CAMAGÜEY.- Hay un olor que se ha vuelto paisaje. Un olor áspero, penetrante, que se queda en la ropa y en la memoria. Es el humo que trepa por las paredes, la ceniza que se posa en los aleros, la llama breve y obstinada que sostiene la comida diaria. En no pocos hogares cubanos, el carbón vegetal ha dejado de ser recurso ocasional para convertirse en centro de la supervivencia.
El país huele a leña ardida, a brasas encendidas antes del alba; el país abrasa y, al mismo tiempo, resiste en esa combustión mínima que transforma la materia en energía.
Desde esa escena concreta, doméstica y urgente, se abre el campo simbólico de Antes que luz es carbón, la nueva exposición de Eduardo Rosales Ruiz en el Periódico Adelante. El título, tomado de versos martianos —“y todo, como el diamante, / antes que luz es carbón”—, condensa una intuición que atraviesa siglos y regresa con inquietante vigencia. En Versos sencillos (1891), José Martí nos recuerda que la luz no es punto de partida, sino consecuencia; que el fulgor exige presión, profundidad, transformación.

Rosales asume el carbón no solo como material, sino como proceso. Si el diamante se gesta en las honduras de la tierra y emerge empujado por fuerzas volcánicas, también la conciencia —insiste— atraviesa capas de oscuridad antes de revelarse.
Inauguramos esta exposición apenas cinco días después de que saliera el último número impreso de Adelante. La instalación que abre el recorrido, inevitablemente, dialoga con esa ausencia. Se levanta casi como un altar.
Empieza con tres sacos de papel donde envasan el carbón vegetal. Aparecen despojados de su contenido, pero cargados de palabras: “Todo es hermoso y constante, / todo es música y razón, / y todo, como el diamante…”. El verso de Martí queda suspendido, incompleto, como si esperara su desenlace material.
Y ese desenlace está justo delante: un saco lleno, erguido sobre un pedestal. En su superficie leemos: Antes que luz es carbón. El título deja de ser cita para convertirse en cuerpo. Las hojas de oreja de mono, dispuestas como oídos, sugieren que la Naturaleza escucha, que algo —o alguien— atiende a lo que hacemos con ella.
En el suelo, hay una alfombra de yute pintada como tronco caído. A los pies del pedestal, pequeños sacos cosidos con la dimensión de una portada del Adelante —como rostros multiplicados— insisten en que esta historia no es abstracta ni lejana: tiene escala humana, tiene medida cotidiana, tiene nombre propio.
Rosales organiza una secuencia ética. Del vacío al peso, del verso a la materia, del árbol al carbón. Nos coloca ante un ciclo que conocemos demasiado bien, pero que pocas veces miramos con detenimiento. Esta obra inicial nos obliga a atravesar la frase hasta entender que la luz —si llega— no es un regalo, sino el resultado de una combustión previa.
Quizá por eso el recorrido comienza aquí: porque antes de mirar el resto, necesitamos asumir el peso de este saco. Escuchar lo que dicen estos “oídos” vegetales. Reconocer que el país que huele a humo, que cocina con brasas, que exporta carbón mientras pierde árboles, es también el país que todavía puede transformar la ceniza en conciencia. Y tal vez esa sea la verdadera pregunta que nos deja la obra: ¿qué estamos dispuestos a hacer con lo que aún arde?

Además, la instalación incorpora un código QR que extiende la obra hacia el ámbito digital, un gesto con el que Rosales articula tecnología y concepto para recordar que, incluso en medio de la precariedad material, el arte sigue encontrando caminos de conexión y circulación.
Siguiendo el recorrido, salta a la vista un paisaje. Sobre el blanco del lienzo, dispone ramas, fragmentos orgánicos, pequeñas formaciones de coral o raíces. Compone un territorio suspendido entre lo real y lo abstracto.
Vuelve a insistir en una idea central: la naturaleza no desaparece del todo, se transforma, deja rastros, y en esos rastros todavía podemos leer su historia.
Él ha trabajado durante años la ecología y la religiosidad de raíz africana; en esa confluencia, escuchar es un acto sagrado. En la cosmovisión yoruba el mundo no se organiza eliminando los contrarios, sino manteniéndolos en equilibrio. Los hermanos que aparecen en una de las pinturas representan justamente esa tensión. Por tanto, el verdadero problema no es la existencia de los contrarios, sino el momento en que el equilibrio se rompe.
En otra pieza aparece una esfera que pesa sobre la figura humana, una imagen directa del mundo como carga. No es solo el planeta físico, sino el peso de nuestras propias acciones sobre él. Alrededor se traza un cerco, un límite que recuerda los espacios rituales donde se marcan territorios de protección o de conciencia. Dentro de ese perímetro aparece el garabato, objeto asociado a Eleguá en la tradición afrocubana, instrumento que abre y cierra caminos. Su presencia introduce una lectura espiritual: el ser humano está rodeado por el mundo que él mismo condiciona, pero también posee la posibilidad de encontrar rumbo. En ese cruce entre peso y camino, Rosales vuelve a situar la pregunta: qué hacemos con la responsabilidad de habitar la Tierra.
Quienes hemos trabajado con él sabemos que cada exposición suya nace de un proceso de investigación, de símbolos pensados, de códigos que se construyen con rigor y también con intuición. Por eso suele montar sus muestras junto a Yoelxys Pilliner, historiador del arte y curador que reconoce haber aprendido casi tanto montando exposiciones como en la escuela. Esa complicidad se siente en la manera en que las obras dialogan entre sí y con el espacio. Quizá por eso Rosales vuelve una y otra vez a esta casa: porque más que un artista invitado, es un colaborador cercano de Adelante, alguien que entiende este lugar como parte viva de su propio proceso creativo.
Durante la apertura, el artista compartió algunas claves de lectura que ayudan a entender la densidad simbólica de la muestra. Insistió en que su obra nace de la conciencia de un cambio de ciclo marcado por una crisis global que es material, pero también espiritual. Desde esa percepción, su posición —dijo— es ante todo ética: investigar, alertar, mantener la verticalidad y la capacidad de resistencia.
Obras sin títulos y abiertas a la interpretación, invitan al espectador a descifrar sus propios significados en un momento en que, según Rosales, la verdadera respuesta posible es sostener la lucidez, la armonía con el entorno y la firmeza ante la adversidad.
Lejos del catastrofismo, Antes que luz es carbón propone una reflexión más honda: la crisis ecológica —y la crisis cotidiana— no anulan la transformación, la vuelven urgente. En un medio público de comunicación que hoy se reinventa fuera del papel, esta muestra parece decirnos que toda combustión es también un umbral. El pensamiento martiano aparece entonces como brújula ética. El dolor que confesó como motivo de escritura en Versos sencillos encuentra aquí no solo eco, sino combustión viva: mirar la materia herida sin apartar los ojos es también apostar al futuro como promesa de restauración de una armonía universal resquebrajada.
