Caminemos por la capital cubana y extrapolemos uno de los componentes de la cotidianidad, más rica en condimentos y aditivos. Hablemos de la prisa y sus nexos con la accidentalidad.
Diariamente, al salir temprano de la casa para ir a clases, al centro de trabajo o a hacer una gestión, el ciudadano de a pie, el pasajero o el conductor de vehículos se interna en un espacio donde el apuro y la celeridad marcan el paso. No hay manera de escapar de ese vértigo, ya seas actor o espectador. Algunos sienten subir la adrenalina, utilizando una expresión en boga, en medio de tales avatares.
Siguiendo el desplazamiento por la ciudad veremos a peatones cruzar las calles sin tener en cuenta las luces del semáforo y el lugar más indicado. Tengo prisa, debo llegar cuanto antes, dicen. Hay muchos que actúan así siempre o casi todo el tiempo.
Convierten esa pasión por la velocidad en una suerte de práctica existencial, que los llevará al éxito y los hará mejores personas, más atractivos y dotados, según ellos.
Otros, y no son pocos, sencillamente se adhieren a la vieja consigna de "Tiempo es oro" o "Tiempo es dinero" y al apretar el acelerador de su vehículo, llámese auto, camión, guagua, moto y por qué no, bicicleta y coche caballos, lo hacen sin miramientos, violando las leyes de tráfico, que más les da. Se justifican hablando de la dureza de la vida y de los problemas económicos.
La alta velocidad, con las anomalías que trae asociadas, se convierte en irresponsabilidad potencialmente o realmente criminal cuando de tráfico urbano y seguridad en la vía se habla. Y agrava las consecuencias de errores y violaciones que se cometen en el tráfico, muchas veces alentadas por ella.
Por estos días, autoridades de la Seguridad Vial dieron a conocer los saldos de la accidentalidad nacional durante el primer semestre de 2014. Cinco mil 600 accidentes con la dolorosa consecuencia de 347 muertes. Hubo una disminución del número de siniestros -109 menos que en igual etapa anterior-, considerada insignificante por el incremento de la letalidad de esos hechos.
Unos saldos tan perturbadores o escalofríantes, como bien dijera un amigo, no deben dejar dormir tranquilo a ningún miembro de la sociedad. No lo aceptemos. Aunque se diga que es una epidemia mundial y un mal inherente a la modernidad.
Si bien los organismos encargados de responder con su pericia, recursos y trabajo también pueden hacer más, también la ciudadanía debe involucrarse con mayor conciencia y empeño en la reducción de ese flagelo.
Y debemos aminorar nuestra velocidad, interna y externa, para empezar, mientras pensamos en cómo ayudar a cambiar ese estado de cosas. No nos perderemos nada precioso por ello, ganaremos más. El derecho a una vida saludable y fecunda.
Mantener una conducta respetuosa, madura y responsable en la vía, más que una elección, es una obligación moral que nadie mejor que nosotros mismos puede imponernos. La tragedia de los accidentes del tránsito toca en cualquier puerta.
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