Marilyn Solaya, su guionista y directora, asistió a todas las presentaciones y se quedó siempre hasta el final, “para no perderme esa oportunidad de leer en los rostros la reacción, las emociones de la gente”.

Vestido... es su primer largometraje de ficción. Bueno, su primer largometraje y punto. Los cercanos al mundo del cine entenderán cuánto significa eso (hacer un “largo”) para un director en Cuba o en cualquier parte del mundo. Y sabrán, además, lo que representa sacarse con una ópera prima el Premio de la Popularidad en un evento como el Festival, a donde se supone que concurre lo mejor de la producción fílmica de América Latina.

Pues esta floridana logró ambas cosas en el 2014 y por las suertes de las proximidades espirituales que genera la “camagüeyanidad”, a menos de un mes del estreno habanero trajo a casa la película de sus tantos desvelos y alegrías, para compartirla en esta última semana del año con la familia coterránea.

Desde el teléfono de su casa capitalina, sin importarle las altas horas de la noche en que le llegaron las preguntas, Marilyn accedió agradecida a conversar con los lectores de Adelante.

—La gente quizá no te asocie ahora, pero antes de dirigir actuaste en varias películas, empezando por la mítica Fresa y Chocolate donde hiciste de Vivian, la novia de David. ¿Por qué primero actriz y ahora cineasta?

—Mira, yo desde niña tuve siempre un interés muy grande por lo audiovisual. No había un domingo en que dejara de ver las Tandas aquellas de Mario Rodríguez Alemán; y recuerdo con gozo los tiempos en que mi papá, allá en Florida, me llevaba de la mano al cine. Ver películas y leer eran mis dos grandes pasiones. Lo son aún.

“Entonces, muy jovencita, me fui a La Habana, al ISA, a estudiar teatro. Eso me dio muchas herramientas para empezar; pero lo que yo quería era precisamente dirigir y lo tenía claro. Actuar fue la manera más efectiva que encontré para poder insertarme en rodajes y aprender del mundo del set o del proceso arduo que es encarnar un personaje. Fue una praxis que sirvió para nutrir a la directora que hoy soy, para complementar la formación recibida en el ISA o en esa escuela grandiosa que es San Antonio de los Baños, donde recibí cursos y talleres inapreciables y donde hice asistencias de todo tipo”.

—¿Cómo llega a ti la historia que abordas en Vestido de novia?

—Todo empezó en el 2001, con el documental Mírame mi amor, un trabajo que hice sobre el exhibicionismo tan agresivo que se vivía entonces en la ciudad. Investigando para la filmación apareció el tema de la transexualidad. En aquel momento no existía el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX) ni había cultura al respecto de estas temáticas, y a mí se me ocurre en un programa de televisión anunciar que mi próximo documental sería sobre ese asunto, que en los libros de Medicina cubanos solo se abordaba en una o dos páginas.

“A raíz de la declaración, recibí una llamada de la primera persona operada en Cuba en 1988 para reasignarle su sexo. Ella me dijo: si vas a hacer esa película, tienes que escucharme primero. Y así fue, un día del 2002 o 2003 apareció en casa y me contó su historia, esa historia demoledora de vivir el divorcio entre tu sexo biológico y tu sexo psicológico.

“Mi película empezó a surgir de ese diálogo, y fue creciendo durante diez largos años de investigación, porque yo no sabía nada del tema, como casi todo el mundo. Conocí a muchos otros seres atrapados en el cuerpo equivocado, me vinculé con fuerza a los estudios de género y me convertí en una orgullosa y convencida feminista. Concretar el rodaje fue un proceso largo, accidentado, como suele pasar en la industria fílmica, pero ahora, mirándolo bien, creo que la demora me ayudó a solidificar mis conocimientos y a encontrar la línea temática por donde abordar un fenómeno tan complejo”.

—Hablando de eso; Vestido..., salvo las referencias necesarias al pasado de Rosa Elena, se centra abiertamente en todo lo que ella enfrenta posteriormente a su reasignación sexual. ¿Por qué te interesó tanto ese después?

—Mira, cuando comencé a adentrarme en las vivencias de estas personas, tanto las reasignadas como las que esperan dar ese paso algún día, me di cuenta de algo sorprendente: todas esperaban el proceso quirúrgico como el fin de sus problemas, como si tener una vagina fuera la condición fundamental para ser mujeres plenas o como si ser mujer fuera poder casarse con velo de novia.

“Pero luego, lograda la reasignación, es increíble ver cómo reproducen el mismo esquema de feminidad que dictan los estereotipos y los prejuicios sociales: la que lo hace todo en la casa, la sumisa ante el esposo, la del sexo débil. Eso me pareció un hallazgo, el verdadero hallazgo, y de eso fue que quise hablarle a la sociedad de mi país.

“Mi película —y perdóname la palabra— no es una película de homosexualismo y no quisiera que la gente la fuera a ver con esa idea. Mi película es acerca del cuerpo socio-sexual de la nación cubana, es de desgarros emocionales y formas de violencia socialmente legitimadas, de la doble moral y las presiones que el juicio ajeno genera en nuestras vidas, es de las huellas dañinas que provoca el machismo, el patriarcado y la hegemonía en todos los seres humanos, hombres y mujeres, es de cómo nos lastra la sensibilidad el vivir coactados así”.

—Y para hablar de todo eso, elegiste una historia de amor...

—No creo que podía ser de otra manera. El filme se sitúa en 1994, el año de Fresa y Chocolate y de los sucesos del 5 de agosto; un año en que mucha gente se fue, pero también mucha gente decidió quedarse. Y yo creo que el amor fue muy importante para las permanencias. El amor es importante para quedarse en todos los sentidos: en un país, o al lado de una persona, pase lo que pase.

“Además, estaba la historia real. Hay gente que ve ficticio o flojo al personaje de Ernesto y me dicen: ‘¿tú crees que ese hombre exista, un hombre capaz de amar así, de resistir las presiones?’. Yo sé que existe, yo lo conocí, los he conocido. Ese es el hombre por el que yo apuesto. Uno lo suficientemente humano como para defender su sensibilidad de las castraciones sociales. Porque sépase que el asunto del género no ha afectado solo a la mujer, también el hombre ha sido ‘encorsetado’ en moldes que lastran su humanidad. Y sinceramente creo que solo el amor nos puede hacer emerger a todos por encima de esas prisiones”.

—A la salida de las puestas, ¿qué te dijeron los rostros de las personas?

—Mucha gente salía llorando. En varios momentos de las proyecciones se hacían los aplausos. Siento que el público despertó, que descubrió cosas. Ese mismo Premio de la Popularidad dice hoy mucho de la audiencia, del pueblo cubano; en realidad somos una nación más sensible de lo que se cree.

“La experiencia me demostró que no hay que tener miedo de tocar ciertos temas, que la población está necesitada de ello y, además, preparada para asumirlo. A veces se subestima mucho a las audiencias y a su capacidad de entendimiento y apostamos por lo fácil. Y no creo que esté mal reírse con comedias, pero los cineastas tenemos que comprometernos también con la realidad, porque el público está muy interesado en ese tipo de propuestas”.

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