-Hasta finales de febrero estará en el espacio galerístico Nicolás Guillén del periódico Adelante, una muestra del proyecto comunitario Fantasibarro que en noviembre cumple sus quince. Hoy aprovechamos para sintonizar la brújula con el instructor de arte que lo ha sostenido, respaldado por personalidades como Nazario Salazar y asociaciones como la Sociedad Cultural José Martí.

CAMAGÜEY.- Esta exposición es, ante todo, una historia que comienza lejos del centro: en la comunidad rural Batalla de las Guásimas. Reparadores de sueños permite entender la cultura comunitaria como acto de resistencia y de amor. Es un asomo al taller Fantasibarro, de la Casa de Cultura Comunal José Manuel Collazo.
Más allá de premios o itinerarios, el objetivo de su instructor Iván Castillo Guerrero es claro: “Conjurar el fatalismo geográfico y generar felicidad. Que la creación deje una huella espiritual. No todos serán artistas, ni tienen que serlo.

Lo importante es que sean felices mientras crean”.Cerámicas modeladas con el barro de la presa cercana, dibujos y piezas bidimensionales en técnica mixta —donde conviven yagua, cascarón de huevo, aserrín, plastilina y acrílicos— conforman una muestra itinerante que ya ha recorrido espacios e instituciones de Vertientes, Florida y Camagüey.“No es una exposición cualquiera —dice Iván—. Es un homenaje al quehacer de Fantasibarro y a sus principales exponentes, niños y niñas que durante años han hecho gala de su imaginación y han llevado el nombre de esta comunidad a concursos tan importantes como el Lídice de Arte Infantil de la República Checa”.
Precisamente en febrero, un alumno recibirá una Mención de Honor del Lídice 2025, en la Academia de San Alejandro, en La Habana.Fantasibarro es una manera de imaginar la materia. Nació con otro nombre —Sueños de barro— y con la misma vocación: crear desde lo que se tiene a mano. “Usamos materiales alternativos para saltarnos las carencias.
Lo importante es que los niños entiendan que la creación es posible con lo que nos rodea”, explica. Esa filosofía atraviesa todo su trabajo y se traduce en una práctica cotidiana: la Casa de Cultura permanece abierta, el taller funciona casi a diario y el vínculo con la comunidad es directo, casa a casa.
“Vivimos bastante alejados del centro cultural más importante, que es la ciudad de Camagüey. Pero desde allí hemos hecho un trabajo que se inserta con resultados tangibles en todos los escenarios donde podemos confrontar”, añade.
Iván, Mejor Instructor de Artes Plásticas de la provincia en 2025, insiste en quitarse protagonismo. “Este no es el momento de mi obra. Las que deben estar aquí son las de ellos. Son los que tienen la fuerza de voluntad y el amor necesarios para convertir una convocatoria en una maravilla”.
No habla de sus alumnos como una estadística. Los nombra como parientes. “La Casa de Cultura es comunal. Pasan personas, miran, entran. Somos como una familia. Compartimos mucho: vamos al cocal, hacemos una caldosa. Pero el trabajo es lo que nos reúne siempre”.Acerca de la relación con los niños, explica: “Tengo doce en el taller y otros que empiezan.
Nazario Salazar reconoce a Iván como un discípulo laborioso, y a Fantasibarro, como hijo o nieto de sus proyectos comunitarios de barro y Colibrí de arte miniaturista.
Nunca le digo que no a nadie. 'Venga, siéntese, trabaje'. Después la continuidad hace su decantación natural: unos se quedan, otros pasan. Y cuando alguien persiste, ahí tú sabes que hay algo profundo”.Así ha visto crecer a muchos hasta convertirse en artistas. “Wilber Aguilera, por ejemplo, que vive en España. Fue mi alumno y se graduó de la Universidad de las Artes ISA con Nelson Herrera Ysla como tutor.
Otros son hoy instructores de arte. Y otros no siguieron, pero igual hicieron su tránsito por la creación”.Su propia historia comienza en un monte llamado La Jía. “Soy hijo de campesinos. La jía es una planta que pincha muchísimo. Allí, como a los diez años, toqué por primera vez la arcilla que sacan las bibijaguas del subsuelo. Esa tierra amarillenta me hipnotizó. Empecé a modelar sin que nadie me enseñara”.
Ese gesto inicial se multiplica en sus discípulos: creer en lo que nace de las manos. Hoy quema sus piezas —y las de sus alumnos— en un horno construido por él mismo, alimentado con cascarones de coco. “A las dos de la mañana aquello parece un volcán en erupción. El fuego es una criatura peligrosa: si no te entiendes con él, te puede destruir el trabajo de un mes.
Eso es algo que yo les inculco a los alumnos: todo el proceso existe pensando en ese momento”.La clave, nos cuenta, está en acompañar sin imponer, porque el arte no es una meta obligatoria. Ese sentido se vuelve visible en la expo: niños que, desde su propia comunidad, reparan —con imaginación y ternura— una parte del mundo.
