Carlos Juan Finlay Barrés fue aquel hombre que miraba a la humanidad con la lupa de la ciencia, enamorado de ella y entusiasmado de sus posibilidades.

Finlay descubrió hace más de 100 años el agente trasmisor de la fiebre amarilla y elaboró los métodos para su erradicación, pero su concepción del contagio fue mucho más allá de la identificación del mosquito aedes aegypti, porque  -como se ha afirmado- iluminó la vía que ha permitido dar respuesta a otras interrogantes y resolver grandes y complejos problemas epidemiológicos.

El tres de diciembre, fecha de su nacimiento en 1833, ha sido instituido como Día de la Medicina Latinoamericana en homenaje a su recuerdo.

Nuestros trabajadores de la medicina –galenos, enfermeras, técnicos, empleados de servicio de los centros hospitalarios, productores de medicamentos– tienen en Finlay una gran inspiración, al igual que en los médicos de nuestras guerras de independencia, en los de la Sierra Maestra, y la tienen en el Che, médico y combatiente internacionalista.

A ellos les acompañó siempre el sentido de sacrificio, de abnegación y comprensión profunda de su misión en la vida, como acompaña a nuestros profesionales de salud en sus misiones internacionalistas que en tierras de África, Asia y nuestra América van confirmando con su trabajo y con su actitud, que el secreto supremo de la ciencia de curar, es el amor por la humanidad.

El rasgo fundamental que identifica a un trabajador del ramo de la Isla es precisamente ese amor por el género humano, cuyos ámbitos encierra una profunda sensibilidad ante el dolor,  una arraigada comprensión por el hombre que sufre y un alto grado de solidaridad.

 Ello ha motivado que la dirección política del país decidiera recientemente enviar al África Occidental, con carácter urgente, un contingente de médicos y personal paramédico a combatir la peligrosa epidemia de Ébola que se ha presentado allí. Todos, absolutamente todos, se brindaron voluntariamente para marchar hacia los países afectados, siguiendo la invariable política solidaria de la Revolución Cubana.

En Cuba esa actitud se ha convertido en una hermosa tradición, que posee sus inicios en 1963, cuando un contingente médico fue a brindar colaboración al hermano pueblo argelino, recién liberado.

De entonces a la fecha, el personal de la salud cubano ha acudido a todos los países que han solicitado su presencia, sin tomar en cuenta los riesgos y las condiciones en que han tenido que brindar sus valiosos servicios.

A pesar de las privaciones económicas y la política estadounidense de bloqueo, más de 50 mil cooperantes de la Isla están presentes hoy en 66 países. Desde 1959, más de 158 naciones han sido testigos de la solidaridad y la calidad humana de los profesionales formados por la Revolución en las más difíciles circunstancias.  

Algunas cifras pueden ilustrar esa proeza: más de mil 207 millones de consultas médicas, más de dos millones 280 mil partos, ocho millones de intervenciones quirúrgicas y más de 12 millones de niños y embarazadas inmunizados.

Arrojan igualmente estadísticas millonarias las operaciones de la vista gratuitas que han realizado, en colaboración con Venezuela, mediante la Operación Milagro, devolviendo la visión en varios países de América Latina.

Cuba, además, ha formado a más de 15 mil galenos procedentes de países pobres, con el propósito de que regresen a sus territorios de origen y brinden sus servicios a la población más desfavorecida.

 En un día como hoy rendimos tributo a Finlay y a todos los que han dedicado su vida al cultivo de la ciencia y la investigación, a mitigar el dolor de los que sufren, a quienes conmemoran esta jornada lejos de la Patria y a los trabajadores del giro que se mantienen en sus puestos de trabajo.

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