CAMAGÜEY.- A veces parece que el Caribe nos queda lejos. Nos reconocemos latinoamericanos, hablamos de nuestra condición insular, pero no siempre nos pensamos como parte de esa región cultural que compartimos con otros pueblos, cuyas músicas, danzas, celebraciones y memorias también han contribuido a hacernos. En Santiago de Cuba esa pertenencia se vive con una intensidad particular, casi cotidiana. En Camagüey quizá necesitamos que alguien venga a recordárnosla.
Por primera vez llega a esta ciudad la Compañía Folclórica Kokoyé, de Santiago de Cuba, y lo hace con El Gran Caribe, un espectáculo que recorre géneros musicales y danzarios de la región. Más que una presentación, su visita propone un acercamiento a ese universo que nos hermana y del que a veces conocemos apenas algunas expresiones. También nos devuelve una pregunta: cuánto de ese Caribe nos habita y cuánto nos falta por descubrir.

La agrupación encontró en el aniversario 35 del Ballet Folklórico de Camagüey una oportunidad para compartir escenario, experiencias y saberes. No es poca cosa que sus 38 años de fundada los haya cumplido precisamente mientras esperaba el transporte para viajar hasta acá. Después de casi once horas de espera, salieron a las seis de la tarde y llegaron a las dos y media de la madrugada del día siguiente. El cansancio no impidió que, pocas horas después, bailarines y músicos acudieran a la sede del Ballet Contemporáneo de Camagüey para una clase abierta.
La impartió Carlos Arsenio Hernández Linares, primer bailarín y regisseur de Kokoyé, quien compartió conocimientos sobre la danza haitiana con integrantes de la compañía anfitriona y estudiantes de noveno a duodécimo grados de la Escuela Vocacional de Arte Luis Casas Romero, algunos de ellos en proceso de pase de nivel.

La clase permitió adentrarse en una manifestación que no suele tener tanta presencia en la práctica folclórica de Camagüey, más familiarizada con las expresiones de origen yoruba. Hernández Linares concentró su demostración en el petró haitiano, género que el Ballet Folclórico de Oriente incorporó a la escena después de una investigación realizada durante una gira por Haití.
«Me concentré en el petró de Haití, que fue una investigación que hizo el Ballet Folclórico de Oriente y trajo a la zona oriental ese género, pero como tal bailable», explicó. En la clase hizo énfasis en el paso básico, más que en las variaciones, para que los participantes pudieran reconocer las diferencias entre los movimientos haitianos y los yorubas.
En el vodú, precisó, aparecen generalmente movimientos de guerra, mientras el petró tiene un carácter más religioso. Su traducción escénica, sin embargo, implica una elaboración artística que no reproduce de manera literal la práctica ritual. Kokoyé llevará al Teatro Avellaneda un fragmento de El poder de mi vodú, aunque no el petró incluido en la obra original.
Hernández Linares bailó en el Ballet Folclórico de Oriente entre 1999 y 2019. Después de jubilarse como bailarín, se incorporó hace un año a Kokoyé, donde ahora comparte su experiencia desde la regiduría escénica. Para él, la enseñanza de estas manifestaciones también pasa por ofrecer herramientas que permitan distinguir sus códigos y comprender la diversidad de las tradiciones que conviven en nuestra cultura.

