CAMAGÜEY.- La presencia China en nuestro país trasciende las fronteras del conocido “Made in...” que hallamos en las etiquetas de las ropas o en el sello de un electrodoméstico. El tres de junio de 1847 se produjo el desembarco de los primeros habitantes de la tierra de Confucio, quienes zarparon en el barco Oquendo, desde el puerto de Amoy. Buscaban el progreso, pero solo descubrieron la suerte de los esclavos africanos. No obstante, supieron defender la enseña cubana, llegado el momento del toque del clarín.

Tras arribar a nuestra costas, los asiáticos firmaban un contrato en un idioma extraño para ellos. Luego, la colonia española tenía el derecho de disponer, por un período de ocho años de esos hombres y mujeres que debían trabajar durante toda una semana, excepto el domingo, unas 12 horas diarias por solo cuatro pesos al mes. Algunos, no soportaban las inhumanas labores y tomaban el camino del suicidio con la esperanza de renacer en su patria natal. Con el estallido de la Guerra Grande, en 1868, muchos de ellos empuñaron el machete y vieron en la libertad de Cuba una causa común.

Uno de los encuentros bélicos más relevantes de la contienda del ‘68 fue el asedio a la villa de Manzanillo, en 1873, protagonizada por varios integrantes de esa etnia que se encontraban bajo el mando del Titán de Bronce, Antonio Maceo. El ataque de los chinos, así fue conocido el acontecimiento por las facilidades para vencer las trochas y puestos enemigos que aquellos soldados, infiltrados en el poblado, brindaron a las huestes mambisas.

Revistieron de valentía y honor, a los campos cubanos, insurrectos como el capitán Pablo Jiménez, quien participó en la Guerra de los Diez Años y la Necesaria, los alférez Bartolomé Fernández, Saturnino Anchón, el sargento Manuel Ojein y el cabo Joaquín García Lipiar, por solo citar algunos ejemplos.

Gonzalo de Quesada, discípulo de nuestro Héroe Nacional, José Martí, ofrece una atinada percepción, en sus escritos, del coraje de los asiáticos que pelearon junto a los cubanos en un artículo publicado en el periódico Patria, en 1892: “(…) Se introducían con habilidad en las ciudades para reclutar entre los de su raza, sin que las autoridades españolas pudiera reconocerlos por lo difícil de distinguir los uno de los otros. Y en otro momento describe cómo los chinos, ante las tropas cubanas “juraron llenos de entusiasmo servir a la República”.

Entre las filas insurrectas de Camagüey también sobresalieron esos valientes de mirada rasgada. Cuando le tocó al generalísimo, Máximo Gómez, asumir el mando de la caballería camagüeyana tras la muerte de El Mayor, Ignacio Agramonte Loynaz, el 11 de mayo de 1873, se percató de la utilidad de estos guerreros en su mayoría oriundos de las márgenes del río Cantón.

En la reconocida Batalla de las Guásimas habían alrededor de 500 chinos en el ejército insurrecto, conformado por 1300 hombres, que enfrentaron con éxito a los más de 3 000 españoles, bien armados y preparados por una de las academias con mayor experiencia militar en el mundo. Gómez, a un adulador que lo ensalzó por sus victorias en la región le respondió que Ignacio Agramonte había dejado un violín con muy buenas cuerdas, y muy bien templado, y yo no he hecho más que pasarle la ballestilla”. Y bien sabía que el arrojo de los de China había sido determinante para conseguir la gloria. El capitán Lam Fu King, renombrado como Juan Sánchez, fue uno de esos bravos.

Gonzalo de Quesada en otro de sus apuntes narra la captura del teniente Tancredo y el desenlace heroico del suceso: “(…) El español, al verlo, con desprecio, dijo: "Este es un chino manila." Y cual no sería su asombro al escuchar la respuesta digna del chino herido, apoyado en un árbol y sangrando: "No es un chino manila, no: es un teniente del Ejército Libertador de Cuba" y su voz vibró ardiente de coraje y decisión: "!Fusílenme!".

Son incontables los pasajes que evidencian el derroche de valentía de ese pueblo hermano, en nuestra nación. Ellos no dudaron, en 1878, en oponerse, junto a los más justos, al oprobioso Pacto del Zanjón. “Libertad a los esclavos o colonos asiáticos que se hallen hoy en las filas insurrectas”, rezaba la concesión que acomodaría sus intereses. Mas, como afirmó de Quesada, “No hubo un chino cubano desertor; no hubo un chino cubano traidor”, y una paz sin independencia sería insuficiente para esa gente disciplinada, renuentes a pronunciar la “r” y que amaron y pelearon por la soberanía de Cuba, la segunda Patria.