CAMAGÜEY.- Quien la conoce o ha trabajado con ella, sabe de su pasión por la profesión que ejerce y de ese don que la acompaña de unir a las personas de los más diversos campos del conocimiento en pos de un sueño común. Y es que la M.Sc. Rebeca González López del Castillo ha bordado su historia profesional y personal desde la vocación que nace en los primeros años de vida. Lo cuenta con la emoción que no desaparece aun cuando ya suma 41 años de carrera. “Yo nací con la geografía en las venas”.
Mientras conversamos regresa a su infancia y narra su avidez por esta ciencia. “Recuerdo mi niñez asociada a una ´bolita´ del mundo, donde yo jugaba diciendo “voy a este país, voy a este lugar” . Y tuve la suerte de tener una tía abuela que había estudiado en los Estados Unidos, doctora en Geografía, que había traído muchas revistas del National Geographic Magazine. Mis libros de dormir por las noches no fueron ni la Cenicienta ni Blancanieves, siempre estuvieron asociados a los grandes lagos, al Gran Cañón del Río Colorado, a los Alpes…, eso me fue creando una visión sobre los recursos y el medio natural que caló muy hondo en mí”.
Su familia intuía su vocación y fue dando alas al sueño. “Siendo ya una adolescente encontré un libro que me había regalado un primo cuando cumplí los cinco años y la dedicatoria decía: ʻA Rebequita, la futura geógrafa de la familiaʼ. En esos momentos tendría yo 16 o 17 años y supe que desde muy temprana edad me vinculaban de alguna manera a la geografía”.
Su paso por la Universidad de La Habana no hizo más que confirmarle que su camino era esta ciencia que entre mapas, relieves y lugares, enamora a quienes deciden sumergirse en sus múltiples aristas.
“En mi vida de estudiante me gustaron mucho mis clases de Geografía, yo era monitora de esa asignatura. Siempre tuve un afán por ir más allá del conocimiento que me daban en la escuela y trataba de profundizar y de indagar. Cuando llegó la hora de decidir tuve la oportunidad de visitar la facultad de Geografía en La Habana en 10mo. grado para pedir el plan de estudio y saber si se correspondía con la idea que yo me había hecho”.
Recibió mucho apoyo de su familia que siempre vio en ella una vocación natural. Si algo tenía claro la joven Rebeca era que quería estudiar Geografía para investigar. Tanto fue así que su boleta fue famosa en el pre, porque eligió diez veces Geografía ante la certeza de que ninguna otra carrera definiría su vida. Su época universitaria estuvo marcada por la impronta de excelentes docentes en una especialidad que en aquel entonces delimitaba muy bien los perfiles del geógrafo físico y del socioeconómico.
El primer gran giro de su vida ocurrió recién graduada. Una anécdota marcó esa etapa, y aunque hoy la recuerda con simpatía dice que su primer día de trabajo fue uno de esos en que más lloró. “Me gradúo de Geografía Física con una tesis en oceanografía trabajando mareas, y cuando me llegó la ubicación laboral me tocó trabajar geografía del transporte. La frustración fue tan grande que solo atiné a llorar”.

La jefa del grupo al cual pertenecía le dijo que cuando terminara de llorar se estudiara cerca de una veintena de libros que puso sobre su mesa. “Fue una terapia de choque”, rememora hoy entre risas. Pero su constancia y disciplina le permitieron aprender mediante la autosuperación y la guía de sus colegas. “Tuve la suerte de insertarme en la obra científica Atlas Nacional de Cuba y me tocó un gran reto: dirigir la parte de transporte y comunicaciones”.
“El atlas fue una obra gigantesca, de derroche de conocimiento de todo el país, donde entré como geógrafa socioeconómica y tuve que aprender de transporte, comunicaciones, recursos naturales, aprovechamiento del medio natural, agricultura, ganadería. Me abrió un espectro, para poder insertarme en los consejos de expertos a partir de la autopreparación. Era una obra con rigor científico, que solo quien la vive lo puede contar”.
Esta vivencia previa determinó su trayectoria cuando regresó a su Camagüey natal, al que llega con la ilusión de retomar el perfil de geografía física. Sin embargo, en el Centro de Investigaciones de Medio Ambiente de Camagüey (Cimac) tuvo que aplicar su experiencia como jefa de redacción de la sección de economía del nuevo Atlas Regional de la provincia, un proyecto que comenzaba.
Playa Santa Lucía marca otro punto de inflexión en su vida; tal vez por eso siempre habla con tanto cariño de ese ecosistema y de su pueblo. “Santa Lucía tiene un lugar muy especial en mi corazón, pues fue el punto de retorno a la geografía física que había sido una deuda personal conmigo misma. Escribí un proyecto de gestión ambiental de zona costera y había que evaluar sobre todo el recurso playa y tuve la oportunidad en las tres etapas de ese proyecto (2006-2008, 2009-2011 y 2012-2014) de adentrarme junto al equipo en el conocimiento de un ecosistema que se había desarrollado signado por el turismo y quizás con insuficiente conocimiento de cómo habían evolucionado en el tiempo bajo esa presión de uso sus recursos naturales y sus potenciales. Santa Lucía significa para mí, el retorno al sueño, y allí somos una gran familia”.
Aunque siempre ha estado asociada a la investigación --actualmente ostenta la categoría de investigadora auxiliar-- y no se imagina como docente a tiempo completo, Rebeca lleva el bichito de la enseñanza en la sangre y sus dotes para conectar con los estudiantes las heredó o aprendió de su madre, a quien veía horas y horas preparando clases en una época en que las computadoras parecían ciencia ficción. “Sabía que no me gustaba, tal vez por mi personalidad más bien tímida, sin embargo, heredé de mi mamá una facilidad de palabras, una coloquialidad que ayuda mucho”.
