CAMAGÜEY.- En el patio interior de la Filial Camagüey de la Universidad de las Artes, las enredaderas han encontrado dónde trepar. También ha crecido vegetación en este espacio que quizá no imaginaron así los primeros estudiantes del ISA que tuvieron por fin una casa fija, después de tantos años de andar de un lugar a otro por la ciudad. Hoy, sin embargo, allí vuelve a comenzar un curso.

La humedad que sube por los muros recuerda que este antiguo claustro de Las Ursulinas necesita un mantenimiento que no siempre ha sido posible. Pero basta asomarse a las aulas para encontrar otra imagen: estudiantes que regresan, profesores que los esperan y una universidad que, aun en medio de las dificultades, vuelve a poner en marcha sus carreras.
Hace apenas unas semanas terminaba el curso anterior. Llegar hasta aquel final fue una hazaña para muchos centros educativos cubanos. Ahora toca empezar de nuevo, con las mismas carencias alrededor y, sin embargo, con algo que en esta casa parece resistirse a desaparecer: las ganas de aprender.

“Estamos en un contexto difícil pero tenemos el optimismo de que vamos a trabajar aun en esas circunstancias porque está claro, no podemos hipotecar el futuro por un presente difícil”, dice la doctora Dalia de Jesús Rodríguez Bencomo, directora de la filial.
La frase adquiere otro sentido cuando cuenta lo que ha encontrado al abrir las aulas esta semana: muchachos motivados, con intereses cognoscitivos, deseosos de aprender. Esa energía, dice, termina siendo también una suerte de terapia para los profesores.
Ahí está una de las historias de este nuevo curso del ISA en Camagüey. No solamente en cuántos estudiantes llegan, qué carreras comienzan o cómo se resolverán los desafíos de la beca, sino en esa decisión silenciosa de seguir apostando por la formación artística cuando estudiar y enseñar tampoco escapan a las dificultades que atraviesa el país.
UN CURSO PARA NO HIPOTECAR EL FUTURO
Es 4 de septiembre y comienza oficialmente un nuevo curso de estudios superiores de arte en Camagüey. No parece poco. Pues no se trata de desconocer las dificultades. Dalia las nombra: están a nivel individual, institucional y también en el país. Pero habla, sobre todo, de voluntad.
“Nos sirve de terapia a los profesores”, confiesa.
Hay algo revelador en esa inversión de papeles. En tiempos en que enseñar y estudiar se vuelve también un ejercicio de resistencia cotidiana, son los muchachos quienes terminan devolviendo fuerzas al claustro. Ellos recuerdan por qué vale la pena sostener una universidad de arte, incluso cuando alrededor faltan certezas.
Este curso la filial acoge a una matrícula que todavía se encuentra en proceso de rematrícula hasta octubre y que ronda los 125 estudiantes. De ellos, 59 son de nuevo ingreso. Se mantienen las carreras de Música, Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual y Arte Danzario, todas de ciclo largo y con cuatro años de duración, además de la formación profesoral.
Pero hay una particularidad importante: los estudiantes de Música de la región oriental que anteriormente debían trasladarse hasta La Habana podrán cursar sus estudios en Camagüey, como parte de la modalidad semipresencial. Ya llegan muchachos de Las Tunas, Granma, Holguín y Santiago de Cuba. Para el curso por encuentros, el radio de atención se extiende desde Sancti Spíritus.
En primer año de Música comienzan alrededor de 25 estudiantes; 22 lo hacen en Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual y 15 en Arte Danzario.
Que se queden en el Oriente supone una oportunidad académica, pero también un desafío para la institución, particularmente en asuntos tan concretos como alojamiento y alimentación. La universidad tiene que resolver, en medio de las mismas circunstancias que atraviesan tantas familias cubanas, cómo sostener esa posibilidad de estudiar sin tener que abandonar la región.
También continúa el Técnico Medio Superior en Procesos Escénicos y Artísticos, una formación de ciclo corto de dos años vinculada a las Artes Escénicas. Allí se preparan productores, luminotécnicos, maquillistas, escenógrafos y asistentes de dirección, entre otros perfiles. La formación está a cargo de profesores del ISA y ya cuenta con una primera graduación, pues esta convocatoria se realiza un año sí y otro no.
Mientras unos llegan por primera vez, otros se encaminan hacia la salida: durante este curso habrá graduaciones en las distintas carreras.
La casa universitaria tampoco termina en el aula de pregrado. Hay cursos de posgrado, opciones de superación en diferentes especialidades, propuestas de guion y preparación para quienes aspiran a ingresar al ISA. La institución rectorea además el Doctorado en Ciencias sobre Arte y cuenta con varios doctorantes dentro de su propio claustro.

Y ese claustro explica otra de las riquezas de estudiar arte aquí.
No son solamente profesores quienes esperan a los estudiantes. También están la directora del Ballet de Camagüey, Regina Balaguer; la pianista Lourdes Cepero; la musicóloga Heidy Cepero; el músico y director de la Sinfónica de Camagüey, Eduardo Campos; el teatrólogo Leonardo Leyva; las realizadoras audiovisuales Mayra González, Laura María González y Taimé Magaña; el arquitecto Henry Mazorra y la investigadora María Antonia Borroto.
A ellos se suman las cátedras Nicolás Guillén, José Antonio Aponte, Enrique José Varona, Fernando Alonso y Aurelia Castillo, nombres que vinculan la formación universitaria con distintas zonas de la historia, el pensamiento y la cultura cubanos.
Importa tanto que hoy haya una puerta que pueda abrirse. Durante un tiempo, otras promociones tuvieron que andar como nómadas por distintos espacios de la ciudad. La posibilidad de contar con una sede propia fue también una larga batalla. Ahora la casa no es perfecta. Sus muros lo dicen. Pero tiene algo esencial: estudiantes que llegan, profesores que enseñan y carreras que continúan.

En el patio o en los pasillos puede verse la humedad; en las aulas, en cambio, hay otra clase de insistencia. La de quienes todavía quieren aprender. La de un claustro que, pese a sus propias zozobras, encuentra en ellos una razón para continuar. Y la de una universidad que comienza otro curso sin desconocer el tiempo que le ha tocado, pero negándose a entregarle el futuro.
La institución no llega intacta a septiembre. Llega, sencillamente, viva.
