CAMAGÜEY.- En Camagüey, muchos conocen a Maribel Vidal Cervantes por el tejido. Sus manos llevan años convirtiendo el hilo en artesanía. Menos visible ha sido otra labor, igualmente silenciosa y paciente: la de escribir. Mientras consolidaba su prestigio como artesana, Maribel asistía a talleres literarios, sometía sus textos al juicio de escritores más experimentados, corregía, reescribía y volvía a empezar. No hay en ella la prisa de quien publica para existir, sino la perseverancia de quien entiende la escritura como un oficio.
Por eso Después del ras de mar y otros relatos (Tinta Mestiza Editions, Orlando, 2026), aparecido hace apenas unos días, no representa una irrupción inesperada, sino la cristalización de un camino largo. Antes estuvieron los talleres, desde que entró al Rubén Martínez Villena que fundó como Juan Ramírez Pellerano; la asesoría de escritores como Eliécer Fernández Diéguez y Benito Estrada; la obtención del Premio de la Ciudad con una obra de poesía escrita junto a Evelin Queipo, Un niño llamado Chusette; la inclusión de Imágenes en la noticia en la antología La irreverencia y otros cuentos, del Concurso Nacional de Minicuentos El Dinosaurio 2004; y, mientras tanto, una novela que la autora comenzó hace alrededor de doce años y solo recientemente dio por concluida. Esa trayectoria habla de una vocación que no ha dependido de la visibilidad, sino de la constancia.
En un panorama editorial donde muchas veces predominan las urgencias, resulta reconfortante encontrarse con un libro que revela años de maduración. Sus once relatos —acompañados por las ilustraciones de Eiter Alfonso Casado López— no parecen reunidos por azar. Aunque recorren registros distintos, desde el cuento fantástico hasta el minicuento o la narración de aliento psicológico, terminan conformando un universo reconocible, sostenido por símbolos, obsesiones y preguntas que reaparecen una y otra vez.
La primera de esas claves está ya en la dedicatoria: Para mi abuela Lucrecia, que me enseñó a mirar las luciérnagas.
Durante la lectura, otro detalle llama la atención: en cada ilustración aparece, de manera insistente, el nombre Lucrecia. No funciona como una simple marca gráfica. Es una presencia. Al preguntarle por eso, la autora revela una historia profundamente conmovedora. Lucrecia fue la abuela paterna que la crio. Apenas sabía escribir su nombre, pero dedicó su vida a criarla y constituye, según la propia escritora, el origen de cuanto ha llegado a ser. Tanto es así que Maribel utiliza Lucrecia como seudónimo literario, en un gesto de gratitud que atraviesa el libro entero. Esa revelación resignifica el poema final:
…una vez,
Lucrecia estuvo aquí y era la reina de mi universo,
hoy no está,
ahora es mi universo…
Entonces también adquieren un nuevo significado las luciérnagas del primer relato. La luz deja de ser solamente un recurso poético para convertirse en una metáfora de la herencia afectiva que sostiene toda la escritura.
El cuento inicial, De vuelta a casa, establece desde las primeras páginas uno de los símbolos más hermosos del volumen. Mientras las luciérnagas iluminan a todos, el niño permanece intacto porque “tenía su propia luminosidad”. Esa imagen no solo abre el libro; también anticipa uno de sus grandes temas: la infancia como territorio de una pureza amenazada por un mundo que, casi siempre, termina imponiendo la pérdida.

No es casual que, de una forma u otra, aparezca un niño en casi todos los relatos. A veces ocupa el centro de la acción; otras apenas asoma como una presencia secundaria. Sin embargo, siempre constituye el punto moral desde el cual se mide la violencia de los adultos. Maribel Vidal no escribe simplemente sobre niños. Escribe sobre aquello que la infancia revela del mundo.
Tampoco es casual la reiterada presencia de personajes femeninos. Restauradoras de patrimonio, madres, amantes, muchachas enamoradas, ancianas, mujeres perseguidas o incomprendidas recorren estas páginas sin responder nunca a un modelo único. Más que reivindicar un discurso, la autora parece interesada en explorar la experiencia humana desde personajes situados frente a decisiones extremas.
Quizá por eso el verdadero hilo conductor del libro no sea la guerra, ni la maternidad, ni la infancia, sino la fragilidad de la inocencia frente a las distintas formas del poder.
Ese poder adopta múltiples rostros. Es el padre que destruye a su hijo en “La silla”. Es el aparato militar que convierte el amor en sospecha en “Plagio de Eva”. Es la guerra que persigue a las madres en “Tríptico”. Es el desastre que transforma el paisaje humano en “Después del ras del mar”. Es incluso la irrupción inesperada de un tanque que atraviesa la pantalla de un televisor en “Imágenes en la noticia”, demostrando que ningún espacio doméstico permanece completamente a salvo de la violencia del mundo.
