CAMAGÜEY.- El Premio Ramiro Guerra de Interpretación Femenina en Danza Contemporánea no es un reconocimiento menor ni circunstancial. Lleva el nombre del creador que pensó la danza cubana moderna como lenguaje, como identidad y como riesgo. Obtenerlo implica no solo excelencia técnica, sino madurez artística, coherencia en el discurso corporal y una relación consciente con la tradición y la contemporaneidad. En ese linaje se inscribe hoy Viviana Silva Álvarez, una bailarina de contención, densidad simbólica y un peso expresivo que rehúye el exceso.
Ese rigor no se construye desde la abstracción. “El 2025 fue un año de no parar, de no descansar”, comenta Viviana, sin épica innecesaria, en diálogo con Adelante. Su relato no busca dramatizar el esfuerzo: lo enumera, lo ordena, lo asume como parte del oficio. Eventos, giras, presentaciones múltiples en un mismo día, cambios de repertorio, trabajo en provincias y, por primera vez, fuera del país. En sus palabras se percibe una conciencia muy clara de lo que implica sostener un nivel artístico.

Viviana se expresa sin grandilocuencias. Su manera de decir revela una personalidad reflexiva, autoexigente, atenta a sus propios procesos. Incluso al recibir el Premio Ramiro Guerra de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) —confiesa— no se detuvo en la emoción inicial, sino en lo que vendría después: “Cuando obtienes un nivel, mantenerlo o superarte se vuelve cada vez más complicado”. No habla de metas, sino de continuidad. No habla de llegar, sino de sostener.
Al referirse al legado de Ramiro Guerra, destaca sobre todo la fusión entre técnica contemporánea y raíz afrocubana, entre investigación corporal y memoria cultural. Ese cruce aparece también en la imagen que la muestra con el cuerpo marcado, casi ceremonial, y en su interés por que el folclor atraviese —aunque no de forma literal— sus creaciones coreográficas.

El Premio, además, no puede leerse al margen del trabajo en dúo que Viviana ha desarrollado durante el período evaluado, especialmente junto al bailarín Dennis Lennier Pérez, quien recibió la Mención Ramiro Guerra de Interpretación Masculina en Danza Contemporánea. Ambos han compartido escenarios, procesos creativos y exigencias físicas en obras como Identidad, Sin tenerte —pieza con la que obtuvo el Gran Premio del Camagua Folk Dance— y el dueto de Guajira, Especie en viaje y Enredados, piezas que demandan una escucha corporal precisa y una relación de mutua confianza.
Aunque hoy su nombre se asocia al Ballet Contemporáneo de Camagüey, Viviana no es camagüeyana. Nació artísticamente en Las Tunas, donde inició sus estudios de danza en 2012 en la Escuela Vocacional de Arte (EVA) El Cucalambé. Llegó luego a Camagüey para completar el nivel medio en la EVA Luis Casas Romero y, como ella misma reconoce, decidió quedarse. Esa elección no fue solo geográfica: fue ética y estética. Desde 2021 integra oficialmente el Ballet Contemporáneo de Camagüey, aunque su vínculo con la compañía comenzó antes, cuando aún era estudiante. Hoy es su primera bailarina, una condición que en el contexto de la danza contemporánea implica algo más que protagonismo escénico.

Una de las imágenes que acompaña este texto parece confirmar esa pertenencia. Menuda, firme, con el cuerpo erguido y un bastón que no funciona como apoyo sino como extensión simbólica, Viviana mira de frente, sin concesiones. El rostro es severo, concentrado; no hay gesto complaciente. No posa: habita. Su físico —pequeño, contenido— no reduce la presencia; la concentra. En ella, la energía no se dispersa: se acumula.
Ser primera bailarina en una compañía contemporánea, explica, no significa únicamente encabezar el elenco. Supone sostener repertorios diversos, adaptarse a poéticas múltiples, asumir riesgos físicos constantes, representar a la agrupación dentro y fuera del país y convertirse —lo quiera o no— en referente para los demás. Viviana lo asume con claridad cuando habla de responsabilidad, palabra que se repite en su discurso con más frecuencia que cualquier otra.

Esa claridad se manifiesta también en lo que prioriza. Cuando habla del Ballet Contemporáneo de Camagüey, no lo hace como una plataforma, sino como un espacio vital. “El Ballet Contemporáneo es mi casa, y mis compañeros son mi familia”, afirma. Reconoce en la compañía —y en la dirección de Lisandra Gómez— un motor de crecimiento y un entorno donde se le ha exigido decir con voz propia, investigar y arriesgar.
La trayectoria que condujo a Viviana al Premio Ramiro Guerra se sostuvo sobre una intensa circulación por eventos, teatros y territorios. Desde finales de 2024 y a lo largo de todo el 2025, su trabajo estuvo presente en espacios como el Camagua Folk Dance, DanzanDos (Matanzas), Danza Puentes (Artemisa) y Danzar en Casa (Ciego de Ávila), además de presentaciones sistemáticas dentro y fuera del municipio de Camagüey. A ello se sumó su participación en el proyecto Cuba en Tuxtepec, en el estado mexicano de Oaxaca, que amplió la visibilidad de su labor interpretativa y pedagógica fuera del país.
Su experiencia en México, gracias al apoyo de la AHS, refuerza otra arista esencial de su perfil: la docencia como forma de autoconocimiento. En Camagüey imparte clases en los talleres vocacionales de la Academia de las Artes Vicentina de la Torre, y durante dos meses en el proyecto Cuba en Tuxtepec impartió talleres de ballet, danza moderna y contemporánea, así como técnica de cargadas para parejas, en la Casa de Cultura Doctor Víctor Bravo Ahuja. Enfrentó allí —precisa— un desafío pedagógico singular: públicos de edades y niveles técnicos muy diversos. Enseñar implicó repensar su saber, traducirlo, adaptarlo; no fue solo transmitir, sino volver a entender.

Paralelamente, participó en presentaciones escénicas en Tuxtepec y Loma Bonita —incluida la Feria de la Piña— interpretando En el vacío, de Erick Rivera, y En el erial, de Lisandra Gómez, ambas muy bien recibidas por el público. El intercambio incluyó acciones comunitarias y sociales, como el trabajo con la fundación CRITUX, dedicada a niños con necesidades especiales, y conferencias en escuelas secundarias sobre la cultura cubana y el sistema de enseñanza artística. En ese contexto, la danza dejó de ser solo exigencia técnica para convertirse en vínculo, juego y escucha.

A la intensidad del trabajo escénico se suma un momento clave en su formación académica. Viviana concluyó sus estudios en la Universidad de las Artes (ISA), donde defendió su trabajo de diploma con la máxima calificación. Obtuvo el título de oro y fue reconocida como mejor graduada integral de la carrera de Arte Danzario, por su desempeño en creación artística y extensión universitaria.
Hoy, con cinco años dentro del Ballet Contemporáneo de Camagüey, Viviana Silva Álvarez encarna una figura que no se apoya en el exceso ni en la espectacularidad. Su fuerza está en la densidad del gesto, en la palabra pensada, en la responsabilidad asumida. El Premio Ramiro Guerra no la define: la compromete. Y ella parece saberlo —con serenidad— desde el cuerpo.