-Recuerdos de una muchacha del IPVCE Máximo Gómez Báez

CAMAGÜEY.- He rebuscado en mis papeles los recuerdos de La Vocacional. No sé exactamente qué esperaba encontrar. Quizás una fotografía, alguna fecha que me ayudara a ordenar los años, una prueba de que aquello ocurrió y no es una de esas vidas que con el tiempo se vuelven más hermosas porque la memoria ha decidido quedarse con lo mejor.

Encontré papeles.

Una foto del grupo de duodécimo. Un horario. Carticas. Postales impresas en aquellas impresoras de entonces, con sus corazoncitos atravesados por flechas. Una carta de amor. Una disculpa de un compañero. Un papelito de Yaimé, La Flaca, con su teléfono y su dirección, y debajo de la fecha una frase que ahora me parece enorme: “Año de las despedidas”.

Y encontré una pequeña libreta redonda. La portada tiene dibujada una huella de león. Las hojas tienen bordes de distintos colores y al final hay un león dibujado. Dentro está la semblanza que me escribió Yasit Segovia Vega el 30 de mayo de 2002.

Veinticuatro años después, vuelvo a leerla.

Y entonces aparece una muchacha que yo creía conocer.

***

Estudié en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Máximo Gómez Báez entre 1999 y 2002. La Vocacional, para todos.

El preuniversitario al que se llegaba con buenas notas, buenos resultados en las pruebas de ingreso y, en mi caso, también siguiendo a una prima. Yo quería estudiar allí porque ella estudiaba allí. Era mi referente y yo la seguía.

Vivía en Camagüey, pero la escuela estaba en un punto de la circunvalación, junto a la fábrica de cervezas Tínima. Estar becada significaba aprender también otras cosas.

Cuando no había agua, cargábamos cubos y pomos desde una pila de la fábrica. O íbamos en dirección al organopónico, donde hacíamos la actividad del campo, casi siempre escardando canteros.

En los ejercicios del Día de la Defensa practicábamos qué hacer ante un escape de amoniaco. No era una amenaza completamente imaginaria: aquellos escapes ocurrían con cierta frecuencia. Habíamos aprendido, entre otras cosas, a mirar la dirección del viento para saber hacia dónde correr.

Hay recuerdos que tienen olor, otros tienen una música.

Los de La Vocacional a veces tienen el sonido de una guagua, el murmullo de un comedor, una canción de Maná, el ruido de alguien llamando desde otro dormitorio.

Y tienen pasillos.

***

Recuerdo una tarde en que estábamos sentados en una de las escaleras entre la beca y el comedor. Hablábamos de las carreras universitarias porque ya se acercaban las pruebas de aptitud.

Los demás parecían saber.

Yo no.

Anotaba las posibilidades de salir de la escuela como quien anota destinos posibles: el ISA, Derecho, Periodismo, Psicología.

Lo único que tenía claro era que quería estudiar en una universidad que no fuera la de Camagüey. Entonces me parecía fea, demasiado parecida a un pre rústico. Yo quería otra arquitectura, otra ciudad, otra vida.

Una tocaya me miró y, ante mi absoluta falta de vocación definida, dijo:

—Pues tú deberías estudiar Periodismo.

Así entró Periodismo en mi vida.

Después hice la prueba de aptitud, aprobé y alcancé por escalafón una de las pocas capacidades disponibles. Ese año éramos tres, pero mis compañeros debían pasar el servicio militar y terminé marchándome sola a Santa Clara.

Me convertí en la camagüeyana de aquella primera graduación de Periodismo de la Universidad Central de Las Villas.

Pero esa ya es otra historia.

***

En La Vocacional yo era de Historia, de Lengua Española y de Matemática. Nunca fui de una selección nacional ni nada parecido. En mi aula, sin embargo, había geniecitos en potencia.

Pertenecía a la Unidad 1 y al primer grupo.

También subí al Pico Turquino.

Éramos tres en la vanguardia de mi grupo: Damairys, de Sibanicú; Joyce, de Camagüey, y yo.

Mi madre me había preparado carne de cerdo frita y otras cosas para comer durante el ascenso. Pero mientras subíamos descubrimos que lo verdaderamente energizante era el pomo de agua con azúcar prieta que llevaba Joyce.

Y estaba aquella otra cosa que solo podía suceder entonces: por ser el único varón entre nosotras, Joyce terminó cargando la mochila de los tres.

No fuimos los primeros de todos. Fuimos los primeros de nuestro grupo. A veces la memoria necesita esa precisión.

***

Hay otras cosas.

La beca. Lo que comíamos. Los profesores. Los primeros amores. Los pases largos y los pases cortos. Las noches de autoestudio.

Una de esas noches supimos de las Torres Gemelas mirando la televisión en el aula.

Éramos adolescentes cuando el mundo cambió delante de una pantalla.

También aprendimos a convivir.

En nuestras aulas había muchachos de todos los municipios de la provincia. Familias con más posibilidades y otras con muy poco. Personas que llegaban con distintas historias y terminaban compartiendo durante tres años una mesa, un dormitorio, una escalera, una preocupación antes de un examen, una canción.

