CAMAGÜEY.- Una persona que buscaba destino para algunos libros de su biblioteca tenía La mano de Fátima y pensó en mí. Así fue como la novela de Ildefonso Falcones llegó a mis manos. Es un volumen considerable. Casi mil páginas.
Cuando le conté a un amigo que estaba terminando esta edición de 2009 de Vintage Español (una marca de Random House, Inc.), su asombro fue inmediato: “¿Todavía se hacen libros con tantas páginas?”
La pregunta me hizo sonreír. En Cuba, y particularmente desde una editorial provincial, conseguir que un proyecto sea aprobado implica con frecuencia aprender a contar las páginas antes de terminar de escribir. Cien parece una frontera. De modo que aquellas eran una especie de extravagancia.
Pero el libro exigía tiempo. Y mientras avanzaba, descubrí que también me exigía dejar de leerlo únicamente como la historia de Hernando, el morisco granadino que vive atrapado entre dos mundos, para empezar a preguntarme qué partes de aquel pasado habían viajado hasta nosotros.
Hernando, protagonista novela La mano de Fátima
La novela comienza en la Granada del siglo XVI y atraviesa la rebelión de las Alpujarras, la persecución de los moriscos, las guerras, expulsiones, amores y traiciones de una comunidad cuya identidad religiosa y cultural se convierte en objeto de sospecha y persecución. Falcones construye a Hernando como un personaje fronterizo: hijo de una mujer morisca violada por un sacerdote cristiano, pertenece y no pertenece, conoce los dos mundos y, precisamente por eso, resulta incómodo para ambos.
Pero mientras leía, la Granada de Hernando empezó a dejar de ser un territorio lejano. Pensé en Camagüey. No porque exista aquí una presencia musulmana equivalente a aquella, ni porque pueda establecerse una línea directa y simple entre la cultura morisca y la arquitectura de nuestra ciudad. La relación es más sutil.
Henry Mazorra, en su artículo La presencia árabe en la arquitectura camagüeyana, explica que durante la etapa colonial resulta incluso impropio hablar de una “influencia” árabe en sentido estricto: muchos de los elementos que llegan desde España traen incorporada una herencia musulmana sedimentada durante siglos de convivencia y conflicto en la península.
Alero de sardinel, calle Lugareño, Camagüey
Así, detrás de determinados patios, arcos, azulejos, soluciones constructivas o armaduras de la arquitectura colonial, también puede reconocerse una historia que España había recibido de Al-Ándalus.
La cultura viaja de maneras extrañas. A veces llega en barcos. Otras, en libros. A veces cruza un océano sin que nadie recuerde ya de dónde venía. Eso pensé al leer sobre los moriscos mientras caminaba, mentalmente, por las calles de una ciudad que entonces ni siquiera se llamaba Camagüey, sino Santa María del Puerto del Príncipe. Y apareció otra coincidencia: la fecha de 1608.
En la novela, el siglo XVI se desborda hacia el siguiente. En nuestra historia literaria, 1608 es el año asociado a Espejo de paciencia, del canario Silvestre de Balboa, considerada la primera obra literaria escrita en Cuba y uno de los motivos por los cuales Camagüey puede reconocerse como Cuna de la Literatura Cubana. Allí también aparecen el asedio, el secuestro, la amenaza de los corsarios, la violencia que llega desde el mar. Falcones tiene corsarios. Balboa también.
Arco mixtilíneo en casa de la calle Cisneros, Camagüey
No es que una historia explique la otra. Es algo más sencillo y más fascinante: durante aquellos mismos años, mientras Hernando atravesaba una España convulsa, en esta isla empezaba a escribirse nuestra literatura.
La novela me hizo mirar también hacia una página concreta: la 714. Allí aparece Cuba, y aparece de una manera mínima, casi lateral. Una cruz de madera de caoba traída de la isla había sustituido a un Cristo de bronce en la capilla de un palacio. La antigua cruz, ya sin figura, había terminado arrinconada en las cuadras. Hernando sería quien la cargara durante una procesión.
Cuba entra en la novela como materia de un objeto. Y una pregunta inevitable se abre: ¿qué estaba ocurriendo aquí mientras aquella caoba viajaba desde la isla hasta España?
Armadura de par nudillo de iglesia de Santa Ana, Camagüey
La respuesta nos conduce a otro de los grandes asuntos del libro: la evangelización, la conquista, la violencia y la destrucción de formas de vida.
No se trata de equiparar la persecución de los moriscos con el proceso de conquista y colonización de Cuba. Son historias diferentes y sería una simplificación injusta ponerlas en el mismo molde. Pero pueden dialogar desde una pregunta común: ¿qué ocurre cuando una cultura vencedora decide que la cultura del otro debe desaparecer, transformarse o someterse?
La Historia ofrece fechas para responder. La novela pone cuerpos. Eso me devolvió a una conversación ocurrida en Camagüey en febrero, cuando el historiador Félix Julio Alfonso López hablaba de su libro El banquete de las musas. Su obsesión era antigua y provocadora: cómo escriben los historiadores la Historia.
Patio de casa número 48 en la Avenida de la Libertad, en Camagüey, con fuente que remite a la Alhambra de Granada
Desde Heródoto, Tucídides, Aristóteles y Homero hasta Hayden White, recordaba que Historia y literatura comparten una materia prima: el lenguaje. “Los historiadores somos un tipo particular de narradores”, dijo. Y añadió una idea todavía más incómoda: “La objetividad pura en la Historia es imposible”.
Había hablado también de la verosimilitud, de las metáforas, de las estructuras narrativas; de la necesidad de que el historiador sienta ante la página en blanco algo parecido al terror que experimenta un novelista.
