé como profesor instructor y me motivé a partir de la docencia.
“Actualmente tengo más de 160 publicaciones en revistas nacionales, internacionales, en idioma español e inglés, una gran parte de esos artículos en revistas de Scopus y Scielo, es decir, que tienen una indexación muy buena. Y por supuesto, he tenido mayor visibilidad desde el punto de vista investigativo”.
No obstante, aún no llega a creerse su incorporación a la Sociedad de Honor Sigma XI, de origen estadounidense y que promueve la investigación de alto rigor, precisamente porque el proceso no es tan sencillo. Para pertenecer a la misma- explica Rolando- debes ser nominado por dos miembros titulares al mismo tiempo.
“Yo digo que quizás no me lo merecía. Pero dos miembros coincidieron, un chino y un estadounidense. Quizás vieron potencial en mí. Pero fue una sorpresa, estuve leyendo y hasta Albert Einstein perteneció a la Sociedad. Imagina el orgullo.
“Así mismo me ocurrió con la Asociación Médica Mundial. Cuando me percaté estaba propuesto para integrarla, además de ser miembro numeral del Consejo Mundial de Académicos e Investigadores, en el capítulo Cuba. Realmente es muy bueno poder establecer contacto con personas de diferentes partes del mundo. Es decir, se crea una red académica donde interactúan profesionales. Lo que nosotros no tenemos, lo tienen ellos y vamos aprendiendo”.
Aunque él no lo crea del todo, Rolando es un científico. Quizás no luzca como se encuentra representado este término en el imaginario popular y hasta hoy le agradece a Dios por conspirar para que fuera médico. Notiene grandes computadoras ni conexión todo el tiempo y no trabaja en un lugar totalmente modernizado, sino en un hospital humilde y que resiste ante la precariedad. A veces solo tiene tres horas de corriente, como casi todos, pero busca e investiga.
Hacerlo así, en esas condiciones, es un relato no solo de inteligencia, sino de sacrificios, empeño y hasta terquedad. Sí, la terquedad de hacer ciencia cuando apenas existe el tiempo para cocinar o lavar. Pero así lo aprendió, quizás en su pueblo natal, dando clases con solo 16 años o intentando cumplir su sueño de ser médico cuando el mundo parecía ir en contra de eso.
A veces el camino entre Flor de Mayo y un artículo en una revista científica indexada en Scopus es tan largo que, al llegar, uno no pertenece del todo a ninguno de los dos sitios. Mientras él lucha contra limitaciones constantes y propone protocolos médicos en el hospital, en su pueblo natal solo queda su padre, como un guardián de la memoria de aquel niño que cambió el campo por una computadora y algo de conexión para escribir un artículo científico.
