CAMAGÜEY.-La voz de Antonio (Tony) Massía Fernández tiene una cadencia rítmica, capaz de atrapar al interlocutor, sin darse cuenta del tiempo transcurrido. La conversación con este camagüeyano revela la personalidad de Jesús Suarez Gayol, al que lo hermanó la lucha estudiantil, desde 1953 y pasajes posteriores al triunfo de la Revolución.

Las relaciones escolares la iniciaron en Los Escolapios y continuaron en el Instituto de Segunda Enseñanza, en el Casino Campestre. Otro condiscípulo, Orlando Basulto, lo ha caracterizado como “un joven de una precocidad increíble, capaz de establecer nexos con los estudiantes por su ejemplo y después con los obreros, sobre todo, con los ferrocarrileros, como Mario Aróstegui, primer mártir, asesinado por los esbirros de Batista en Camagüey”.

“El día del velorio simbólico de Rubén Batista, en febrero de 1953, no se permitió poner el ataúd, gestionado por otro estudiante, Elpidio Lezcano Agreda, en el interior del Instituto y lo posesionamos en la escalinata. A Gayol y Ciro Díaz Barreiro le dieron una paliza y al otro día no se hablaba de otra cosa que no fuera del coraje de Gayol”.

Tony Massía lo describe como un hombre fuerte, de aproximadamente 1.80 de estatura, buen mozo, de gran valentía personal, casi temeraria, mientras recuerda  que Álvaro Morell los ayudó a todos en su formación por ser de un temperamento afable y reflexivo.

“Gayol fue un tsunami político, con el apoyo de la Escuela de Comercio y de compañeros como Cándido González Morales, Tato Rodríguez Vedo, Paco Cabrera y de la Escuela Normal (de formación de maestros). No se puede escribir su historia, sin mencionar también a Humberto Rodríguez Manso, Manuel Lefran y a Noel Sánchez Ávila,

“Fue reconocido por la dirección del Directorio 13 de Marzo, como un líder formidable. El Movimiento 26 de Julio lo pidió para La Habana para que dirigiera las brigadas estudiantiles, responsabilidad que desempeñaba Gerardo Abreu Fontan. Sin idealizarlo, era un hombre catalizador de la juventud.

“No tenía miedo. Era capaz de fajarse a piñazos con la policía y enfrentar los golpes de los vergajos. Su valor físico, moral y ético lo hacían estar ranqueado para acompañar al Che en su intento de fomentar la lucha latinoamericana. Nos contó Orlando Borrego que cuando el Che lo aceptó para ir a Bolivia dio saltos como un muchacho”.

Gayol, al que Massía y su familia llaman Tutín, al igual que Aurora, su madre, fue, como escribiera el Che en su Diario “la primera sangre cubana derramada en la guerrilla”. Su cadáver nunca se encontró, pero como ha dicho Tony a su hijo Jesucito “su cuerpo no aparecerá, pero él siempre estará en nuestros corazones”. A Jesucito, su único vástago, le dejó una carta llena de ternura y enseñanzas.

“Voy por amor a la Patria  y a la Revolución”, le había dicho a su amigo Massía cuando este le reclamaba no haberle contado al Che acerca de unas quemaduras que sufría en sus pies producto de un sabotaje que había realizado en la emisora de Pinar del Rio utilizando fósforo vivo.

La preparación para sumarse al contingente que acompañaría al Che a Bolivia incluyó bajar de peso, practicar baloncesto y  nadar, cuenta Massía, con quien Gayol mantuvo su amistad luego del triunfo de la Revolución y hasta sus últimos momentos en la Patria, incluidas visitas en las que prefería el tamal en cazuela elaborado por la esposa de Tony.

El 24 de mayo, Jesús Suárez Gayol cumpliría 90 años. Había nacido en Manatí, en la provincia de Las Tunas, mas el fragor de su lucha revolucionaria aconteció en Camagüey. Aquí, justo frente al preuniversitario donde desarrolló sus primeras batallas, una escultura realizada por el artista Roberto Estrada, lo presenta en su verdadera dimensión y lo acerca a las nuevas generaciones de camagüeyanos y de cubanos.

También el Museo Estudiantil de la ciudad lleva su nombre, como recordatorio de que aún los agramontinos de hoy debemos ahondar más en su obra y en su ejemplo como ferviente luchador contra cualquier mal.

 Jesús Suárez Gayol, a la izquierda, junto a un compañero del Ejército Rebelde.Jesús Suárez Gayol, a la izquierda, junto a un compañero del Ejército Rebelde.

Carta de Jesús Suárez Gayol a su hijo Jesús Suárez Valmaña:

 Dic 2 de 1966.

 Comp Jesús Félix Suárez

 Habana Cuba

 Querido hijo:

 Muchos son los motivos que me impulsan a escribirte estas líneas que te hago en circunstancias muy singulares y que habrás de leer cuando el tiempo transcurra, cuando seas mayor y puedas entender cabalmente la decisión que he tomado.

 

 Hoy estás a punto de cumplir cuatro años, eres para mí la prometedora esperanza de que seas el hombre que aspiro y la alegría extraordinaria que ha llenado mi vida en los pocos momentos en que he podido estar a tu lado. Eres mi único hijo y pienso que sería imperdonable marcharme a cumplir con el deber que mi condición de revolucionario me dicta y que puede costarme la vida y no dejarte escrito tan siquiera algo de las muchas cosas que te diría si pudiera verte crecer a mi lado.

