CAMAGÜEY.- El jueves será la última clase de este verano. Después vendrá la graduación que prepara la Asociación Cubana de Artesanos Artistas de Camagüey para los estudiantes de los diferentes talleres. Pero antes de cerrar esta pequeña serie, quería detenerme en una revelación que quizá no estaba en los planes iniciales: las niñas del crochet.

Porque las edades han sido variadas y algunas ya venían caminando con sus profesoras en el grupo avanzado, pero este verano sorprendió la cantidad de niñas y jovencitas que se acercaron, la disposición con que aprendieron y, sobre todo, el deseo de ir más allá de lo enseñado.

Melany tiene ocho años y llegó con mucha energía. Tejía rápido, tan rápido que los puntos se le iban quedando anchos. Poco a poco aprendió a detenerse, a mirar, a corregir. También descubrió que las manos pueden aprender a controlar aquello que a veces parece imposible de aquietar.

Y luego empezó lo otro: la iniciativa.

Además de los búhos, los bolsos para móviles y los portavasos que las profesoras propusieron para regalar a madres y abuelas, Melany se hizo un bolso para su pomo de agua. Ha tejido otras figuras. Hoy apareció con un pingüino. Antes había llegado con un sapito, con otro muñeco al que añadió un tete que seguramente perteneció a otro juguete y, recientemente, con este conejo.

Ahí está, quizá, lo más hermoso del aprendizaje: cuando deja de ser una tarea y se convierte en una posibilidad.

También están esas pequeñas dificultades que terminan siendo lecciones: cuando se aprieta demasiado el hilo y el tejido queda más compacto de lo previsto; cuando se parte y hay que encontrar la manera de unirlo; cuando aparece un nudo que obliga a detenerse; cuando se quiere cambiar de color y hay que descubrir cómo continuar sin perder los puntos. Cada tropiezo tiene su enseñanza.

Y está lo que ocurre entre ellas. A una se le ocurre algo y enseguida otra quiere intentarlo. Una cambia un color, inventa una forma, le añade algo a una figura, y la idea comienza a circular por la mesa. Sin darse cuenta, no solo aprenden de las profesoras: se miran, se imitan, se inspiran y se enseñan unas a otras. Quizá esa sea otra de las cosas que el crochet ha tejido este verano: una pequeña comunidad donde una ocurrencia puede convertirse en el próximo intento de otra.

Llegaron tímidas, algunas casi sin atreverse a conversar con las demás. Con los días fueron rompiendo esa primera barrera: preguntan, comentan lo que están haciendo, miran el trabajo de la otra, lo elogian y hasta se animan a mostrar lo que inventaron en casa. En una generación que crece cada vez más mediada por pantallas y con menos espacios de encuentro cara a cara, sentarse alrededor de una mesa, compartir un hilo y aprender juntas es una forma sencilla de recuperar la conversación.

Las niñas también han enseñado a las adultas. Porque enseñar a un adulto no es lo mismo que enseñar a una niña. Una puede decirte que no entendió después de que se lo explicaste dos veces. Y entonces hay que buscar otra manera. Probar una tercera. Tener paciencia.

El crochet, mientras tanto, hace lo suyo: enseña a escuchar, a esperar, a repetir, a deshacer sin sentir que todo está perdido y a volver a empezar.

Quizá por eso esta fotografía no sea solamente la de un conejo tejido por una niña de ocho años. Es también la imagen de algo que creció este verano: niñas que descubrieron que podían hacer cosas con sus propias manos y adultas que aprendieron que, para enseñarles, también había que aprender de las niñas.

Han sido muchos los cursos, y contar este de cerca no significa restarles brillo a los otros. Cada taller habrá dejado sus propias historias, descubrimientos y aprendizajes. Tuvimos la suerte de mirar desde dentro el de Las Hormigas Locas, con las manos llenas de hilo y los ojos atentos a lo que iba ocurriendo.

Ojalá estos espacios no sean solamente oportunidades de verano. Ojalá puedan convertirse en puertas que permanezcan abiertas para los niños: lugares donde aprender a hacer, a esperar, a equivocarse y volver a intentarlo, mientras afuera corren tendencias como eso de “farmear el aura” y otras cosas que a los adultos nos parecen absurdas.

Quizá no haya que pedirle demasiado a la infancia. Bastaría con ofrecerle oportunidades para descubrir que también puede crear algo que antes no existía, con un hilo, una aguja, un poco de paciencia y sus propias manos.