En el Stade Chapou, de la ciudad francesa de Toulouse, nadie daba los más mínimos votos por ellos. Salvo—quizás—algún compatriota "perdido" por tierras de la champaña y la torre Eiffel. Todo el mundo tenía claro que salir a la grama mundialista era más que suficiente para ese equipo llegado casi de favor, solo para cubrir el vacío que dejaran grandes como Argentina, Uruguay y México.
Jules Rimet, presidente de la FIFA y creador de las copas mundiales, había abierto la Caja de Pandora varios meses antes, con su decisión de organizar la tercera edición del evento en Europa, en lugar de cumplir con la alternancia de sedes entre el Viejo Continente y América, como en principio se había acordado.
Las repercusiones no se hicieron esperar y unas cuantas semanas después la tercera copa del mundo ya se había convertido en la "copa de los ausentes". Además de los abandonos desde este lado del Atlántico (de Latinoamérica solo hicieron sus maletas los representantes de Brasil), los anfitriones también tuvieron que enfrentar las bajas de Austria (que había sido anexada por la Alemania nazi poco tiempo antes) y España (sumida en una devastadora guerra civil).
Para suplirlos, llegarían hasta Francia selecciones tan diversas como Noruega (que debutaba en esas citas), Rumanía, la propia Cuba y un representativo de las Indias Orientales Neerlandesas (actual Indonesia), con el que el certamen por primera vez consiguió extender su influencia hasta Asia.
Pero volvamos a Cuba y aquella tarde del 5 de junio de 1938. Eran 16 hombres bajo la batuta del director técnico José Tapia. Ninguno podía enorgullecerse de grandes éxitos en su carrera balompédica, a lo sumo de haber conquistado el título de la Isla en las competencias amateurs que animaban clubes capitalinos. Toda su experiencia internacional consistía en algún que otro tope frente a onces de fraternidades españolas o de diferentes naciones del Caribe que de tiempo en tiempo hacían escala en La Habana.
Por eso hasta la prensa gala consideraba el desafío como de puro trámite, poco más que un impasse tras el cual no cabía esperar más desenlaces que el triunfo de Rumanía. Treinta y cinco minutos después del pitazo inicial, un gol del rumano Silviu Bindea vino a ser como la ratificación de lo que todos daban por seguro.
Cuentan las crónicas de la época que fue entonces que Cuba puso en acción su mejor arma: una extraña capacidad para hacerse con un segundo aire y plantar cara a los rivales, precisamente luego de sus primeros y erráticos compases de cada partido. Era esa "otra manera del segundo tiempo", como la llamó el diario italiano La Stampa, la misma que obligó a los balcánicos a pactar un agónico 3-3 en tiempo extra, con la última anotación de los nuestros a tres minutos de que pararan los relojes.
Cuatro días más tarde los "Leones del Caribe" volvieron a romper los pronósticos durante el compromiso de revancha frente a sus adversarios de la primera fecha. Esta vez con resultado final de 2-1, a pesar de que no contaban ya con los servicios de su portero "estrella", Benito Carvajales, quien abandonó el equipo para firmar un jugoso contrato como comentarista de una radioemisora cubana.
Fue así que Carvajales se vio narrando el pase de sus compañeros a los cuartos de final, en la primera ocasión que accedía a esa etapa un equipo que no fuera europeo ni sudamericano. También desde los micrófonos al ex-guardameta le correspondió presenciar las dianas de sus compatriotas Héctor Socorro y Carlos Oliveira, que en cinco minutos (50 y 55) dieron vuelta al marcador y pusieron a toda una Isla a celebrar.
Aquel 9 de junio, pasadas las seis de la tarde, Cuba alcanzó el punto más alto de toda su historia futbolística. Poco importa que tres días después Suecia le adosara un lapidario 8-0, solo con lo ocurrido sobre la grama del Stade Chapou, ante Rumanía, ya aquellos hombres habían alcanzado un lugar de honor que—casi siete décadas después—se mantiene inalcanzable.
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