Entre todos los relatos, el que da título al libro constituye uno de los momentos más logrados. En un escenario devastado tras una tragedia colectiva, la autora evita el exceso descriptivo y apuesta por la sugerencia. El desenlace, con aquellas mujeres desnudas de larguísimo cabello encontradas junto a una cerca en medio de la desolación, posee una intensidad visual que permanece en la memoria mucho después de terminada la lectura. Hay en ese cuento un equilibrio notable entre atmósfera, ritmo y capacidad evocadora.
Otro de los textos mayores es “La silla”, quizás el más perturbador del conjunto. Su tema —el abuso sexual infantil y la reproducción de la violencia— podría haber conducido fácilmente al efectismo. Sin embargo, Maribel Vidal opta por otro camino. Nunca describe el horror por complacencia. Le interesa mostrar las consecuencias morales de ese daño, el modo en que una infancia devastada puede convertir a la víctima en heredera del mismo odio que sufrió. Cuando el hijo, convertido en militar, responde al padre: “Pero, perdone la inmodestia, odiando soy mucho mejor que usted”, el relato alcanza una potencia estremecedora. La frase resume una tragedia donde la violencia no termina con una generación, sino que se transmite como una herencia envenenada.

También merece una lectura detenida “Plagio de Eva”, probablemente uno de los cuentos más complejos del volumen. Construido mediante fragmentos numerados que recuerdan la respiración de la prosa poética, alterna el presente de una mujer sometida por un capitán con los recuerdos de una historia de amor adolescente. La protagonista no aparece como una militante política. Al contrario. El texto insiste en su distancia frente a cualquier dogma: “Siempre al margen de la política, no crees en consignas ni en banderas.”
Precisamente ahí reside una de las ideas más inquietantes del relato. La violencia del poder no necesita culpables; le basta la sospecha. La protagonista es arrastrada hasta el interrogatorio no por sus actos, sinopor sus vínculos afectivos. Amar a quien el poder considera enemigo resulta suficiente para convertirla también en objeto de persecución. El título adquiere entonces una dimensión simbólica: Eva deja de ser únicamente un personaje para convertirse en todas las mujeres cuya historia ha sido escrita una y otra vez por la fuerza de los vencedores.
En el extremo opuesto de la extensión aparecen los minicuentos. “Átropos” demuestra cuánto puede decirse en apenas unas líneas. Una criatura de siete patas que parece anunciar la muerte termina revelando, en el último momento, que el supuesto garfio era una tijera. El hallazgo conecta el relato con la figura mitológica de Átropos, la Moira encargada de cortar el hilo de la vida. La economía narrativa resulta admirable.
Algo semejante ocurre en “Imágenes en la noticia” incluido años atrás en una antología nacional de minicuentos. La escena es mínima: una mujer llega a casa bajo la lluvia, enciende el televisor mientras se desnuda y observa cómo un tanque de guerra avanza desde el horizonte de la pantalla hasta disparar de frente al espectador. Bastan unas pocas líneas para borrar la frontera entre la información y la realidad, entre el espacio íntimo y el conflicto bélico. Es una prueba del dominio que la autora posee sobre la condensación narrativa.
Si hay una virtud constante en estos relatos es precisamente esa capacidad para sugerir más de lo que explican. Maribel Vidal confía en la inteligencia del lector. No clausura significados. Prefiere dejar zonas de incertidumbre, imágenes abiertas, finales que continúan trabajando en la memoria.
Su escritura tampoco busca impresionar mediante la acumulación verbal. Al contrario. Se sostiene sobre una notable economía expresiva y una marcada vocación visual. Más que explicar emociones, construye imágenes: las luciérnagas, las mujeres junto a la cerca, el espejo incapaz de reflejar, el laúd que cae, la araña de siete patas, el tanque que apunta hacia quien mira. Son escenas que permanecen porque han sido concebidas casi como cuadros.
En ese sentido, resulta significativo que uno de los relatos transcurra precisamente alrededor de una restauradora de obras de arte. Hay en la autora una sensibilidad plástica evidente. Sus cuentos parecen mirar antes de narrar.
El libro concluye con “Tríptico”, donde tres madres, separadas por más de dos mil años, intentan salvar a sus hijos en contextos de ocupación y guerra: la Galilea del siglo I, la Polonia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial y la Palestina contemporánea, en un segmento dedicado a la memoria de Hind Rajab. Más que un cierre temático, constituye una afirmación ética: cambian las épocas, cambian los uniformes y las banderas, pero la vulnerabilidad de la infancia continúa siendo la misma.
Ahí reside la mayor coherencia de este volumen. Aunque sus cuentos recorran escenarios diversos, todos parecen preguntarse qué sucede cuando la inocencia se enfrenta al poder, cuando la compasión tropieza con la violencia o cuando la memoria intenta conservar una luz en medio de la oscuridad.
Y esa luz tiene un nombre. Lucrecia. La mujer que apenas sabía escribir el suyo y, sin embargo, enseñó a una niña a mirar las luciérnagas. He ahí la mejor definición de la literatura de Maribel Vidal Cervantes. Una escritura paciente, tejida durante años con la misma dedicación con que una artesana enlaza el hilo, donde cada relato busca preservar un pequeño resplandor frente a las sombras del mundo.
