El arraigo popular de Sergio Diego Vega Basulto traspasó los límites inimaginables del hombre curtido por la modestia.

Por su manera de decir y hacer cautivó a sus pacientes, familiares, a sus condiscípulos y a todos los que lo conocieron y trataron.

Hoy lo menos que podemos hacer es traerlo al presente, recordándolo, de cuando apenas con siete años empezó a trabajar para ayudar a su padre.

Fue el mayor de tres hermanos. Levantado a las 4:30 de la mañana repartía pan a domicilio en el centro de la ciudad hasta antes de las 7:00 con el fin de prepararse e ir para la escuela. Del estudio hizo también un sacerdocio.

Aquel niño aprendió a leer a los cuatro años. Hasta anuncios lumínicos de las calles nos escapaban de su atención. Era capaz de realizar cálculos matemáticos y de sacar las cuentas de los gastos en la casa.

Los años pasaron y no dejó de ser un estudioso cabal en la Escuela Salesiana de Artes y Oficios de Camagüey, capacidad adquirida para niños pobres, fruto de la gestión de Moravia, la madre, una católica confesa.

Después en otros muchos planteles siguió aquel derrotero, no sin antes, convertirse en un brigadista “Conrado Benítez” durante la campaña de alfabetización en el poblado de Santayana.

En la escuela primaria José Luis Tasende, esa que se encuentra a escasos metros de la céntrica Plaza de los Trabajadores, dejó sus huellas, como mismo lo hizo en la secundaria básica “Ana Betancourt", en el período 1962-1965, en la recogida de café en la Sierra Maestra, antesala de su ingreso a la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR) y la Unión de Estudiantes Secundarios (UES).

Fue 1965 un año que consolidó sus esperanzas. Ingresó en el instituto preuniversitario Álvaro Morell Álvarez, sin dejar de participar en las movilizaciones de la escuela al campo y ver, en agosto de 1968, el comienzo de un sueño añorado: estudiar la carrera de medicina en el Instituto de Ciencias Básicas y Pre Clínicas Victoria de Girón hasta 1970 en que comenzó el tercer año en Camagüey.

Los deseos de superación no mellaron el propósito de constituir un hogar y en 1974 era padre de una niña, de Hetzel, y finalizaba sus estudios universitarios con el aval de ser el primer expediente del curso. Después tuvo dos varones: Sergio y Diego.

Asumió responsabilidad de dirección. Los tres años de postgraduado los pasó como director del área de salud Rodolfo Ramírez Esquivel, considerada la mejor etapa de funcionamiento de esa institución.

Años que marcaron su vida como médico: 1980 adquirió el título de especialista de Primer Grado en neurocirugía y ocho años más tarde, el de Segundo.

Fue un incansable investigador. No solo por “Geografía de la patología de tumores cerebrales”, trabajo que le mereció premio en el primer foro científico nacional de estudiantes universitarios, sino por los sucesivos aportes en la introducción en el país de la técnica de descompresión-succión retrógrada para los aneurismas intracraneales paraclinoideos, técnica multiplicada en Holguín y Villa Clara.

Compartió sus conocimientos en cursos internacionales en el Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas, de La Habana, sobre cirugía vascular con la participación de neurocirujanos latinoamericanos. Era raro no encontrarlo en eventos que marcaban progresos en su especialidad y en otras afines.

Avalan su trayectoria académica y docente más de 151 trabajos científicos, 43 de ellos publicados y 16 en revistas extranjeras especializadas. Fue tutor o asesoró 13 tesis de especialistas y participó, de manera directa, en la formación total o parcial de 45 neurocirujanos de cinco países de Latinoamérica y África.

Lo sorprendente es que a pesar de las numerosas responsabilidades docentes, administrativas y políticas, no dejó de pasar visitas diurnas, nocturnas y de fin de semana, a domicilio, de asistir a consultas e interconsultas. Un rasgo que lo hizo merecedor de la admiración y el cariño de miles de personas es que trataba a todos los pacientes por igual.

Sergio Vega Basulto, quien habría cumplido 64 años el 9 de septiembre pasado, honró el Parlamento como diputado. Mereció numerosos reconocimientos: Miembro Numerario de la Federación Latinoamericana de Neurocirujanos (FLAN) y de la directiva de neurocirugía vascular de la propia organización, mientras en 1997 recibió la condición de Hijo Ilustre de la ciudad que lo vio nacer.

La muerte lo sorprendió, dolorosamente, en Yemen, en misión internacionalista. Por cosas de la vida, la causa fue un aneurisma, afección sobre la que mucho estudió y posibilitó salvar a muchas personas que hoy lo recuerdan, como este cronista, amigo personal, y una colega: Olga Lilia Vilató de Varona que no dejamos de hablar de este grande de la medicina y paradigma para las actuales y futuras generaciones de galenos.

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