Más tarde la ciencia se encargó de ir desentrañando misterios y poner las cosas en su justo sitio. La Tierra dejó de ser plana, el mar se reconoció solo como un gigantesco reservorio de agua que obtenía sus sales de la descomposición de rocas, y el fuego y las inundaciones no dependieron más de la voluntad de dioses prepotentes e impredecibles.
Solo el cielo se mantuvo como una incógnita "absoluta", al menos en el imaginario colectivo. No importa que los vuelos espaciales dejaran de ser novedad hace ya varias décadas o que en la órbita terrestre vivan hombres y mujeres agrupados bajo ese peculiar experimento de convivencia que es la Estación Internacional, el cielo sigue siendo un misterio inalcanzable en medio de la cotidiana agitación de nuestros días.
Y aunque las urgencias de "acá abajo" hagan a muchos olvidar la existencia de "allá arriba", allí están las lluvias, las tormentas eléctricas, los amaneceres o las "visitas siderales" para recordarnos su existencia.
Al son de su extraña atracción por las alturas el hombre inventó el telescopio, soñó e hizo posibles los vuelos al Cosmos, descubrió buena parte de las leyes que rigen el clima del planeta y comenzó a desentrañar los detalles de sus orígenes, que muchos investigadores ubican en lejanas galaxias, incluso más allá de todo lo que hoy podemos considerar como conocido.
De ser ciertas tales teorías sobre las extraterrenales raíces de la vida, quedarían claras las razones por las que miles de personas abandonaron sus casas para apreciar de primera mano la lluvia de estrellas que hace unos días visitó la Tierra.
Hubo lugares, como los desiertos del oeste norteamericano, en que llegaron a congregarse cientos de familias, aficionados a la astronomía y hasta científicos. Cada cual apreció el fenómeno a su forma, interpretando el peculiar aguacero sideral desde sus propias experiencias.
Un poco más acá, unos cuantos también aprovecharon la terraza o el patio para darse un tiempo con el simple placer de observar y quién sabe si encontrar, entre las lloviznas de este mundo y las de otros, nuevas claves para su existencia.
La misma que parece renovarse con cada temporal de primavera o que pudiera haber llegado a la Tierra a horcajadas de "gotas" de estrellas. Si no fue así, tampoco importa. Siendo lluvia, basta con su presencia.
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