LA HABANA.- El 4 de julio de 1776 vio la luz la Declaración de Independencia de Estados Unidos, hito fundacional que marca el nacimiento de esa nación con pretensiones sobre la mayor de las Antillas que anteceden a esta fecha y que hoy, más de dos siglos y medio después, conservan toda la vigencia.

Tal es el caso de uno de sus padres fundadores, Benjamin Franklin, quien se encontraba en Londres como representante de Pensilvania, escribió a su hijo en 1767 sobre los proyectos de colonización al este del Río Mississippi, al que confesaba la importancia de abrirse paso "en la bahía de México, para ser usado contra Cuba o el mismo México".

Luego, en 1805, en medio de los conflictos hispano estadounidenses derivados de la venta de la Lousiana a la nación norteamericana, el presidente Thomas Jefferson notificó a su embajador en Gran Bretaña que, en caso de una guerra con España, Estados Unidos se apoderaría de Cuba por razones "estratégicas", relacionadas con la defensa de su territorio. 

El propio Jefferson sugirió en 1809 a su sucesor, James Madison, intentar obtener de Napoleón Bonaparte -quién por entonces se había apoderado de España- la posesión sobre la isla de Cuba y Las Floridas.

De igual manera, el secretario de Estado John Quincy Adams impulsó en 1822 un pacto con Inglaterra y Francia, dirigido a evitar las independencias de Cuba y Puerto Rico, bajo el precepto que hasta tanto estas no fueran propiedad de Estados Unidos, era preferible que se mantuvieran bajo el control de España. 

Una vez más Jefferson, ya como exmandatario, en las consultas que antecedieron al público anuncio de lo que sería la Doctrina Monroe, en 1823, reiteró: "Yo confieso, con toda sinceridad, que siempre consideré a Cuba como la adición más interesante que pudiera hacerse a nuestro sistema de estados (...)".

Como otro paso en la política intervencionista de la naciente potencia norteamericana, en 1824 fuerzas militares estadounidenses desembarcaron en Puerto Rico bajo el pretexto de destruir supuestas "bases piratas".  

En esa ocasión, los Estados Unidos hicieron valer sus criterios acerca de la importancia de estas dos islas para su propia seguridad y desconociendo en el proceso a las autoridades españolas en repetidas oportunidades a partir de ese año.

Para 1851, el presidente Millard Fillmore, al igual que hizo su predecesor Zachary Taylor, se pronunció contra los que pretendían liberar a Cuba del dominio español, incluidos quienes lo hacían en aras de procurar su anexión a la Unión, dada su incidencia en la correlación de fuerzas internas entre los estados esclavistas y abolicionistas.

Fiel a esta línea, el Gobierno norteamericano no realizó reclamación alguna ante la ejecución por las autoridades españolas de los sobrevivientes, mayoritariamente estadounidenses, de la expedición del general anexionista, de origen venezolano, Narciso López y el coronel William Crittenden.

Tras el estallido de las guerras independentistas, en 1869, de manera unilateral, el presidente norteamericano Ulysses S. Grant llamó a una "gestión mediadora" entre España y el recién constituido gobierno de la República de Cuba en Armas, según la cual; a cambio del pago de varios millones por parte de Washington, España reconocería la independencia de la isla y en esta se instauraría un "Gobierno cubano" que, por medio de sus ingresos aduanales, sufragaria "la deuda de su independencia".  

A su vez, bajo esta propuesta, Puerto Rico pasaría a ser un protectorado estadounidense. 

Aunque fracasaron dichas gestiones, la Casa Blanca no reconoció la beligerancia de los patriotas cubanos y, por el contrario, en los años sucesivos adoptó una "posición neutral" favorable a la sanguinaria política desplegada por España para enfrentar al Ejército Libertador.

En los sucesivos años, Washington interceptó e incautó expediciones dirigidas a apoyar la lucha o el reinicio de las mismas, como la desarticulación del Plan de La Fernandina, en 1891.

Tal como se ha enumerado hasta aquí, existe un prontuario extenso de los intereses de las sucesivas administraciones norteamericanas muy anteriores a la explosión del acorazado Maine, pretexto por el cual iniciaría la intervención estadounidense en la Guerra Necesaria a partir de 1898, la cual es considerada por historiadores y expertos como la primera contienda imperialista en la historia de Estados Unidos.