CAMAGUEY- Menos de una semana pudo el personal del hospital militar Dr. Octavio de la Concepción y de la Pedraja disfrutar de la nueva normalidad. “En los primeros días del mes de septiembre recibimos casos graves procedentes de Ciego de Ávila. La noche antes me habían anunciado ‘calienta el brazo’ y ya la siguiente estábamos armando riñones artificiales para los pacientes que necesitaban esta atención, comenta el doctor Teniente Coronel Taurino Cruz Padilla, director de la instalación.
“Nunca antes habíamos dado este servicio aquí, ya tenemos tres en funcionamiento y de los 12 casos que lo necesitaban pudimos salvar a 10, siete de ellos positivos.
“Dicen que segundas partes nunca han sido buenas, éste es un ejemplo. El rebrote de Ciego de Ávila ha sido más fuerte que todo lo que hicimos antes, llegamos a tener 259 personas, de ellas 134 con SARS-CoV-2. En los meses anteriores la mayor dotación que entraba era de entre 90 y 120, la última que salió fue de 137 que incluía dos grupos para hemodiálisis, cirujanos… además de que el incremento de casos aumenta la necesidad de personal pues por cada 15 pacientes tiene que estar un MGI y un especialista en medicina interna.
“Ya hemos dado más de 150 altas pero lo más difícil es tener niños, por lo sensible de estos casos, no bajamos de los 30 y han tenido desde los 17 años hasta 29 días de nacidos. Es lógico que esto pase, hubo una infección intrahospitalaria, en Ciego, y se contagian médicos y enfermos ingresados por otras patologías (estaban en Terapia Intensiva y en una sala de hemodiálisis), de ahí pasa a las casas donde está el resto de la familia: niños y ancianos.
“La mayor insatisfacción, los 10 fallecidos. Recibimos casos que ya estaban muy complicados, las evaluaciones nos confirmaban que eran irreversibles pero siempre se intenta hacer lo imposible. Los protocolos que aplicamos en los dos hospitales son reconocidos nacionalmente, los asesores del Ministerio para la atención al grave tienen un criterio favorable de nuestra atención, la seriedad y el rigor de estos programas nos permiten salvar vidas.
“Hemos podido enfrentar ambas etapas porque ‘Amalia’ y nosotros nos convertimos en un solo hospital, somos un solo equipo, todo lo consultamos, tenemos los especialistas listos en cada unidad y nos dividimos los servicios a atender, nos movemos los casos según la disponibilidad de camas. Somos un gran hospital dividido en dos”.
El doctor Taurino habla sereno y con franqueza y la entrevista tiene la gracia de convertirse en diálogo fluido en el que responde incluso sin pronunciar las preguntas.
“Siempre lo repito, lo mas importante es la preparación. No dejamos de estudiar, de actualizar los mecanismos, de insistir en los protocolos como el primer día. Más de 1200 trabajadores han pasado por zona roja y ninguno se ha contagiado. Ellos saben que su misión es salvar y salir sanos.
“Hay que hablarles mucho, para que el entusiasmo o la gravedad del momento no los lleve a cometer una imprudencia. De cada grupo aprendemos y perfeccionamos el funcionamiento. Nos dimos cuenta que hacía falta un médico y un enfermero que sirvieran de coordinador para que cada guardia conozca las características de los enfermos, eso nos ha dado buenos resultados.
“Esta segunda vez nos han pasado cosas diferentes, primero nunca antes atendimos patologías renales crónicas ni niños, y ninguno se nos ha complicado, tuvimos el apoyo de 10 profesionales (tres intensivistas y siete enfermeras) del hospital militar de Holguín, a quienes les solicitamos refuerzo ante la apertura de ‘Amalia’ en un momento que teníamos la terapia llena, ahora mismo hay otra cantidad igual de Santiago de Cuba listos para venir si hiciera falta. Por último, la experiencia con los voluntarios que si en un primer momento se nos hizo complicada ahora ya la fuerza del ejemplo de los primeros ha servido de convocatoria para que se sumaran más, por ejemplo, ya la próxima rotación está completa”.
En cada ciclo más de 300 profesionales traspasan el umbral en ambos centros, “y eso sin contar los que mantienen el resto de los hospitales, los que están en la lucha contra el mosquito. El sistema de Salud no ha parado. Esta es una tarea difícil pero no ha faltado nadie”.
ENTRE SERES ESPECIALES
El 28 de abril fuimos hasta el “Militar” buscando las historias de los anónimos. Aquellos que sostienen sobre la columna de su trabajo la vida de un hospital, las hazañas de los médicos, la energía… las garras para salvar.
Entonces, sus muchachas de la farmacia, no nos dejaron marchar sin repetirnos mil consejos y un “cuídense” que triplicaba su valor en cualquier bolsa al venir de quienes estaban allí, a un costado de donde las cosas se ponían bien feas.
