CAMAGÜEY.- El amanecer llega sin hacer ruido. Una pequeña claridad rompe la oscuridad de la madrugada y, poco a poco, el cielo se tiñe de tonos rosados, naranjas y dorados. El barrio cambia de rostro varias veces al día. Basta observar para descubrir cómo la rutina se transforma con el paso de las horas, entre amaneceres, apagones, lluvias y atardeceres.

Los primeros rayos del sol se reflejan en los techos de las casas y en las paredes del edificio, mientras una brisa fresca recorre el balcón antes de que el calor se convierta en el protagonista de la jornada.

A esa hora, el barrio comienza a despertar. El canto de los pájaros enjaulados del vecino de atrás se mezcla con el ladrido de un perro, el sonido de las alarmas y el de las puertas que se abren. Las ventanas abiertas dejan escapar el aroma del café recién colado, mientras la luz de la mañana invade el interior de las viviendas.

Los vecinos salen apresurados hacia el trabajo; otros barren el frente de sus casas y los más madrugadores sostienen la conversación de todos los días:

—¿Cuándo pondrán la corriente?

Con el avance de la mañana, el paisaje cambia. El tránsito aumenta; se escuchan motores, bicicletas y los saludos de quienes van de un lugar a otro. Los niños disfrutan las vacaciones al máximo: corren detrás de una pelota, montan bicicleta o juegan en el parque. Mientras tanto, los jóvenes conversan en las esquinas sin despegar la vista de sus teléfonos celulares y los adultos intentan cumplir con las responsabilidades del día.

Los apagones alteran el ritmo de la comunidad. Los pasillos quedan en penumbras, los elevadores dejan de funcionar y las escaleras se convierten en un obstáculo para las personas mayores. El olor intenso del carbón y el humo anuncian que se acerca la hora del almuerzo o de la comida, una escena que se repite cada vez que falta la electricidad.

Los ancianos descansan sentados en los balcones, buscando un poco de aire. Algunos conversan sobre el aumento constante de los precios y de salarios que no alcanzan para terminar el mes. Otros esperan, con paciencia, el regreso de la corriente.

Cuando vuelve la electricidad, un grito rompe el silencio:

—¡Jorge, pon el agua!

Todos regresan a sus hogares para aprovechar esas tres horas de felicidad que ofrece el servicio eléctrico. Hay quien cocina, quien lava, quien carga los teléfonos y quien simplemente disfruta del ventilador encendido.

Cuando la lluvia sorprende al barrio, el escenario vuelve a transformarse. Los juegos de los niños se interrumpen y la calle queda casi vacía. El sonido constante de las gotas reemplaza el bullicio de hace apenas unos minutos. Después, las nubes se alejan y todo vuelve lentamente a la normalidad.

Al atardecer, el cielo se tiñe de naranja mientras el sol se despide. Las motorinas recorren las calles contaminando el ambiente con la música a todo volumen; parecen discotecas andantes.

Aunque el San Juan Camagüeyano ya terminó, los muchachos de la conga continúan los ensayos. Resulta reconfortante ver cómo los vecinos se detienen a escuchar, aplauden y acompañan el ritmo, como si la fiesta se resistiera a desaparecer.

Desde el balcón del segundo piso del gran edificio de la Avenida Finlay se puede comprender la vida de una comunidad. Aquí conviven las risas de los niños, las preocupaciones de los adultos, la paciencia de los ancianos y la esperanza de quienes esperan el regreso de la electricidad. Es la historia cotidiana de un barrio que, pese a las dificultades, encuentra siempre la manera de seguir adelante.