No obstante, comenzó a impartir docencia casi acabada de graduar. “Me tocó formar a especialistas nicaragüenses en cómo organizar una sección temática de un atlas, y de allí para acá perdí la cuenta de cuántas tutorías de tesis de maestría y de grado he realizado y cuántas conferencias he impartido. Soy una investigadora que se desdobla en profesora cuando las circunstancias lo requieren”.
Se categorizó como profesora auxiliar adjunta por una necesidad del Cimac y por solicitud de la Casa de Altos Estudios cuando la universalización. “Fue un reto, pero cuando uno ama lo que está transmitiendo de alguna manera eso fluye solo, porque estás consciente de quieres que esa persona que te está escuchando entienda y aprenda”.
Uno de los públicos con los que se siente esa empatía y esa conexión natural de Rebeca es con niños y adolescentes. Basta verla interactuar con los de los círculos de interés de Santa Lucía conversando sobre los pastos marinos, las playas y el cuidado de la fauna marina. Parece una niña más, el entusiasmo se desborda en su mirada y entre dinámicas de participación, saberes compartidos y un cariño recíproco se ha ganado el corazón de los pequeños Thalassia, como se hacen llamar en el proyecto de igual nombre.
“Cuando estoy en un auditorio con ellos siento ese nerviosismo, las manos frías, porque pueden hacer las preguntas más inesperadas. Me pasó cuando fui invitada a un taller por la Agencia Francesa de Desarrollo dedicado al Día Mundial de los Océanos, con interrogantes sobre esta temática desde el punto de vista económico y ambiental, pero nunca imaginé que se iba a levantar una mano para preguntar: ʻ¿qué me puede decir de las fosas de Las Marianas?´ Y allí te das cuenta de que vuelve a servirte aquella clase de Geología y aquella excelente profesora, Cándida Artimes, cuando nos explicaba ese fenómeno, desde el punto de vista físico, y la memoria viene a tu socorro. Yo me había preparado sobre varios temas, pero nunca imaginé aquella pregunta”, confiesa.
En la actualidad la experiencia de Rebeca como investigadora se halla asociada a dos proyectos: Turismo Azul, del cual es jefa, y Thalassia, del que coordina las acciones en la provincia y que dirige el Instituto de Ciencias del Mar (ICiMAR).
Sobre el primero explica: “Una cosa fue escribir el proyecto y otra ver lo que significaba para Santa Lucía. Luego de la COVID-19 estaba el reto de volver a levantar el turismo cuando ya habían surgido escenarios emergentes en el propio Camagüey con mejor calidad de playa. Planteamos una manera diferente de ver el turismo y con las fortalezas de Santa Lucía, que es única, además de playas arenosas tiene lagunas costeras bajo regulación salinera, yacimientos de fangos, uno de los peloides mineromedicinales mejores de Cuba, y la Thalassia, un pasto marino con múltiples potencialidades”.
¿Cómo llega el proyecto Thalassia?: ”En Santa Lucía la Thalassia testudinum reina, una fortaleza hoy para el ecosistema, se ha visto a lo largo de la historia como una debilidad, un problema porque los turistas no quieren una zona de baño donde haya vegetación. De la mano de este trabajo nos llegó un conocimiento adicional, profundo y consolidado, de las propiedades reales de esa planta superior, cuyos usos son muy diversos.
“Thalassia necesitaba no solo monitorear para saber el tamaño de las hojas, evaluar la estacionalidad del extracto, sino también que Santa Lucía empezara a cambiar la mentalidad y la mirada hacia el ecosistema y decidimos que si uníamos fuerzas los impactos serían mayores, no había otro camino. La línea que divide a Turismo Azul de Thalassia es cada vez más fina, porque cada proyecto le ha aportado riqueza al otro. Ese conocimiento nos ha permitido consolidar la creación de capacidades donde el turismo azul incorpora la dimensión del uso sostenible de esas praderas, y poder usarla no solo para posibles fármacos, sino también para desarrollar una línea de cosmética natural.
“La creación de círculos de interés, de capacidades en grupos meta están demostrando que hoy la mirada no es la misma. Trabajamos para lograr ese cambio de mentalidad”.
Rebeca anda hoy en busca de otro sueño, que va más allá de un título y demuestra su dedicación a la ciencia. Risueña nos cuenta: “Ahora estoy en un tema muy complicado porque me ha dado por hacerme doctora a esta edad, pero lo he asumido como una meta personal y profesional y un compromiso, por tanto, cuando no estoy en el Cimac estoy trabajando gobernanza climática para mi tesis doctoral”.
La experiencia de esta geógrafa de vocación, quien con cada proyecto ha ampliado sus horizontes, le permite afirmar que: “El conocimiento te hace rico personalmente, pero tiene también que hacerte humilde, sencillo, afectivo, coherente y familiar, y eso es lo que al final van a reconocer a lo largo de tu vida, esa es tu huella”.
Define su día a día como una cubana típica, familiar y que gusta de ver alguna serie cuando su apretada agenda se lo permite. Cuenta con el apoyo de su esposo, su papá y sus hijos, una familia muy ligada a la investigación y a la docencia. “Les digo a mis hijos que si algo he podido legarles es el amor a la profesión por encima de todo, porque si hoy, ya jubilada y recontratada, me dieran a llenar nuevamente una boleta para estudiar en la universidad volvería a escribir diez veces Geografía, siempre ha sido y será mi vocación. Lo que logré como geógrafa, mucho o poco, ha sido mi aporte desde el corazón”.
