CAMAGÜEY.-Durante más de veinte años, Eloy Almaguer Pomares ha trabajado en el sector cultural en Camagüey. No es un nombre habitual en carteles ni titulares, pero su trayectoria atraviesa festivales, compañías, instituciones y proyectos que han sostenido, en distintas etapas, la vida cultural de la ciudad.

 Sus inicios no estuvieron en el teatro ni en la danza, sino en la empresa del Libro. Allí, como gestor comercial, tuvo su primer contacto con la dimensión organizativa de los eventos culturales. Recuerda las ferias del libro en la Plaza San Juan de Dios como uno de esos espacios donde empezó a entender la magnitud del engranaje: “ahí se involucraba toda la parte artística de la provincia, nacional e internacional”.

 Más tarde, su paso por la Asociación Hermanos Saíz marcaría un giro. En ese entorno —todavía con limitaciones materiales, pero con una fuerte efervescencia creativa— comenzó a comprender los procesos culturales desde dentro. “Ahí me hice productor, relacionista público, un funcionario de la Cultura que atendía los proyectos”, dice. No lo define como una decisión puntual, sino como un proceso: ir ocupando funciones, aprender en la práctica, moverse dentro de un sistema que exige versatilidad.

 Esa lógica de aprendizaje constante se refleja también en su formación. A los estudios técnicos en informática se suman cursos de producción, mecánica teatral, luces, sonido, promoción y programación cultural. Pero más que los certificados, insiste en la experiencia directa: festivales de teatro, montajes complejos, intercambio con equipos técnicos y artistas. “La parte técnica y la parte artística se unían y tenías que aprender”, resume.

 Durante años trabajó en el Consejo Provincial de las Artes Escénicas, vinculado al desarrollo artístico. Allí participó en la producción de festivales y en la atención a agrupaciones y figuras del teatro camagüeyano. Habla de ese período como una escuela: largos eventos, múltiples funciones, la necesidad de resolver con lo disponible. “En ese reinvento es que uno aprende”, dice.

 Su recorrido no ha sido lineal. Ha pasado por el circo, la danza, proyectos comunitarios, la producción audiovisual y la gestión institucional. En ese tránsito, su trabajo ha oscilado entre lo cotidiano —la logística, la coordinación, el montaje— y eventos de mayor escala. Entre estos últimos recuerda la gala cultural por la beatificación del Padre Olallo Valdés, en 2008, en la Plaza San Juan de Dios, donde asumió la producción general y la jefatura técnica. Fue un evento de alcance internacional, con una alta complejidad organizativa, que sintetiza esa capacidad de moverse entre distintos niveles de exigencia.

 Uno de los procesos más extensos y demandantes en los que ha participado fue la película El Mayor, dirigida por Rigoberto López. Como productor de casting en Camagüey, trabajó durante cerca de dos años en la selección y organización de un elenco amplio, que incluía actores profesionales y figuración. El proyecto implicó reconstruir una época, coordinar locaciones, manejar grandes grupos de personas y ajustarse a los estándares técnicos de una producción que —recuerda— se filmaba en 4K. “Saberlos llevar a escena, lidiar… una película no es fácil”, resume. Más que un episodio puntual, lo describe como una experiencia formativa.

 También aparecen momentos más personales, como su vínculo con el bailarín Carlos Acosta durante una gira nacional en 2009. La relación profesional derivó, tiempo después, en una invitación directa para asistir a una función del Royal Ballet en el Gran Teatro de La Habana. Eloy lo cuenta sin énfasis, casi como una anécdota, pero el gesto revela un tipo de reconocimiento que no siempre queda registrado en los currículos.

 En paralelo, ha asumido responsabilidades institucionales. Fue director de la galería Alejo Carpentier durante más de siete años, etapa en la que —según cuenta— encontró el espacio cerrado y logró reactivarlo con una programación estable y mejores condiciones técnicas. También dirigió la Unidad Presupuestada de Cultura en un momento especialmente complejo: el inicio de la pandemia de Covid-19. “El productor debe saber de economía”, afirma, al explicar cómo esa experiencia lo obligó a articular lo artístico con lo administrativo.

Actualmente se desempeña como productor en el Ballet de Camagüey, una de las compañías más activas del país. Allí ha trabajado en la producción de espectáculos como Cascanueces y Drácula, montajes de gran formato que implican coordinación técnica, logística y artística. A esto se suman giras internacionales recientes, donde el trabajo de producción comienza mucho antes de la salida del país: “hacerlo todo en Camagüey, en Cuba primero, para después sacarlo al plano internacional”, explica.

 Esa combinación de funciones revela una figura poco reconocida: la del trabajador cultural que articula procesos. En el contexto cubano, sin embargo, ese rol suele estar desdibujado. “Aquí se piensa que un productor está para servir café o poner sillas”, comenta. La frase no busca desestimar esas tareas, sino señalar una percepción limitada de un trabajo que implica planificación, mediación y toma de decisiones.

 En su experiencia, el productor se mueve en una zona de tensiones. Por un lado, la necesidad de responder a estructuras administrativas; por otro, las demandas de la creación artística. “Hoy casi siempre el administrativo toma las decisiones y es el traste que da con la creación artística”, dice. Para él, la clave está en el sentido de pertenencia y en la capacidad de proyectar.

Eloy junto a Gregorio Márquez director del Teatro Principal y el teatrista Freddys NuñezEloy junto a Gregorio Márquez director del Teatro Principal y el teatrista Freddys Nuñez

 A lo largo de los años ha acumulado experiencias diversas: giras con el Circo Areíto por municipios donde ya no existían carpas, el acompañamiento a proyectos emergentes como Rumbatá en sus primeras etapas, o la participación en festivales de teatro y cine. No los presenta como hitos personales, sino como parte de un aprendizaje continuo.

 Hay, sin embargo, un deseo que permanece. Después de haber transitado por múltiples formatos, Eloy imagina una gran producción escénica, “tipo Broadway”, pensada desde y para Camagüey. No lo plantea como una aspiración grandilocuente, sino como una posibilidad que depende de condiciones concretas: tecnología, diseño, inversión y, sobre todo, visión.

 Su historia, más que una excepción, parece condensar una forma de trabajo. Una que se construye en la práctica, en la acumulación de saberes diversos y en la disposición a ocupar distintos lugares dentro de un mismo sistema. Una que rara vez se cuenta, pero que resulta indispensable para que la cultura, simplemente, ocurra.

 Eloy entrega reconocimiento al pintor Lorenzo Lnares durante la pandemia.Eloy entrega reconocimiento al pintor Lorenzo Lnares durante la pandemia.