Fundada en octubre de 1988 por el maestro Juan Bautista Castillo, conocido como El Rey de la Jiribilla, la compañía transitó del movimiento de artistas aficionados a la profesionalización en 2006. Sus primeros pasos estuvieron vinculados a la rumba y a la denominación Los Rumberitos. Con su institucionalización asumió el nombre de Compañía Folclórica Kokoyé y una línea estética que defiende los ritmos afrocaribeños y afrocubanos, con particular énfasis en los primeros.
Su nombre remite al jolgorio popular que antecede al carnaval santiaguero: la conga de la barriada de Los Hoyos que, cada julio, visita las demás congas de la ciudad. Es una fiesta que arrastra, crece y gana fuerza a su paso. Kokoyé, escrito con k en sus dos sílabas, remite además a una ciudad africana. En esa combinación de referencias se reconocen las raíces y el horizonte cultural de la agrupación.
«Tenemos como línea estética trabajar todos los ritmos afrocaribeños y afrocubanos, pero con una fuerza en lo afrocaribeño, que es lo que nos identifica», explicó su director, quien lleva cuatro años al frente de la compañía.
Este sábado, el Teatro Avellaneda recibió El Gran Caribe, espectáculo estrenado por la agrupación en abril y que constituye su primera presentación en Camagüey. En su apertura, la voz del Poeta Nacional Nicolás Guillén al declamar “Por el mar de las Antillas” acompaña las primeras imágenes y ese homenaje expreso del espectáculo entero a El Gran Zoo. No es un detalle menor: el autor de los versos nació a pocos pasos de ese teatro, de modo que su palabra establece un vínculo inmediato entre la ciudad que recibe y el universo cultural que llega desde Santiago con sus Fiestas del Caribe.
La obra, organizada en cuatro cuadros, despliega un recorrido de ritmos, personajes y celebraciones. El Desfile de la Serpiente rompe la distancia entre escenario y platea: músicos y bailarines entran por las puertas destinadas al público y avanzan hasta las tablas en una algarabía que contagia desde el comienzo. Después aparecen El Pescador, Mapalé, La verdolaga y La Biguín. En el siguiente cuadro se suceden la Columbia, Tribagaiza, Calipso, Loco Tilín y Tambú. El recorrido continúa con Palanganón, Banana Boat y Lay Mangú, hasta desembocar en Limbo, con su despliegue festivo y el cierre al ritmo de Daddy Yankee.
La música en vivo constituye una de las ganancias del espectáculo. La percusión y las voces acompañan a un numeroso elenco de bailarines en coreografías que demandan precisión, coordinación y una energía sostenida. Hay mucho color, movimiento y una vocación festiva que recuerda la intensidad con que solemos imaginar Santiago de Cuba. Pero El Gran Caribe no se limita a representar una ciudad: propone una geografía cultural mucho más amplia.
El director de Kokoyé explicó que la visita también responde al deseo de compartir el trabajo de la agrupación con sus colegas camagüeyanos. La delegación, integrada por 35 personas entre artistas y personal de dirección, trae fragmentos de Ayagba Ikú, Rumbeando y El poder de mi vodú, que compartirán con el Ballet Folklórico de Camagüey. El domingo ambas compañías coincidirán en un espectáculo concierto.
«Estamos acá para ese intercambio cultural, de conocimientos, de saberes, con el Ballet Folklórico de Camagüey, compartiendo espacios. Vamos a aportar lo que podamos y a asumir todo este espectro cultural camagüeyano», expresó su director.
Hay algo especialmente valioso en esta primera visita: no se trata solamente de apreciar el virtuosismo de una compañía con casi cuatro décadas de trayectoria, sino de reconocer en sus bailes una herencia que también nos pertenece. Los ritmos del Caribe no son un paisaje ajeno ni una fiesta que sucede al otro lado del mar. Están en nuestras raíces, en nuestras mezclas, en la memoria de nuestras comunidades y en ese ADN cultural que a veces dejamos de reconocer, como también ocurre con la huella taína.

Antes de abrirse el telón, una voz femenina en off nombró a cada integrante del elenco y a quienes asumieron los créditos generales. Fue un gesto sencillo y hermoso: reconocer a todos los que hacen posible una compañía y su obra. Detrás de la hora y veinte minutos de espectáculo hay bailarines, músicos, investigadores, maestros y trabajadores que sostienen una tradición y la llevan a escena.
Kokoyé eligió Camagüey para celebrar su cumpleaños. Llegó después de un viaje difícil, pero con sus artistas dispuestos a compartir lo que saben y lo que son. Que los consejos provinciales de las Artes Escénicas de ambas provincias hayan propiciado este encuentro, que las compañías compartan sus escenarios y que el Teatro Avellaneda abra sus puertas a esta celebración constituye ya una buena noticia para la cultura de la ciudad.
A veces hace falta que otros vengan a mostrarnos lo que tenemos en común para reconocernos en ello. Kokoyé nos acerca a Santiago, a sus gentes y a su manera de celebrar, pero también nos devuelve una parte de nosotros mismos: esa pertenencia caribeña que no siempre nombramos, aunque nos acompañe desde mucho antes de que comience la música.
