CAMAGÜEY.- A las seis de la tarde del lunes 16 de marzo, cuando ya Camagüey llevaba horas sin electricidad tras una caída del sistema electroenergético nacional, un grupo de niños logró hacer silencio en medio del bullicio del Parque Agramonte. Cantaban.
Era el concierto por el primer aniversario del Coro Andarín, dirigido por Cecilia Riverón, y durante unos minutos el parque —territorio habitual de ruedas, bocinas y gritos— se transformó en otra cosa. Bastó que comenzaran.
Cecilia los guiaba con esa sonrisa que parece estado natural. Quien la conoce sabe que es así: cercana, luminosa, siempre dispuesta. Pero detrás de esa suavidad hay también estudio, rigor y años de aprendizaje sostenido. Porque si algo define su trayectoria no es solo el talento, sino la constancia.
Se graduó muy joven de oboe en el conservatorio José White, con la idea de integrarse a una orquesta, pero en ese momento no había plaza disponible. En casa, sin dramatismo, le dijeron: “hay que trabajar”. Su madre Piedad Liza fue violista de la Orquesta Sinfónica de Camagüey, y su padre Eugenio Riverón ha sido asesor del grupo Teatro del Espacio Interior. Por tanto, maestros ambos, exigentes desde el ejemplo. Y Cecilia entendió.

Llegó entonces a la Casa de Cultura Ignacio Agramonte con más preguntas que respuestas. Había estudiado un instrumento, no la dirección coral. Pero recordó las clases de canto de su formación inicial y decidió empezar por ahí como instructora de música. “Voy a hacer un coro”. No sabía cómo, pero lo aprendió.
Con los primeros niños improvisó pruebas, juegos, dinámicas. Ellos también la fueron enseñando. Aquello que empezó como intuición se convirtió en método, y con los años en oficio. Porque Cecilia ha estudiado —y sigue estudiando— todo lo necesario para sostener lo que hace: pedagogía, dirección, comunicación. Nada en su trabajo es casual, aunque lo parezca.
De ese inicio nació un nombre: Andarín. Le gustaba su musicalidad, la vibración de esa “i” final. Con el tiempo la palabra encontró un sentido mayor. El coro creció. Durante ocho años se integró al Conjunto Artístico Arlequín de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey. Llegaron escenarios, espectáculos, años intensos. Hasta que la vida —la maternidad, los ritmos de la casa— marcó una pausa larga. Y como suele pasar con lo que es verdadero, regresó.
Hace apenas un año, Cecilia retomó el proyecto. Empezaron doce. Hoy son cerca de cuarenta niños que ensayan tres veces por semana (lunes, miércoles y viernes, desde las cinco de la tarde) en la Biblioteca Provincial Julio Antonio Mella, un espacio que ya sienten suyo.
Allí ocurre algo que no siempre se puede medir en términos musicales. Cecilia trabaja con cada niño desde lo que es. No todos son afinados. No todos aprenden igual. No todos llegan por las mismas razones. Pero ninguno queda fuera. “Se educan igual”, dice. Y en esa frase hay una ética.

Hay padres que se acercan buscando un lugar para sus hijos. Un sitio donde puedan encontrar equilibrio, disciplina, alegría. Cecilia no solo trabaja con los niños: trabaja con las familias. Construye una comunidad. Eso se vio claramente aquella tarde.
El concierto abrió con Esteban, su hijo menor, cantando Camagüey, una canción dedicada a la ciudad. La interpretó con una naturalidad que no pedía explicaciones. Es un niño que canta todo el tiempo. Que insiste. Que está. Hace un tiempo intentó entrar a la Escuela Vocacional de Arte Luis Casas Romero. No lo logró. Otros sí. Pero él siguió cantando. Y Cecilia, simplemente, lo dejó ser. De ese vínculo —íntimo, cotidiano— parece haber nacido algo que hoy se multiplica en otros.
Luego vinieron otras canciones: El pollito Tom, La gallina Kirica, El gallo Tom. Tienen 22 canciones en el repertorio. Veinte las escribió Mario Hernández, un físico que encontró en la música infantil otra forma de creación. Su hijo integró aquel primer Coro Andarín de hace veinte años, y hoy realiza los arreglos para el actual. Entre todos han construido un universo sonoro propio, lleno de picardía, historias y juego. Cecilia suele contar cada canción antes de cantarla. Siembra la imagen. Después llegan las voces.

El cierre del concierto por el primer añito fue con Andarín soy yo, esta vez junto a los padres. Si algo quedó claro esa tarde es que el coro no es solo de niños. Es una comunidad que canta. Y también un espacio donde se aprende algo más profundo: que se puede aspirar a ser solista, pero sin dejar de escuchar al otro. Que cantar juntos importa.
En paralelo, Cecilia sostiene otros proyectos. Forma parte de la Banda Provincial de Conciertos y, junto a su esposo, integra agrupaciones como Los Naipes y el formato pequeño Mía Quartet, donde canta y toca saxofón en espacios más íntimos. Es otra cara de la música: más comercial, más reducida, pero igualmente necesaria en un contexto donde los grandes formatos han ido desapareciendo. Aun así, su centro sigue estando en los niños.
En los próximos días, Andarín volverá a presentarse en espacios dedicados a la inclusión, donde su manera de hacer —abierta, diversa, sin moldes rígidos— encuentra un lugar natural. Podrá encontrársele el 2 de abril, a las diez de la mañana, en la Casa de la Diversidad Cultural, por el Día de Concienciación del Autismo. No es un discurso en su trabajo. Es una práctica. También continúan las presentaciones dominicales en la peña Payasos a la orden, en la Plaza de los Trabajadores, y los encuentros mensuales Entre voces, en la Biblioteca. Van donde los invitan. O donde pueden. Son, en el sentido más literal, andarines.

Mientras tanto, Cecilia sigue proyectando. Sueña con hacer teatro musical: La margarita blanca, un proyecto que comparte con su padre, y que poco a poco empieza a tomar forma. Es, de algún modo, un regreso al origen. A esa casa donde aprendió, casi sin darse cuenta, a amar la música con disciplina y belleza.
Quizá por eso su manera de dirigir no es autoritaria, pero sí firme. No es rígida, pero sí estructurada. No es distante, pero tampoco ingenua. Y siempre —casi como una constante silenciosa— está su sonrisa.
Al final, el Coro Andarín hace honor a su nombre. Va de un lugar a otro, llevando canciones. Pero también dejando algo más difícil de definir: un sitio donde cada niño puede encontrar su voz, su tiempo, su forma de estar. Y donde, incluso en medio del ruido o la oscuridad, todavía es posible lograr lo más raro de todo: hacer silencio para escuchar.
