CAMAGÜEY.- En la peña de Jesús Aismar Zamora en la librería Ateneo de Camagüey faltaba una voz. El cantautor Antonio Batista había enfermado, pero Zamora abrió uno de esos planes B que guarda como quien lleva fósforos en el bolsillo: llamó a la actriz Reina Ayala Dom, y ella apareció con Gertrudis Gómez de Avellaneda entre las manos.

Después habló la profesora Edelmira Rodriguez Portal de otra muerte más vieja y más silenciosa: la de Antonio Guiteras y el venezolano Carlos Aponte en 1935. Afuera seguía pasando la tarde, calurosa y vacía, como suelen pasar las fechas cuando nadie las recuerda.

A su lado estaba la invitada: Heillin Cristiá Abad. Ella quería estudiar Periodismo, aunque empezará por Comunicación. Traía minicuentos y una manera extraña de mirar las palabras, como si ya supiera cuáles sobraban. Hablaron de la síntesis. Zamora repitió el consejo: la literatura no es escribir, es tachar.

Contó que una vez fue “la niña de las perchas”, al presentar ese texto de Yunexis Nobalbo Aguilera con el que ganó el concurso Yo presento mi libro; que entrevistó a Niurki Pérez García en aquellas cápsulas audiovisuales para redes; que reseñó El reino de este mundo cuando todavía estudiaba en la Vocacional; que en 2023 ganó Dinosaurios en la arena. Parecía demasiado pasado para alguien tan joven.

Un decimista improvisó entonces la crónica de la tarde y hasta rimó la interrupción del muchacho que se asomó a la puerta para preguntar, confundido, si allí vendían lapiceros. Todos rieron.

Después Heillin leyó el cuento más corto. Soñaba con su abuela. La veía viva después de muerta. Nada más. Cuando terminó, el silencio tuvo el tamaño exacto de un minicuento. La abuela acaba de fallecer. Nadie habló enseguida. Todos entendieron que algunos sueños no vienen a anunciar el futuro, sino a corregir la realidad por un instante.

Y así la peña cumplió otra vez su oficio: devolverles voz a los que faltaban. Batista, La Avellaneda, Guiteras, la abuela. Todos volvieron un instante, apenas lo que dura una lectura antes del aplauso. Quizá por eso Zamora insiste en seguir reuniéndolos allí. La literatura, al final, no sirve para escapar de la muerte, sino para sentarla un rato a escuchar con los vivos.