CAMAGÜEY.- La primera vez que entrevisté a Dilia Amada Felipe Morales (Sibanicú, 1942) yo era apenas una periodista que empezaba y también —aunque entonces no lo supiera del todo— una guajira pretenciosa. Así titulé aquella conversación: “Los guajiros pretenciosos”. Y lo hice pensando en esa vibra colectiva, en aquel grupo que caminaba el polvo de Sibanicú.
Eran los del colectivo plástico Valentín Sanz Carta, pintores aficionados que desde un pueblo pequeño se atrevieron a dialogar con Cuba.
Pretenciosos, sí: porque no aceptaron que la geografía fuera destino; porque hicieron del terruño plataforma; porque con pinceles y exposiciones lograron que el nombre de Sibanicú trascendiera sus límites. Y en el centro de aquella energía estaba Dilia.
Dentro del marco de la 47 Semana de la Cultura Sibanicuense, le fue entregada la Distinción Espejo de Paciencia. La propuesta, según informó Isnel Plana Pérez, jefe del Departamento de Programa Cultural de la Dirección Municipal de Cultura, fue presentada a la Dirección Provincial atendiendo a “su destacada labor en la promoción y difusión de la cultura en la comunidad, además de ser referente en el estudio de la historia de la localidad”.
Isnel precisó que el reconocimiento también avala su sostenido trabajo como promotora cultural vinculada a las escuelas, así como la labor que desarrolla desde su propia vivienda, declarada hogar cultural, donde se realizan innumerables actividades para y con la comunidad. En ese espacio funciona una galería de arte al servicio de la población y tiene su sede la Cátedra del Adulto Mayor, en coordinación con la Sede Universitaria Municipal.
Por la magnitud de esta obra comunitaria, la distinción se otorga fuera de la capital provincial, hecho que subraya la trascendencia del momento.
Pero Dilia es mucho más que la suma de proyectos. Fundadora, desde 1978, del colectivo plástico Valentín Sanz Carta; integrante del taller literario “El Cucalambé”, con premios y publicaciones dedicadas a los niños; promotora incansable del arte entre generaciones; investigadora de la historia local y directora del museo municipal; defensora del patrimonio azucarero y de la memoria sibanicuense. Y, como símbolo mayor de pertenencia, autora del Escudo de Sibanicú.
Yo también soy de allí. Yo también he salido de esas lomas. Y entendí, con el tiempo, que aquella “pretensión” no era arrogancia: era ambición de belleza, de memoria, de comunidad. Era el impulso de hacer desde el pueblo y para el pueblo, sin pedir permiso para soñar en grande.
Celebramos que el Espejo de Paciencia esté hoy en sus manos. Puede que haya demorado más de lo justo —porque hay vidas que no deberían esperar por medallas—, pero llega como acto de justicia cultural. Frente a ese espejo no se refleja solo una artista, sino una existencia entera dedicada a la patria pequeña.
Aquellos guajiros pretenciosos tenían razón. Desde Sibanicú también se puede hacer historia. Y Dilia lo ha demostrado durante toda una vida.
