CAMAGÜEY.- María Alejandra Batista Herrera tiene 12 años y una certeza: quiere bailar. Para sostener ese camino, su familia se ha movido con ella, la ha acompañado en cada paso y ha apostado por su formación. Ese entramado —hecho de apoyo, disciplina y vocación— está detrás de Mis raíces, la coreografía con la que fue multipremiada en el Concurso de Coreografía e Interpretación Fernando Alonso In Memoriam.
Su obra obtuvo el primer lugar en coreografía y lauro de interpretación en nivel elemental de danza, además de premios otorgados por jurados colaterales que reconocieron ambas dimensiones de su trabajo. Pero más allá de los resultados, su historia revela un proceso.
Fue en uno de los salones del Ballet de Camagüey. Un espacio amplio, con espejos que multiplican cada gesto, cada intento, cada logro. Allí, familias enteras acompañaban en silencio, con esa mezcla de tensión y orgullo que solo se entiende cuando se sostiene un sueño ajeno como propio.

No pude evitar emocionarme al ver a otras niñas y niños moverse con una certeza que ya empieza a parecerse a un lenguaje propio. Ellos no solo estaban concursando. Estaban habitando, quizás por adelantado, el lugar al que aspiran llegar. Ese salón —o uno muy parecido— podría formar parte de su horizonte.
María Alejandra es de Florida y se trasladó a Camagüey junto a su familia en busca de desarrollo dentro de la danza. “Yo me mudé para aquí por una compañía llamada La Andariega. De ahí me enteré de las audiciones de la Escuela Vocacional de Arte Luis Casas Romero, las hice y las aprobé. Llevo seis años aquí, en la ciudad”, cuenta.
Su madre, instructora de arte, ha sido una figura clave. La coreografía nació primero desde la intuición de la niña y luego se enriqueció en diálogo: “Yo la monté y mi mamá me dijo para ponerle pasos folclóricos. Ella me los enseñó bien y también con la ayuda de los profesores. La profesora Enaisy me la limpió y la profesora Lidia me acompañó en el concurso”.
Aunque su inclinación es hacia la danza contemporánea, entendió que la música y la estructura de la pieza pedían otra raíz. “No soy fan del folclor, pero creo que se me da bien”, dice. Así construyó una fusión que terminó siendo una de las fortalezas de Mis raíces.
Sobre el impacto del concurso en su evaluación académica, explica que no sustituye las pruebas habituales, pero sí cuenta dentro de su formación: participar se incorpora a su currículo y es valorado por los profesores. “A veces, por coincidir con competencias, no nos evalúan las prácticas escénicas —donde tenemos que presentar una coreografía en común, como en séptimo grado—, pero igual nos califican. A mí me ayuda también con la adrenalina”, dice. Esa experiencia en escena, más allá de la nota, forma parte de su aprendizaje como bailarina.
Su formación transcurre en la EVA, donde combina la enseñanza artística con la escolaridad. Allí, martes y jueves recibe clases de técnica de la danza y folclor, mientras que otros entrenamientos se organizan en distintos espacios: “También damos clases en el Ballet de Camagüey, en el Ballet Contemporáneo y a veces en la Polivalente. Nos prestan los espacios”.
Sobre el propio concurso, lo ve como una oportunidad necesaria dentro de su proceso. Explica que, con la dinámica actual de clases en la escuela —reducidas a algunos días de la semana—, espacios como este permiten seguir creando y presentándose en escena. “Yo he participado tres veces en el Fernando Alonso. La primera fue con mi grupo; en la segunda quería hacer un solo, pero no me dio tiempo ni tenía la seguridad suficiente. Ya en esta tercera, como no estamos montando tantas coreografías, decidí presentarme porque quería representar a mi escuela”, insiste.
La rutina exige constancia. A veces las jornadas se enlazan sin pausa: salen de clases al mediodía y en cuestión de minutos deben comenzar el entrenamiento. “Tenemos que empezar a la una… a correr”, resume. La práctica no se detiene fuera de las aulas: profesores y alumnos buscan alternativas para mantener el ritmo. “Nos mandan ejercicios, y cuando no tenemos clases nos reunimos o entrenamos en la casa”.
Las condiciones materiales tampoco son siempre las ideales. El trabajo se hace sobre tabloncillo de madera y con menos espejos de los que tendría una sala profesional. Aun así, el proceso continúa, sostenido por la disciplina colectiva.
A su alrededor, no siempre hay comprensión sobre lo que implica estudiar danza. “Mucha gente te pregunta ‘¿para qué estudias tanto eso?’ o dicen que la EVA no forma”, comenta. Ella responde desde la experiencia: la preparación física, el aprendizaje técnico y el repertorio forman parte de un camino que puede conducir a compañías profesionales.
Antes de este resultado, su recorrido ya incluía escenarios. En la compañía infantil La Andariega tuvo su primer solo, siendo muy pequeña, con la guía de Yanni García, primer bailarín del Ballet de Camagüey. Hoy, con más madurez, también reconoce los momentos de inseguridad: “Unos días antes del concurso me dio mucho miedo… sentía que no daba para eso”.

El acompañamiento cercano marcó la diferencia. Familia, amistades y compañeros estuvieron presentes durante el proceso. Y ella decidió presentarse con un objetivo claro: representar a su escuela.
Que haya sido premiada en coreografía habla de eso: de una intención, de una idea que logra tomar forma. Y que también haya sido reconocida en interpretación confirma lo más difícil: que consigue transmitirla.
No es un detalle menor. Los jurados —profesionales del arte, muchos de ellos con el cuerpo entrenado para leer el movimiento— no solo ven técnica: perciben sentido. Y en un concurso que justamente premia ambas dimensiones, decir y comunicar, ese doble reconocimiento resulta decisivo.
En medio de cada giro, de cada pausa, de cada aplauso, se hace visible algo que va más allá del resultado: la construcción temprana de una voz.
El concurso, que en esta edición reunió mayoritariamente a estudiantes, vuelve a funcionar como un espacio de estímulo y visibilidad para quienes se forman en el sistema de enseñanza artística. En historias como la de María Alejandra, ese entramado —escuela, maestros, familia— se vuelve visible.
Y en el escenario, finalmente, todo ese esfuerzo toma forma: una niña que baila lo que es y lo que sueña.
