Hay días en que una siente que el mundo entero es una rama partida. Abro el teléfono y leo sobre el ataque, veo las fotos de tantas niñas muertas, y me pregunto qué clase de lección de Ciencias Naturales podría explicar semejante desastre. Aquí, en Camagüey, la vida tampoco es sencilla.

 Y, sin embargo, en el patio de la casa, sobrevive una ramita de orégano. Mi madre la sembró. Era apenas un gajo, un pedacito verde con vocación de milagro. Lo regaba con una tacita desportillada y le hablaba bajito, como si el orégano necesitara palabras además de agua.

 Un día, en medio de una bronca nocturna entre gatos —esas guerras felinas que nadie declara pero todos oyen—, la maceta amaneció ladeada y la ramita, partida.

 Pero Mami, que tiene fe en las cosas pequeñas, puso el tallo en un vaso con agua. “Vamos a ver”, dijo. Y vimos. A los pocos días, del extremo herido empezaron a salirle raíces finas, transparentes, como hilitos de esperanza.

Mi hija estaba, casualmente, estudiando las raíces en Ciencias Naturales. Le habían orientado recolectar algunas, observarlas, clasificarlas. Así que andaba por la casa hablando de raíces como quien habla de tesoros.

 —Las raíces sujetan la planta y absorben agua y sales minerales —me repetía. Pero también sirven para que vuelva a crecer.

 Yo pensé que eso último no venía exactamente en el libro.

Después vinieron las hojas. Tenía que mencionar hojas que sirven de alimento: lechuga, espinaca, moringa… Hojas que sostienen cuerpos. Hojas que entran en la economía: el tabaco, tan nuestro; la palma que se vuelve techo y sombrero. Hojas que curan: sábila para las quemaduras, manzanilla para el dolor de estómago, tilo para los nervios.

 —Las plantas son los pulmones del planeta, Mamá —me dijo muy seria—, porque toman dióxido de carbono y liberan oxígeno.

 Yo la escuchaba y pensaba que, si eso es cierto, necesitamos más plantas. Más pulmones. Más oréganos tercos que decidan echar raíces justo por la herida.

 Hace poco tuvo que dibujar las partes de una flor: pétalos, estambres, pistilo.

 En medio de tanto caos —el del mundo grande y el de nuestro pequeño país— mi hija estudia cómo se reproducen las plantas. Aprende que una rama puede partirse y, aun así, encontrar la manera de empezar otra vez.

 Cuando sembramos de nuevo el orégano, ya con sus raíces diminutas, lo hicimos con cuidado. Tal vez esa sea también la tarea para nosotros: cuidarnos, no maltratarnos, no arrancarnos la esperanza aunque el mundo parezca empeñado en lo contrario.

Porque a veces todo se reduce a eso: a una rama dañada que decide echar raíces.

 Y a una niña de sexto grado que me da la clase más importante del día.