Pensé muchas veces en aquellas palabras mientras leía a Falcones. El novelista tiene una libertad que el historiador no posee: puede entrar en una habitación donde ningún documento registra quién estuvo; puede inventar una conversación, un miedo, un amor. Puede llenar con ficción los silencios que dejó la Historia. Pero esa libertad tiene un precio: cuando se escribe sobre un pasado real, la imaginación debe parecer posible.
Detalle de la mano de Fátima, en la Alhambra de Granada
Quizá por eso La mano de Fátima resulta especialmente interesante cuando se detiene ante los documentos, las reliquias, los objetos y las supuestas pruebas sobre las que se construyen determinadas verdades religiosas. Los Libros Plúmbeos del Sacromonte, las reliquias y las manipulaciones de la memoria aparecen como recordatorio de que incluso un objeto puede ser convertido en argumento de poder.
¿Quién decide qué prueba una verdad? ¿Quién autentifica el pasado? ¿Quién tiene autoridad para decir qué ocurrió?
La novela histórica, entonces, no sirve solamente para contar de otra manera lo que ya sabemos. También puede enseñarnos a desconfiar de aquello que creemos saber demasiado bien. Ahí reside una de las razones por las que un libro de casi mil páginas puede seguir hablándonos cuatro siglos después. Porque mientras avanzaba por ellas, también encontré cosas que hoy caben en una pulsera.
La Mano de Fátima aparece ahora en nuestros puntos de venta de miscelánea convertida en colgante, dije, pulsera. Comparte espacio con el llamado ojo turco y con una multitud de símbolos que han viajado lejos de sus contextos originales.
La jamsa —la mano— tiene una historia mucho más compleja que la de un simple adorno. Su asociación con la tradición islámica y con Fátima, hija de Mahoma, convivió con significados anteriores y posteriores, y los cinco dedos han sido relacionados con los fundamentos de la fe musulmana. Pero hoy puede llevarla alguien que desconoce todo eso. No me interesa juzgarlo. Me interesa el viaje.
Página 20 con prueba histórica
¿Qué ocurre con un símbolo cuando abandona el contexto que le dio sentido? ¿Muere su significado? ¿Se transforma? ¿Se convierte en mercancía? ¿O precisamente su capacidad de sobrevivir es otra forma de memoria?
En la novela, los moriscos intentan conservar signos, costumbres, lengua, religión y maneras de vivir cuando el poder quiere arrancárselos.
Si algún día consigo llegar a Granada, no tengo dudas de que buscaré una puerta. Llegaré hasta la Puerta de la Justicia de la Alhambra y, antes de entrar, levantaré la mirada para encontrar allí, sobre el arco, la mano que tantas veces apareció en estas páginas.
Siglos después, la mano permanece. Ya no necesariamente como profesión de fe, sino como imagen. También permanece el buñuelo.
Hay en la novela un personaje morisco que vende buñuelos y que resulta ser un traidor. Falcones incorpora la gastronomía a su reconstrucción del mundo cotidiano: dulces de almendra y miel, especias, hierbas, aceites, carnes y, entre ellos, los buñuelos, cuya tradición peninsular tiene vínculos antiguos con la cocina de los musulmanes y los moriscos.
Es curioso cómo sobrevive una cultura. Puede perder una guerra y conservar una receta. Puede ser expulsada de un territorio y dejar un sabor. Puede desaparecer de los documentos y permanecer en una cocina.
Tal vez la memoria no siempre se guarda donde esperamos encontrarla. A veces está en un arco. A veces en una palabra. A veces en una receta. A veces en una mano que alguien cuelga del cuello sin saber todo lo que esa mano ha atravesado. Y, sin embargo, hay algo que la novela no permite mirar con distancia: los niños.
Falcones reconoce en sus notas finales que algunas de las escenas más dolorosas fueron especialmente difíciles para él desde su condición de padre. Hay un momento en que la violencia histórica deja de parecer un capítulo de un libro y recupera su dimensión más elemental: el sufrimiento de un niño.
Es entonces cuando la novela histórica consigue su mayor poder. La Historia dice: expulsión, guerra, persecución, esclavitud. La ficción consigue que alguien tenga miedo. Y un niño que tiene miedo no es una cifra.
Resulta difícil leer La mano de Fátima en 2026 sin que determinadas palabras del siglo XVI adquieran una resonancia incómoda: musulmán, extranjero, frontera, invasión, expulsión, convivencia, miedo.
Mientras terminaba la novela, las imágenes recientes de Ceuta devolvían a la actualidad algunas de esas palabras. No porque lo ocurrido allí sea igual a la Granada de Hernando —la Historia no se repite de esa manera—, sino porque las sociedades siguen construyendo fronteras y categorías para nombrar a quienes consideran otros.
La literatura no resuelve ese conflicto. Pero puede hacer algo previo: devolverle un rostro al que la Historia, la política o el discurso público han convertido en categoría.
Y quizá eso sea lo que queda después de cerrar un libro tan largo. No las casi mil páginas. Ni siquiera todas las batallas, los viajes o los personajes. Queda una pregunta. ¿Quién tiene derecho a contar el pasado?
Puerta de la Justicia Alhambra, Granada
La persona que me regaló La mano de Fátima buscaba un destino para sus libros. Sin saberlo, puso en mis manos una novela que también habla de destinos: los de quienes fueron obligados a abandonar una tierra, una religión, una lengua, una manera de vivir.
Mientras la leía desde Camagüey, descubrí que el pasado no permanece quieto en los libros. Viaja. Vuelve a preguntarnos, siglos después, quiénes somos. Por eso la mano de Fátima sigue abierta. Como un amuleto, como una huella, como una pregunta. Y también como la mano de quien escribe.
