CAMAGÜEY.- Desde la entrada de la casa la mirada atraviesa el patio. Primero encuentra la vegetación: las hojas que se abren sobre la cabeza, las plantas que ocupan los rincones, las sombras que se mueven con la luz. Después, casi al final, aparece una mujer.

Está pintada en uno de los espacios del fondo, como una presencia que no se entrega de inmediato. Hay que acercarse para descubrirla. Es entonces cuando la casa empieza a parecerse a quien la habita: algo que se va revelando por capas, entre plantas, recuerdos, objetos viejos y obras que todavía esperan su momento.

Estoy en casa de Martha Jiménez, en una de las galerías de su patio, cerca de la entrada de su taller. Conversamos mientras alrededor sucede una vida que parece haber sido cuidadosamente reunida, aunque ella diga que muchas cosas simplemente han ido llegando.

A media conversación tomamos jugo de guayabas blancas recogidas de allí mismo. Natural, sin azúcar añadida. Dulce y fresco. Martha habla y yo miro alrededor: la granada, las máquinas de coser, las gallinas, las plantas, las obras. Y pienso que quizá no había mejor lugar para conversar con una artista cuya obra también parece haber nacido de aprender a mirar.

“La observación lo da todo”, me dirá más tarde.

LA NOTICIA

La conversación comienza con una noticia que parece demasiado grande para ese patio: Martha Jiménez acaba de ser seleccionada para participar nuevamente en Art Basel, una de las ferias de arte más importantes del mundo, en su edición de 2026.

Ella lo cuenta todavía con una mezcla de sorpresa y responsabilidad.

“La primera noticia me sorprendió porque participar en un evento de esa índole... Bueno, yo a veces voy y no conozco bien. Cuando participo digo: “Ay, pero ¿adónde estoy?”. Mi carácter, mi forma de ser es así”.

Ahora sabe dónde está. Y también sabe lo que tendrá que hacer. La feria será en diciembre. Presentará minimurales y escultura, esta última todavía en proceso. La había presentado como proyecto y ahora toca convertirla en obra.

“Tengo que trabajar muy fuerte para eso porque la feria es en diciembre, pero estoy aterrizada para trabajar”.

La frase podría parecer sencilla. Pero detrás hay una mujer que sabe lo que significa producir desde Cuba, con los tiempos, las dificultades y hasta el calor de estos días. Ella misma se ríe al recordar que a veces se sorprende de las cosas que ha conseguido.

Hace poco revisaba los reconocimientos de su trayectoria cuando encontró uno que decía “Premio de Continente”. ¿Premio de continente?, se preguntó. Después reparó en la dimensión de aquella palabra: “Nunca asimilo lo que me sucede y lo que he hecho”.

Quizás esa sea una de las características más entrañables de Martha: la distancia entre la magnitud de una trayectoria y la naturalidad con que ella la cuenta. No parece hablar desde el pedestal de los premios, sino desde el taller. Desde el trabajo.

UNA VIDA HECHA DE ETAPAS

Ha habido muchas Marthas en una sola Martha. Hubo un tiempo en que se enamoró del trabajo infantil. “Adoro los niños”, dice. Quería hacer cosas con ellos y terminó participando en eventos internacionales, en países como Checoslovaquia y Polonia, donde recibió reconocimientos por esa labor.

Antes había trabajado con personas mayores. Reunió a adultos, entre ellos médicos y otros profesionales que habían soñado alguna vez con pintar un cuadro, y consiguió que llegaran a realizar exposiciones personales.

“Fue un trabajo muy interesante con las personas adultas, y era un trabajo muy agradecido”.

Hay una frase suya que explica por qué recuerda aquella experiencia con tanta claridad: “Si no hubo un premio de otro tipo, hay un reconocimiento en esas personas que nunca van a olvidar”.

También estuvo la etapa de ser madre y artista al mismo tiempo. Sus tres hijos crecieron viéndola trabajar. Ella lo hacía, muchas veces, durante la noche o la madrugada.

Mientras tanto, llevaba alimentos a la Universidad de La Habana en cajas para el mes completo, entre el Vedado y la Cujae.

“Creo que he tenido una fuerza física y mental y logré lo que ellos querían. Fue muy difícil”.

Lo dice sin dramatismo. Como quien recuerda una época en la que simplemente había que hacerlo todo.

Sus hijos no se convirtieron en artistas como ella. Pero el arte quedó de algún modo en la familia. El varón tiene, según Martha, un conocimiento extraordinario de la teoría del arte y una capacidad para valorar la música, el cine y las distintas manifestaciones. Los otros encontraron sus propios caminos.

