“Necesitamos -les decía Fidel- mil maestros que quieran dedicarse a enseñar a los niños campesinos. Hace falta que nos ayuden para mejorar la educación de nuestro pueblo y para que los campesinos aprendan a leer y se hagan hombres útiles en cualquier tarea. Los campesinos están esperando, pero eso sí, los maestros que vayan tienen que estar dispuestos a quedarse en el lugar que les asigne…”

   En otra parte de su intervención,  Fidel les explicaba que primero irían a Minas del Frío, en el corazón de la Sierra Maestra, “donde estudian los jóvenes rebeldes y van a estar tres meses sin cobrar porque de ese modo vamos a comprobar su voluntad y vamos a ver los que se van y los que se quedan. Con los que se quedan ya sabemos que podemos contar”.

   Pronto el Líder pudo contar con tres contingentes de lo mejor de la juventud cubana que se harían maestros, tarea hermosa, misión sublime de entrega decidida y dedicación constante para elevar en el pueblo su nivel cultural y educacional.

   A las montañas y a los más intrincados lugares del llano llegaron el tres de mayo la savia fecunda de aquellos profesores. Pero antes tuvieron que pasar un período de tres meses de adaptación a la vida del campo en las peores condiciones que el medio les ofrecía. Habrían de vivir una dura – y a la vez rica – experiencia que nunca antes habían tenido.

   Allí los Contingentes de quienes serían los primeros maestros voluntarios en escalar las sierras y penetrar los bosques, muchachos de las ciudades que en su inmensa mayoría nunca habían subido una loma, provistos de lo indispensable, se vieron desde las jornadas iníciales del referido mes.

   Con ellos estaban sus instructores asignados por el Ministerio de Educación. La Revolución confió esta responsabilidad al Departamento de Asistencia Técnica, Material y Cultural al Campesinado, del Instituto Nacional de la Reforma Agraria, que dirigía Jorge Manfugás; y el Instituto de Superación Educacional dirigido por el doctor Max Figueroa.

   A cargo del primer organismos estuvo la función de seleccionar y reclutar a los estudiantes que engrosarían las filas de los Contingentes, asegurar la instalación de los campamentos, las provisiones y demás actividades no docentes.

   Una nueva vida y el aprendizaje mediante un plan mínimo emergente para su capacitación como jóvenes futuros maestros, los llevaría a ser héroes del propósito revolucionario de desarrollar una vigorosa política educativa en las zonas rurales, siempre abandonadas por todos los gobiernos de la república.

   No mil estudiantes como había pedido Fidel, sino mil 700 integraron el grupo pionero de los tres que escalaron hasta Minas del Frío, los cuales realizaron su preparación en los campamento de El Coco, La Magdalena, El Roble y El Merino.

   El entonces Ministro de Educación Armando Hart Dávalos los visitó allí y expresó su más íntima satisfacción por la alegría y el entusiasmo de aquellos que- al igual que los soldados rebeldes, no con el arma liberadora pero sí        
con los libros que son armas del saber-, fueron los primeros combatientes contra el analfabetismo, la incultura y la ignorancia.

   Un año después llegarían a las montañas los alfabetizadores de las gloriosas brigadas Conrado Benítez, mártir heroico que enseñó a decenas de niños y adultos en las lomas del Escambray y que formó parte del primer Contingente de los maestros voluntarios.

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