Aquella vez ya en la puerta, una de ellas nos alcanzó para, al tiempo que subía los hombros, y con la mirada gacha, darnos un trocito de cartulina cuadrada. De un lado tenía el dibujo de una flor, como las que se aprenden a hacer en la escuela primaria, -- como las que dibujo en mi agenda mientras gano tiempo al aburrimiento--, del otro, escrito a mano decía “eres especial”.
“Las hacemos todos los días, dijo, para alegrarnos el trabajo, las repartimos y pasamos unos minutos de alegría juntos”. Apenas tuve fuerzas para contener el abrazo que me desbordaba. Leo, mi fotógrafo en ese momento, un amigo que no regala sonrisas sino con lo verdaderamente hermoso, sacó todos sus dientes y los ojos se le iluminaron con el “gracias” más abrazable posible. Nos despedimos, deseando una mejor situación para el próximo encuentro.
Foto: Alejandro Rodríguez Leiva /Adelante
El último día de septiembre volvimos en medio del temido rebrote que sin afectar a Camagüey se propagaba como pólvora en Ciego de Ávila. Allí, en el “Octavio”, hay testimonios que aúpan el alma. Dos días de andar de hospitales te crecen, lo hacían antes, cuando no solo eran avileños los que se debatían en pelea definitoria. Una vez más solo pudimos llegar a los límites de la zona roja en el “Militar” pero incluso allí, donde una pequeña explanada te anuncia el peligro, puede sorprenderte la gente que durante 24 horas se entrega a salvar.
Puede entonces un licenciado en enfermería, en funciones de jefe de la sala de terapia intensiva, cargar con una cámara controlada a distancia para que pudiéramos fotografiar a pacientes, a los vestidos de negro están en el laboratorio, las rutinas de limpieza de las salas… puedes también ver el celo con que higienizan cada objeto que entra o sale, la despampanante sandunga con la que camina de un lado a otro una joven “disfrazada” de verde mientras tararea en voz baja, la sonrisa en los ojos de Belkis Triana la enfermera supervisora de la guardia “la última de la rotación” y sus ganas de piropear el turbante de nuestra guía.
Y tiene mucho que ver en esa aparente calma de vida normal lo que dice el Dr. Taurino “la seguridad que tienen, los recursos que pone el Estado no solo para que los trabajadores de la salud se protejan, sino los medicamentos y los equipos para que se haga todo por salvar a los enfermos”.
Estas son las mejores imágenes que me llevo. La más especial, desde el patio, mientras fotógrafo y colaborador hacían fotos a distancia Malena y Milena, dos avileñas de no más de 7 años decían adiós por la ventana de su segundo piso. Desde abajo respondimos, y me permito fantasear en que fue la despedida próxima del regreso a su hogar.
Sin embargo poco conmueve más que lo que ocurre en el entrenamiento “antes de entrar”. Ya el doctor Taurino lo había señalado: no importa las veces que estuvieras antes en Zona Roja, siempre antes de empezar el nuevo ciclo tendrás que pasar una preparación.
Allí, en el largo salón, con la distancia obligatoria, delante de un televisor y de dos especialistas en Higiene y Epidemiología puedes descubrir la maravilla. Con impoluto uniforme y una serenidad increíble estaba el doctor Yordanis Salinas, el capitán que tres veces ha entrado y que antes había estado riendo por los pasillos, incluso, meses atrás, lo vimos esperar el alta de pacientes desde la acera de enfrente del hospital.
Así estaban los 140 que ahora mismo están en la rotación. Allí los paramédicos preguntaban las horas que debían llevar la escafandra, y no sin una dosis de orgullo, una joven, de poco más de 30 años, respondía “las 24 horas de la guardia”; otro iba murmurando cada paso del proceso de vestirse mientras la jefa del departamento de epidemiología hospitalaria, Misleidis Frías Horta, hacía la demostración. Desde una esquina un muchacho, movía impaciente una pierna durante el proceso, y anotaba en su agenda cada palabra. A ambos lados, las maletas de cada uno, como adelanto del “viaje” más hermoso.
“Hicimos un juramento”, nos había dicho antes el doctor Eduardo Peláez, director de Amalia Simoni, y aunque a esta altura no es algo nuevo sigue siendo impactante ver a la dotación que entra.
En tiempos normales saldrían de guardia, tendrían consulta, estarían de vacaciones, llevarían a los hijos o sobrinos a la escuela o al parque, besarían la frente de sus padres antes de ir a comprar el pan… pero no, estaban lejos de toda zona de confort, venían de todos los municipios de la provincia, y más de 12 cometían “la locura” de volver.
Ellos son lo mejor de un hospital multiplicado, son la entrega. Esa es la mejor obra que por estos días se edifica, y ellos son los artesanos más especiales.