Quizás eso también fue La Vocacional: una escuela que enseñaba materias, pero que nos enseñaba, sin proponérselo, a soportarnos, a querernos, a descubrir que el otro podía ser distinto y seguir siendo nuestro.

***

Yo firmaba con cuatro bolitas, como una huella de león.

Me paraba delante del aula a recitar a Fayad Jamís.

Cantábamos Rayando el sol.

Bailábamos casino en la plaza de las banderas.

Había un profesor de disciplina llamado José Pérez, temido por nosotros y, visto desde ahora, también necesario.

Y estaba Yasit.

No había comenzado con nosotros. Llegó después, cuando desintegraron su grupo.

Le tocó hacerme la semblanza de despedida.

La tradición era sencilla y preciosa: cada uno recibía el nombre de un compañero y debía escribir sobre él. Si no lo conocías suficientemente, tenías que buscar la manera de conocerlo.

De ahí salieron algunas de aquellas carticas que todavía conservo.

Yasit comenzó la suya confesando que no me conocía. Solo había escuchado comentarios.

Después escribió que los de Camagüey parecíamos “las niñas Blancas Nieves”, tan finas y delicadas, como si durmiéramos en una caja de cristal.

Me río ahora.

Porque yo sé que aquellas muchachas de la caja de cristal también cargaban agua cuando no había, escardaban canteros, subían montañas y corrían cuando había un escape de amoniaco.

Pero lo que más me conmueve no es lo que Yasit creyó al principio.

Es lo que descubrió después.

***

“Siempre tratabas de sobresalir”, escribió.

Yo me paraba frente a todos a decir cualquier bobería y conseguía que me atendieran como si fuera el ombligo del mundo.

Hasta ahí podría reconocerme.

Pero entonces llegó el poema.

Yasit recordó a aquella loquilla que recitaba a Fayad Jamís y, a partir de sus versos, comenzó a verme de otra manera.

Detrás de la muchacha que hacía ruido había alguien dispuesto a ayudar.

Alguien capaz de sacrificar sus estudios por los de los demás.

Alguien con quien se podía contar.

Recordó incluso una de mis “máquinas”: aquella vez que llegué al aula con Zahily anunciando que teníamos Educación Física y conseguí que todos se cambiaran de ropa.

Yo había olvidado algunas de esas cosas.

Ella no.

Y eso es lo extraño de crecer: uno va perdiendo pedazos de sí mismo que todavía existen completos en la memoria de otros.

***

Tengo una cartica de disculpa de un compañero.

Me deseaba un buen futuro y me pedía que siguiera siendo yo.

Tengo las palabras de Yaimé, que sabía que algún día, cuando alguien me regalara flores o comiera platanito, yo me acordaría de ella.

Tengo las postales que nos hicieron los profesores por el Día de los Estudiantes. Una de ellas está hecha a mano y firmada por Julio, Graciela y María del Carmen.

Tengo otra con el Dibu, seguramente preparada con ayuda de Raudel, el profesor de Computación.

Tengo una postal del 8 de marzo donde quedaron escritos pequeños párrafos de mis compañeros.

Tengo cartas de una época en que para decir “búscame si me necesitas” había que escribirlo en un papel y entregárselo a alguien.

Ahora pienso en esos papeles y me parece que todos dicen lo mismo.

No te pierdas.

No cambies.

Búscame.

Estoy aquí.

***

Muchos de aquellos compañeros ya no sé dónde están.

No sé qué hicieron con sus sueños.

No sé cuántos llegaron a ser lo que querían ser aquella tarde en la escalera, cuando hablábamos de las carreras universitarias.

Algunos nombres permanecen intactos. Otros aparecen de pronto en una fotografía y tengo que buscarlos dentro de mí.

Pero la muchacha de entonces sí aparece.

Está en la pequeña libreta redonda.

Está en las cuatro bolitas que imitaban la huella de un león.

Está en una muchacha de Altagracia que, sin conocerla demasiado, tuvo que mirarla de cerca para escribir sobre ella.

Y está, sobre todo, en aquellas últimas palabras de Yasit: que no cambiara nunca, que siguiera siendo una persona con la que los demás pudieran contar, que supiera apreciar el valor de las cosas pequeñas.

Después de veinticuatro años, no sé si cumplí del todo.

He cambiado de ciudades, he aprendido de trabajos, he conocido otras amistades. He asimilado cosas que aquella adolescente no podía imaginar. He perdido personas. He ganado otras. He tomado caminos que entonces ni siquiera estaban en la lista de aquella escalera.

Pero conservo la libreta.

Y al leerla vuelvo a entender algo que quizás entonces no sabía: que una vida también se construye con la memoria que dejamos en los demás.

Por eso pienso en todos ellos.

En los que todavía encuentro. En los que no sé dónde están. En los que seguramente cambiaron mucho y en los que quizá siguen siendo, en algún rincón, aquellos muchachos de uniforme.

A todos les deseo lo mismo que aquella muchacha de 2002 hubiera querido escuchar: que alcancen sus metas. Que cumplan sus sueños.

Y que, si alguna vez se sienten perdidos entre calles, pasillos y recuerdos, encuentren dentro de sí mismos una pequeña huella que les recuerde quiénes fueron.

Yo, al menos, todavía ando por allí.

Alucinada.

Entre pasillos y recuerdos.