Poco más de un año antes, el 23 de marzo de 1894, publicaba en Patria su artículo La verdad sobre los Estados Unidos, con el que inauguraba una nueva sección en el periódico revolucionario en la que en lo adelante, y bajo el título de Apuntes sobre los Estados Unidos se insertarían determinados sucesos demostrativos del carácter crudo, desigual y decadente de aquella nación, donde según él se manifestaban todas las violaciones, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos.
Es así que nuestro Héroe Nacional escribió en su trascendental ensayo Nuestra América:
“Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos. (…) Es de supina ignorancia, y de ligereza infantil y punible, hablar de los Estados Unidos y de las conquistas reales o aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de una nación total e igual, de libertad unánime y de conquistas definitivas; semejantes Estados Unidos son una ilusión o una superchería (…)” —aclarando a continuación que— “(...) para que por ignorancia, o deslumbramiento o impaciencia, no caigan los pueblos de casta española —se refería a Latinoamérica— al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo, en la servidumbre inmoral y enervante de una civilización dañada y ajena (...)”.
Nada relacionado con esta nación le fue indiferente al Apóstol de la independencia de Cuba, sus años de permanencia en ese país entre 1880 y 1895 le propiciaron elaborar unos 300 trabajos periodísticos —ensayos, crónicas, artículos—, derivados del conocimiento profundo de la historia norteamericana, esencial en la formación de su pensamiento antiimperialista, con análisis en los que sin profesar una tendencia marxista, estableció relaciones dialécticas entre el pasado, el presente y el futuro como partes de un proceso.
Numerosas investigaciones de estudiosos de la obra del Héroe Nacional cubano apuntan a que en sus escritos sobre los Estados Unidos brota de manera natural la idea de la semejanza entre el país en que vivió a finales del siglo XIX y el de ahora, en la que se vive en medio de un capitalismo monopolista y hegemónico, y digamos que un imperialismo de nuevo tipo, pero imperialismo al fin.
Soy una humilde martiana que apenas asomada a la gigantesca obra de este inmenso y universal cubano, acudo a la vigencia de su palabra una vez más, para desde su voz alertar del peligro deslumbrante: “Hay cubanos que por móviles respetables, por una admiración ardiente al progreso (...) por el desdichado desconocimiento de la historia y tendencias de la anexión, desearían ver la Isla ligada a los Estados Unidos (...)”.
Es válido apuntar, como también lo hizo Martí en su momento, que no pocos norteamericanos derramaron su sangre en las filas mambisas durante la gesta del siglo XIX por nuestra independencia, e igualmente serán inolvidables los desvelos de quienes desde las filas cristianas de Pastores por la Paz, o de comités pro libertad de los Cinco, han proclamado las verdades del irracional bloqueo y del terrorismo.
El pasado 20 de enero el presidente Barack Obama, en su mensaje sobre el Estado de la Unión pidió al Congreso, de mayoría Republicana, poner fin al bloqueo de esa nación contra Cuba, vigente desde 1960, al que valora como disfuncional, e insistió en el cierre definitivo de la prisión instalada en la base naval de Guantánamo, como sabemos todos los cubanos, territorio ilegalmente ocupado.
Durante las tres sesiones de conversaciones los días 22 y 23 últimos entre representantes de ambas naciones, sin dudas se dio el primer paso hacia el restablecimiento de relaciones diplomáticas, y la búsqueda de soluciones a otros intereses bilaterales, sobre la base del respeto y el entendimiento mutuos, lo que a todas luces transitará por un camino lleno de obstáculos, en el que Cuba ratificó su deseo de apertura sin presiones ni injerencia, y la voluntad de convivir pacíficamente aún con discrepancias, asunto difícil de asumir por quienes, sean republicanos o demócratas, han querido ver a nuestro pueblo de rodillas.
Vuelvo sobre nuestro Martí, y a su letra firme, clara y vigente alertándonos, desde la Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América, en mayo de 1891: “(...) el que resuelva sin investigar, o desee la unión sin conocer, o la recomiende por mera frase y deslumbramiento, o la defienda por la poquedad del alma aldeana, hará mal a América”.
Como expresa la primera oración del último párrafo de Vindicación... “La lucha no ha cesado”.
