En La Higuera este octubre nueve habrá más de un temeroso que le prenderá una vela, pero él, que no fue santo ni por intento, él que mató y murió de bala, reirá con la risa esa socarrona que tenía de burlarse de las cosas en las que no creyera.
Jóvenes y no tanto, esnobistas de buen bolsillo para comprar lo cara que últimamente sale su imagen, sacarán a relucir en pulóveres, gorras o relicarios el rostro ceñudo que le robó el lente de Korda a su rabia de La Coubre, y de nuevo él se reirá de todo, de la parafernalia de humo y lentejuelas que le ha tocado aguantar ahora que no está en cuerpo para gritarles cuatro improperios y mandarlos a cortar caña.
A él, que no se bañaba el sudor de todo un día arriba de la combinada antes de entrar a las reuniones porque el tiempo era para hacer y no para aparentar, estas pasarelas le parecerán algo muy tonto.
Por suerte estarán nuestros chamas, agitando a mamá o a la abuela para llegar ultra-mega-súper temprano con el plato del motivito del aula, y el uniforme más planchado que nunca, para que encima le anuden por vez primera la pañoleta de ser pionero. Eso sí lo pondrá feliz a Che, digo yo, eso de que los únicos limpios de toda pose le recuerden creciéndose, empinándose hacia el conocimiento y la virtud.
Quizá tenga algo que objetar respecto a la consigna de ser como él, pero... ¡vamos Che, no te pongas como te ponías! Ya crecerán, ya entenderán que se trata de ser como ellos, de ser lo mejor ser humano posible, que tú también tuviste fallas, tu carácter, esas cosas que no hay que imitar sino comprender. Por ahora, a los cinco años, estará bien que intenten ser como ese SUPRA-TÚ etéreo que en desmesurado ejercicio de amor y agradecimiento hemos hecho de ti.
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