“Como yo trabajaba tanto infantil, los puse a todos en el grupo, y cogieron premios”.

Ahora mira también hacia la generación que viene. Ha visto trabajar a su bisnieta y cree que tiene talento. Habla entonces de los niños y de una de las primeras cosas que, a su juicio, hay que enseñarles: ocupar el espacio.

Recuerda una regla de psicología relacionada con los tamaños en los dibujos infantiles. Cuando un niño amplía las figuras, dice, puede haber una sensación de que las necesidades espirituales de su casa están resueltas; cuando dibuja todo muy pequeño, hay que prestar atención.

“Uno le tiene que enseñar que hay que ocupar el espacio”.

Para Martha, el arte no consiste únicamente en formar artistas: “No es que el niño vaya a ser pintor y vaya a ser escultor. Tienen que verlo como una modificación en el ser humano porque el arte nutre todo en la vida”.

LA ARCILLA Y CAMAGÜEY

Martha no nació en Camagüey, pero hace mucho que la ciudad forma parte de su biografía. Vino para trabajar y aquí se quedó. Una de las primeras cosas que encontró fue la arcilla: “Era una maravilla”.

Trabajarla terminó convirtiéndose en una de las decisiones fundamentales de su carrera y de allí salió una obra que reconoce como la más fuerte de su trayectoria: la cerámica.

Por eso, cuando viajaba a eventos, aprovechaba para hablar de esta tierra: “Vayan a Camagüey que la arcilla de Camagüey es única”.

Hay algo de esa materia en la historia de su casa actual. También ella ha sido modelada, adaptada, transformada. El primer taller fue mucho más pequeño: la cocina, un pedazo corto de patio. Pero allí cabía el trabajo.

“Se hace con un amor que tú no sientes ni la pared, ni el ruido, ni sientes nada”.

Desde entonces han cambiado los espacios, pero no esa necesidad de crear.

UN PATIO LLENO DE MEMORIA

En el patio de Martha hay cosas que podrían parecer casuales hasta que ella empieza a explicar de dónde vienen.

Están las máquinas de coser que han sido un símbolo para representar a su madre. Algunas personas se las han llevado y se las han entregado porque saben que terminarán encontrando un lugar allí. Piezas viejas, oxidadas, detenidas en el tiempo. A su alrededor, sin embargo, parecen esperar otra oportunidad: en manos de Martha, lo gastado todavía puede volver a tener una vida.

Más allá está el pequeño gallinero, un espacio rectangular protegido con malla. Dentro, un gallo, una gallina y algún polluelo continúan una tradición familiar: “Mi mamá tenía siempre gallos y gallinas, y siempre los he tenido en el patio”.

No los cría para comerlos. “Yo no me como eso ni loca”. Los conserva por tradición. Como conserva las plantas.

La yagruma. Los cocoteros que ahora preocupan a su hija Tania porque alguno podría terminar cayendo sobre la cabeza de alguien. La vegetación que ella quisiera llevar incluso hasta las habitaciones y la cocina.

“No hay cosa más nutriente, más que te puede dar que la vegetación”.

Cuenta que desde niña tuvo esa inclinación. Durante las vacaciones iba al campo y terminó aprendiendo, de una manera u otra, a relacionarse con las plantas.

“Es que salió a mi mamá”, decía su madre. Pero Martha enseguida corrige la genealogía: en realidad había salido a su abuela. Así funciona su memoria: una cosa conduce a otra. Una planta lleva a una abuela. Una máquina de coser lleva a la madre. Una granada lleva a Eusebio Leal.

LA GRANADA

La planta está allí, cerca de nosotras. Martha habla de Eusebio Leal y recuerda una disertación suya sobre la granada, sobre su importancia. Después conoció también la leyenda de la fruta a través de un pastor de una iglesia.

Ella consiguió su planta. La sembró. La tiene en casa.

“Para mí esa persona, en qué lugar ponerla, está presente”. Habla de Eusebio como alguien que le permitió conocer más allá de sí misma: “Conocer genios como él, de la literatura, vincularte con ellos te hacen conocer la vida”.

Luego mira la granada y me hace una promesa pequeña, íntima, casi doméstica:

“Cuando tenga una voy a dedicártela”.

Una granada dedicada. Hay algo hermoso en ese gesto. Quizá porque toda conversación con Martha parece terminar convirtiéndose en una forma de intercambio: alguien le entrega una historia, una planta, una máquina, una enseñanza; ella la conserva, la transforma y, algún día, devuelve algo.

MIRAR ANTES DE CREAR

Martha es una persona callada y observadora. Se lo digo.

