Y es que independientemente de las maneras de pensar o vestirnos la cultura es lo que garantiza la unidad perpetua entre los hombres de un mismo suelo. Así lo demostró el Centro de Estudios Sobre la Juventud con la IV Encuesta Nacional que realizara a este segmento poblacional en nuestro país en el año 2012; el 96 por ciento de los entrevistados expresaron sentirse orgullosos de su cubanidad, de su cultura.

Eso que hereda el gentilicio nacional en esta parte del orbe no es más que el ajiaco que nos cocinó Ortiz, un mejunje de sabores, olores y colores de todas partes que nos queda servido en plato de caimán.

A riesgo de pecar de folclorista, tendencia que no reconoce la transculturación o la hibridación de la que nos habla el teórico argentino Néstor García Canclini, la que escribe se une a las concepciones antropológicas para entender la cultura como el resultado del modo de vida completo de un pueblo. Porque esas formas de ser, decir y hacer que complementan nuestra existencia cotidiana es lo que, indiscutiblemente, nos define.

En una reciente visita a otra provincia mi prima no entendía que yo escogiera entre una gran variedad de formas un llavero con el diseño de la enseña cubana para traer a casa como recuerdo del paseo. Aquella selección se resumía al deseo, hasta entonces insatisfecho, de llevar siempre conmigo un símbolo de mi Patria. Y mi argumento, afortunadamente, la convenció y la hizo reflexionar.

La referida explicación nada tuvo que ver con consigna o política, mas sí con el sentimiento que nace de la necesidad y el goce de saberse poseedor de un himno, de una identidad que nadie regala sino que pertenece.

Hace apenas dos meses mis compañeros y yo abandonamos el aula de clases y en las reiteradas caminatas por el centro histórico de esta ciudad, compartíamos, además, el window shopping debido a la atracción magnética por los artículos de la red de tiendas ARTEX.

Todos tenemos entre 22 y 24 años y moriríamos por las inasequibles blusas o pullovers que vende la mencionada corporación con el mensaje de amor para Cuba. También sé de los que tienen la bandera colgada en sus cuartos y de otros que añoran comprarla en esos establecimientos pero no pueden. Así es mucha de la juventud de esta isla. Pero, ¿por qué será que cuesta tanto sentir y respirar Cuba?

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