CAMAGÜEY.- Entré al ensayo de El peso de una isla tres días antes del estreno. El Teatro Avellaneda estaba sin electricidad. La escena se sostenía apenas con la luz natural que entraba por un lateral y con algunas linternas dispersas que recortaban los cuerpos en movimiento. No había diseño de luces —aunque el de Freddys Núñez Estenoz ya existía en papel—, pero había algo más importante: la esencia desnuda del teatro, esa zona donde el gesto, la palabra y la respiración son suficientes.

En esa penumbra improvisada se revelaba también otra cosa: el trabajo sostenido de Leonardo Leyva como director y pedagogo. El peso de una isla, asumido por los estudiantes de tercer año de Actuación de la Academia Vicentina de la Torre, no es solo el estreno dentro de la Jornada Villanueva en Camagüey. Es el resultado de un proceso de formación que, de un año a otro, de una puesta a otra, se vuelve más preciso, más exigente y más consciente. Este ejercicio de la asignatura de Teatro en versos, anda atravesado por lo mejor de la tradición teatral y poética cubana, a partir de Perla marina, de Abilio Estévez.

La obra, con puesta en escena y dramaturgia de Leyva, tendrá funciones los días 23, 24, 25, 29, 30 y 31 de enero, a las 9:00 p.m., en el Teatro Avellaneda. Propone una mirada simbólica a la condición insular cubana y a los procesos de conformación de la identidad nacional. No se articula desde un relato histórico lineal, sino desde imágenes, acciones y situaciones que evocan el nacimiento de la Isla, su diversidad cultural, sus tensiones internas y su diálogo permanente con el mar como frontera y horizonte. A través de la música, la poesía y el trabajo corporal, los jóvenes intérpretes construyen un universo donde confluyen geografía, memoria e imaginarios que han modelado la experiencia cubana.

Por eso la puesta no se construye desde el grito ni desde el exceso. Leyva ha elegido otro camino: el de la contención, la pulcritud, casi el del réquiem. No para negar el dolor, sino para no repetirlo de manera banal. “Ya hay demasiadas angustias, despedidas, partidas”, dice, y lo que se percibe en escena es justamente eso: una voluntad de transformar la herida en canto, en imagen, en gesto esencial.

Leyva asume este ejercicio como un territorio de riesgo. Hablar de Cuba —ha dicho— exige cuidado, sobre todo cuando quienes lo hacen son adolescentes que viven a flor de piel la fragilidad, las despedidas y las incertidumbres del país. La formación aquí no pasa solo por aprender a actuar, sino por reconocerse dentro de una cubanía compleja, hecha de dolores, pero también de poesía, música y memoria cultural.

El espectáculo se estructura a partir de una galería de personajes simbólicos —Filemón Uztariz, Tato el alegre, Ñico el irreverente, Mercedes la inconforme y la Virgen de la Caridad del Cobre, La Reina, Casandra la ciega y Juana la ingenua— que encarnan distintas zonas del pensamiento, la espiritualidad, el humor, la inconformidad y la fragilidad humana dentro del paisaje de la Isla. Cada uno funciona como fragmento de una sicología colectiva, de una identidad que oscila entre el deseo de partir y la imposibilidad de desprenderse del todo.

Los estudiantes no están representando una Cuba anecdótica ni realista. Están atravesando una Cuba simbólica, hecha de textos, músicas, fragmentos de memoria cultural: Fornaris, La Avellaneda, Martí, el diario de Cristóbal Colón, Luis Carbonell, Celia Cruz, La Guantanamera. No como cita decorativa, sino como un tejido que los conecta con una cubanía que muchos no conocían y que ahora deben encarnar. La formación, aquí, no pasa solo por la técnica actoral, sino por una pedagogía del reconocimiento: amar lo que se es, incluso cuando duele.

La base dramatúrgica —Perla marina, de Abilio Estévez— acentúa esta deriva. No es una obra de progresión dramática ni de conflicto clásico: es una constelación de voces, de estados, de figuras que no avanzan hacia una resolución, sino que se diluyen, como se diluye tantas veces la experiencia cubana en una espera perpetua. Estévez lo dijo: esto no es una obra de teatro, es un acto de fe. Leyva recoge esa idea y la traslada al aula, al ensayo, al escenario: trabajar con estos jóvenes en este contexto también es un acto de fe.

La simbología escénica —el barco de papel, las maletas, el mar, la sombrilla contra el sol aplastante, la máscara blanca que circula de un cuerpo a otro— no ilustra, sino que condensa. Son signos que remiten a la infancia, al viaje, a la intemperie, a la identidad como juego y como trampa. En manos de los estudiantes, esos objetos se vuelven herramientas para pensar(se), para tantear una sicología colectiva donde cada personaje es una faceta del mismo cuerpo insular.

Pero quizá lo más revelador no está solo en lo que se ve, sino en cómo se produce. Leyva insiste en que no dirige actores: dirige estudiantes. Y en esa frontera borrosa entre profesor y director ocurre algo poco común. No se trata de cumplir un programa docente ni de montar un espectáculo “correcto”, sino de abrir un espacio de transgresión, donde los jóvenes puedan enfrentarse a un teatro que no da respuestas fáciles y a un país que tampoco las da.

Estrenar dentro de la Jornada Villanueva no es un detalle menor. Significa que estos cuerpos en formación ocupan el centro de un acontecimiento fundacional del teatro cubano. En un contexto de precariedad, enfermedades, cierres y dificultades materiales, lo que sostiene el proceso no es la infraestructura, sino el rigor y la pasión. “Los médicos se forman en los hospitales”, dice Leyva. Los actores, frente al público.

Lo que vi —durante un ensayo de una hora— no fue un simple ejercicio académico. Fue un grupo de adolescentes enfrentándose, con rigor y sensibilidad, a una materia compleja: la Isla como herida, como memoria y como destino.

El peso de una isla no pretende definir qué es Cuba. Lo que hace es algo más honesto y más difícil: crear un espacio donde esa pregunta pueda respirarse, dolerse y cantarse a través de cuerpos jóvenes que cargan, quizá sin saberlo del todo, el peso —y también la belleza— de una isla entera.