La observación, responde, es parte de su vida y una forma de meditación. Recuerda a sus grandes profesores y una regla que aprendió de ellos: observar durante 15 minutos y trabajar durante cinco.

“Es decir, era mayor el tiempo de observación”.

En esa regla aparecen los nombres de Sosabravo, Camel, Mariano. Y vuelve a repetir: “La observación lo da todo”.

Ahora entiendo un poco mejor la figura que encontré al fondo del patio. Desde la entrada, apenas se distingue entre las hojas. Hay que acercarse. La mirada tiene que atravesar el jardín, detenerse, buscar. Como una obra. Como una casa. Como una persona.

Martha me enseña entonces los murales con los que quiere cubrir las paredes del patio. Y la casa empieza a revelar otra de sus dimensiones: ella misma ha ido modelando el espacio de acuerdo con su manera de ver.

No se trata solamente de vivir allí. Se trata de construir alrededor una visión.

Ella dice que está aquí casi como en un bosque: “A mí afuera no me importa nada. Yo entro aquí y puedo estar un mes sin salir allá afuera”.

No parece decirlo desde el encierro, sino desde el refugio.

“Todo lo visualizo, lo palpito, y estoy bien. Mentalmente y visualmente todo me ayuda”.

LO QUE TODAVÍA ESTÁ POR HACER

En el taller quedan las obras empezadas. Una serie de las amigas. Carboncillos. Una serie que comenzó con tijeras. Y «El secreto de mis cabras», una obra que le encanta porque las cabras también forman parte de esas obsesiones particulares que vuelven una y otra vez.

Pero muchas cosas están detenidas. No por falta de ideas. Por el tiempo. Los viajes, los compromisos, las obligaciones y ahora Art Basel obligan a escoger. Así que toca cambiar de rumbo y ponerse para la feria.

Hay algo casi circular en la escena: una artista que ha dedicado buena parte de su vida a mirar y que ahora, a los tiempos de una nueva oportunidad internacional, debe dejar algunas obras en pausa para terminar otras.

La mujer que ha convertido patios, cocinas, arcilla, niños, plantas, animales y recuerdos en materia de creación vuelve a enfrentarse a un plazo.

Diciembre. Art Basel. Trabajo.

LA FAMILIA COMO PRINCIPIO

Antes de despedirnos, Martha habla de sus padres.

Su padre era un hombre lector, con una inteligencia que ella recuerda especialmente. Tenía un cargo importante en un central, había estudiado hasta técnico medio, había viajado. Su madre era noble, tranquila, de pocas palabras.

Fue su padre quien supo ver algo en ella y encaminó ese talento. A la entrada de la casa, en uno de los muebles donde tiene sus trofeos está la cajita de música que le regaló su padre, atesorada como uno de sus grandes premios junto a una vasija obsequiada por su maestro Sosabravo.

Por eso, cuando le pregunto qué consejo daría en este momento en que tantas veces la mirada sobre la vida se queda atrapada en lo negativo, no empieza hablando de arte. Habla de la familia.

“Lo principal que yo veo del mundo y de la vida es la familia. Lo más grande es la familia”.

Después vuelve al arte, porque para ella ambas cosas parecen inseparables.

Dice que el arte no cura como un antibiótico ni quita los dolores, pero sí transforma la mente. Que acercar a los niños al arte desde la cuna puede ofrecerles otras oportunidades. Que cada persona es, en alguna medida, lo que la familia le permitió ser.

Y entonces deja otra de esas frases que parecen sencillas hasta que una las escucha después de conocer un poco su historia: “Vivir para el arte, ojalá”.

ANTES DE DICIEMBRE

Cuando nos despedimos, la granada sigue allí.

También las máquinas de coser, las gallinas, las otras plantas y las obras que esperan.

Quizá dentro de unos meses alguna de esas piezas que ahora permanecen detenidas vuelva a ocupar el lugar que Martha le tiene reservado. Quizá la mujer del fondo del patio quede rodeada por nuevos murales. Quizá madure la granada que prometió dedicarme.

Y mientras tanto, en esa casa que ella ha ido transformando según su propia manera de mirar, Martha Jiménez prepara su regreso a Art Basel.

No parece demasiado preocupada por la magnitud de la frase. Está preocupada por trabajar.

Porque después de una vida de premios, viajes, hijos, arcilla, niños, adultos mayores, exposiciones y obras, quizá siga funcionando aquella antigua regla de sus profesores: mirar mucho y después hacer.

Martha mira.

Y ahora tiene hasta diciembre para hacer.