 

 He tenido la suerte extraordinaria de vivir en una etapa trascendental de nuestra Historia. Cuba, nuestra Patria, nuestro Pueblo, realiza una de las más grandes epopeyas que registra la Historia de la Humanidad. Está haciendo su Revolución frente a las circunstancias más adversas y ha emergido victoriosa ante cada amenaza y ante cada agresión. Nuestro Pueblo marcha hoy con paso firme hacia un futuro feliz; dueño de su destino, trabaja ardorosamente consciente de lo que realiza y por qué lo realiza. Pero esto, que no es otra cosa que el ejercicio de un legítimo derecho de los pueblos de escoger por sí mismos su destino y su futuro, ha concitado contra nuestra Patria el odio de la reacción internacional y principalmente del Imperialismo Norteamericano. Ello es así porque la Revolución Cubana no es tan solo la derrota concreta que el Imperialismo ha recibido en el pequeño pedazo de mundo que es el territorio de nuestro País, mucho más que eso, la Revolución Cubana es el ejemplo vivo que señala a otros pueblos el camino de su liberación. Pueblos a los que el Imperialismo exprime, explota y de los cuales se nutre, pueblos que no pueden, como el nuestro, construir su porvenir, donde millones de hombres y mujeres entregan su esfuerzo para el enriquecimiento de unos pocos, donde miles y miles de niños como tú y aun más pequeños que tú mueren sin asistencia médica, niños que no tienen escuela ni maestros y a los que espera la miseria y la ignorancia, fiel compañera que va siempre del brazo de la explotación. Es por eso que el deber de un revolucionario cubano, en esta etapa, se extiende más allá de los límites físicos de nuestro País y está allí donde quiera que exista la explotación, donde quiera que el Imperialismo clava sus garras para extraer la sangre de los pueblos.

 

 Es esta interpretación de mi deber como revolucionario lo que me impulsa a marchar fuera de mi Patria a luchar, con las armas en la mano, contra el Imperialismo. Conozco los riesgos que ello entraña, sé que dejo atrás mis afectos mayores, mis seres más queridos, pero al mismo tiempo me invade la alegría y el orgullo incomparable de saber que paso a ocupar un puesto de vanguardia en esta lucha a muerte de los pueblos frente a sus explotadores.

 

 Entre esos seres queridos, en primerísimo lugar, te encuentras tú, mi hijo. Mucho hubiera querido estar a tu lado en todo el proceso de tu formación y verte cristalizar como hombre y como revolucionario. Como eso me será muy difícil dada la decisión que he tomado, confío que mi ejemplo y la herencia moral que constituye una vida dedicada por completo a la causa revolucionaria, unido a la educación que recibirás por crecer en un Pueblo en Revolución, suplan con creces mi ausencia. Aspiro a que tú comprendas esta decisión mía y jamás me la reproches. Aspiro, creo que es una legítima aspiración de padre, a que vivas orgulloso de mí y contribuir así a tu felicidad ya que no puedo, con mi compañía, proporcionarte las pequeñas alegrías que la generalidad de los padres ofrecen comúnmente a sus hijos.

 

 Quiero que estudies con ahínco y te prepares lo mejor que puedas para impulsar con tu esfuerzo la obra revolucionaria. No creo, por lo menos así lo espero, que tengas que empuñar las armas para luchar por el bienestar de la humanidad; tu campo de acción será la ciencia, la técnica, el trabajo creador cualquiera que éste fuese; desde esos frentes también se lucha por las buenas causas, en ellos también hay heroísmo y gloria cuando el revolucionario se entrega con pasión, con dedicación, con ardor.

 

 Quiero que rechaces siempre lo fácil, lo cómodo. Todo lo que enaltece y honra implica sacrificios. Cuando un revolucionario se acomoda comienza a descomponerse y a dejar de serlo.

 

 Quiero que siempre veas el bienestar común como único medio de obtener el bienestar propio. Cuando un revolucionario comienza a recibir beneficios que aún su pueblo no puede recibir, comienza, si no es que ha dejado ya de serlo.

 

 Mantente siempre vigilante y defiende tu Revolución con celo y con fiereza. Ha costado mucha sangre y representa mucho para los pueblos del mundo.

 

 Quiero que seas siempre sincero, cabal, abierto. Prefiere siempre la verdad por dura que esta sea. Debes ser reflexivo ante las críticas y al mismo tiempo defender tu criterio sin vacilaciones cuando sea honesto. Rechaza la lisonja y la adulonería y no la practiques nunca. Se siempre el más severo crítico de ti mismo.

 

 Cuando esta carta tú leas ya conocerás sin duda muchas de las hermosas páginas que escribiera José Martí, hay unos versos del Apóstol que se titulan “Yugo y Estrella”, pues bien, léelos y medítalos y recuerda que quiero que, ante las alternativas que la vida te ofrezca, tú siempre escojas “la estrella que ilumina y mata”.

 

 Quiero que tú seas un digno hijo de tu gran Patria.

 Que seas un revolucionario,

 un comunista.

 Te abraza tu padre

 Jesús Suárez Gayol